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Diez años después de su fulgurante irrupción con El hijo de Saúl, László Nemes regresa con Orphan, una obra que, si bien mantiene constantes temáticas de su filmografía —la memoria traumática, la identidad fragmentada, la búsqueda personal en un contexto colectivo convulso—, supone también una evolución formal y emocional en su manera de contar. Inspirada en la historia del propio padre del director, Orphan traslada su foco a la Budapest de finales de los años cincuenta, aún sacudida por las consecuencias de la represión soviética tras la revolución fallida de 1956, y propone una reflexión honda sobre el legado del horror y la fragilidad de la reconstrucción.

Su protagonista es Andor, un niño judío de doce años nacido tras la Segunda Guerra Mundial, criado primero en un orfanato y después en un hogar incierto junto a su madre, que vive con un hombre tosco y abusivo que dice ser su padre. Desde esta ambigüedad inicial, Orphan desarrolla una crónica silenciosa y desesperada de una búsqueda: Andor espera, persigue, se aferra a la posibilidad —quizás imposible, quizás imaginaria— de reencontrarse con su verdadero padre. A diferencia de los protagonistas de los anteriores filmes de Nemes, Andor no se mueve entre cadáveres o en medio de una ciudad al borde del colapso, pero su entorno tampoco es más amable: lo rodean el miedo, el antisemitismo larvado, una ciudad medio en ruinas y las heridas no cerradas de un país y de una familia rota.

La novedad más llamativa en Orphan está en su forma. Nemes abandona el radical punto de vista subjetivo que definía tanto El hijo de Saúl como Atardecer, y aunque la cámara sigue de cerca a Andor —y comparte con él su deriva emocional—, el encuadre es menos claustrofóbico, más permeable, aunque la película en gran parte esté rodada en primeros planos y planos medios. A través de una planificación precisa y del montaje, el director crea una atmósfera de inquietud permanente, en la que los espacios se vuelven laberintos y el tiempo parece suspendido. Todo se mueve en espiral: Andor camina, investiga, se obsesiona, pero sin alcanzar nunca una verdad clara, como si la memoria fuese por definición inaccesible.

Esta sensación de incertidumbre se refuerza con una paleta de colores opaca, inspirada en el cine del Este europeo de los años cincuenta y sesenta, y con una dirección artística entre las ruinas y la reconstrucción que rehúye cualquier subrayado. El horror aquí no es explícito: se intuye, se arrastra, se enmascara en las relaciones tóxicas y en el silencio social. Frente a la frialdad de su entorno, Andor encuentra en la amistad con una compañera, también judía, un respiro emocional y espiritual: ella sí vive en un hogar donde se mantienen vivas las tradiciones y los rituales judíos, y ese contraste sirve a Nemes para hablar de pérdida, pero también de resistencia.

Todo el peso emocional de Orphan descansa sobre los hombros del joven Bojtorján Barabás, cuya interpretación resulta deslumbrante por su contención, su intensidad y su capacidad para sostener la mirada del espectador. Barabás encarna con verdad y sin afectación la rabia contenida, la confusión y el deseo obstinado de su personaje por encontrar sentido en medio del desamparo.

Con Orphan, Nemes cierra una especie de trilogía espiritual sobre la Europa del siglo XX y el modo en que el horror histórico se encarna en las biografías individuales. Si El hijo de Saúl era una inmersión asfixiante en el infierno de Auschwitz y Atardecer una elegía sobre una civilización en ruinas, Orphan es una exploración más matizada, pero no menos perturbadora, sobre los restos que quedan cuando todo parece haber terminado. Una película que no da respuestas, pero que sabe mirar el dolor con una honestidad que incomoda y conmueve.

Orphan

Media Flipesci:
7.5
Título original:
Director:
László Nemes
Actores:
Gyorgy Bojtik, Andrea Waskovics, Bojtorján Barabas, Grégory Gadebois, Marcin Czarnik