Reseña de La misteriosa mirada del flamenco, de Diego Céspedes
La misteriosa mirada del Flamenco transcurre en un pueblo polvoriento del norte de Chile, en los años 80, en mitad del desierto, casi abandonado. Lo que vemos no es exactamente realismo, ni exactamente fantasía. Es una mezcla rara y cautivadora: un saloon de western habitado por travestis, una niña que observa en silencio y una comunidad queer que baila, se maquilla, se desea y se protege en mitad de la nada, mientras el resto del pueblo —hombres sudorosos y asustados— los mira como a un mal presagio. Con miedo y deseo a la vez.
Es curioso que esta sea la tercera película de esta edición de Cannes —tras Alpha y Romería— en la que el contexto sea el del SIDA y el estigma que se cernió sobre la comunidad LGTBIQ+ durante aquellos años. Cada una de ellas ha optado por un prisma distinto y muy personal para acercarse al tema. Céspedes elige el delirio poético, la mirada infantil y la alegoría. Como las otras dos, esta película nace de una experiencia personal: los padres de Diego Céspedes tenían una peluquería y varios de sus empleados homosexuales murieron jóvenes, cuando el miedo y el desconocimiento eran más mortales que el propio virus. Esa herida es la que ha dado lugar a esta película.

Diego Céspedes debuta con una obra que no se parece a casi nada. Se podría decir que es un western queer, con su cabaret, pistolas, desierto y mirada masculina reprimida; y porque, además, mantiene algo del esquema clásico del western —la amenaza externa, el grupo unido por la supervivencia, la frontera—, aunque reformulado desde la disidencia sexual y la ternura. Aquí no hay héroes solitarios ni damiselas en apuros: hay travestis; hay mineros que cruzan la puerta del cabaret entre la vergüenza y la necesidad; y hay una niña, Lidia, que observa con fascinación y que se pregunta si es verdad eso de que el amor puede matar.
Porque el amor, en La misteriosa mirada del Flamenco, no es solo emoción. Es peligro. La enfermedad se propaga por la mirada, dicen. Por ese gesto invisible y, a la vez, tan evidente que es enamorarse de otro hombre. Lo repiten en el pueblo. Lo creen. Y empieza la caza. La alegoría no puede ser más clara, pero Céspedes la cuenta desde un lugar poético, casi onírico, sin grandes discursos ni subrayados. Solo con miradas, con silencios que transcurren en un local que es, según el momento y quién mire, un refugio, un lugar sagrado o un antro de perversión.

Hay algo hipnótico en la película, en la manera en que Angello Faccini filma el polvo del desierto, en la atmósfera de amenaza y deseo, de belleza y miedo. Es cierto que el guion a veces se dispersa, que algunas subtramas no terminan de cuajar, que es una película imperfecta y que no es plato para todos los gustos; pero, sobre todo, es una película que, tras pasar por la Cinéfondation de Cannes y por Ikusmira Berriak en San Sebastián, sigue sintiéndose auténtica, personal y mágica.
