Kaouther Ben Hania se ha consolidado en los últimos años como una de las cineastas más reconocidas del panorama internacional. Su cine combina compromiso político, riesgo formal y una aguda capacidad para generar tensión dramática. Sin embargo, tanto en El hombre que vendió su piel (2020) como en Las cuatro hijas (2023), sus dos obras más recientes y las más premiadas, también ha evidenciado una tendencia a construir dispositivos narrativos que, aunque poderosos, pueden resultar éticamente cuestionables. La voz de Hind, su nueva película presentada en la competición oficial de Venecia, continúa en esa línea: un drama de mensaje irrefutable, formalmente logrado y emocionalmente impactante, pero cuya propuesta narrativa invita a reflexionar sobre los límites entre lo real y su representación.
Basada en una tragedia real, la película reconstruye la llamada desesperada a los servicios de emergencia de Hind Rajab, una niña palestina de seis años atrapada en un coche alcanzado por fuego israelí en Gaza. A través de las grabaciones reales de la llamada de auxilio entre la niña y los voluntarios de la Media Luna Roja Palestina, Ben Hania sitúa toda la acción en el centro de emergencias de esa institución en un planteamiento similar al de The Guilty (2028) de Gustav Möller. Lo que se muestra no es el horror visible del conflicto, sino la angustia, el silencio, la impotencia y la lentitud burocrática con la que se responde al llamado desesperado de la niña. La directora prescinde de imágenes gráficas de violencia y se apoya en el poder del sonido —disparos, explosiones, respiraciones, la voz temblorosa de Hind— para convertir esa llamada en una forma de denuncia política y en una metáfora contundente de la inacción internacional frente al genocidio en Gaza.

No cabe duda de que Ben Hania sabe construir tensión. Su control del ritmo, el espacio y la interpretación es admirable. El relato avanza con una fuerza emocional sostenida, y logra que la espera —pasiva, burocrática, desesperante— sea el motor narrativo. Como ya hizo en Las cuatro hijas, apuesta por una mezcla de materiales documentales con recreaciones dramatizadas, y ahí es donde surgen los matices problemáticos. La película combina las grabaciones reales de la llamada de Hind con secuencias ficcionadas rodadas con actores dentro del centro de rescate, incluyendo un vídeo real capturado con un móvil durante las operaciones en una decisión que se mueve entre el exhibicionismo técnico y la coartada ética. Aunque los actores escuchaban la voz real de Hind durante el rodaje y reproducían gestos e instrucciones con fidelidad, el hecho de recrear una tragedia real con recursos ficcionales pero mostrando algunos elementos reales deja la puerta abierta a cuestionamientos éticos: ¿hasta qué punto esa combinación de elementos reales y su versión ficcionada no supone por sí misma una manipulación de la realidad? ¿hasta qué punto es legítimo manipular una realidad tan desgarradora con fines artísticos, aunque estos estén motivados por la voluntad de denuncia?
Este conflicto entre el mensaje y el medio no es nuevo en la obra de Ben Hania. En El hombre que vendió su piel, la crítica al cinismo del mundo del arte terminaba por aplicar ese mismo cinismo al tratamiento del personaje. En Las cuatro hijas, la reconstrucción dramatizada convivía con la tragedia real en un equilibrio incómodo. En La voz de Hind, ocurre algo similar: la película emociona, perturba y golpea al espectador, pero lo hace a costa de una delgada línea entre el respeto al testimonio y su teatralización.
Pese a ello, la película está destinada a un recorrido internacional exitoso. El respaldo de nombres como Brad Pitt, Rooney Mara, Joaquin Phoenix o Jonathan Glazer entre sus 37 productores anticipa una amplia visibilidad, incluso en territorios —como Estados Unidos— donde el discurso sobre Gaza no siempre encuentra eco. El mensaje de la película es claro y necesario, pero no exento de sombras en la forma de transmitirlo.
