Tras una sólida trayectoria en el cortometraje con títulos como Ella i jo (2020), Die Donau (2023) y La nostra habitació, proyectados en festivales de toda Europa, Jaume Claret Muxart, formado en la primera promoción de Elías Querejeta Zine Eskola, debuta en el largometraje con Estrany Riu, desarrollado en la edición de 2022 de Ikusmira Berriak, y que se ha presentado en la sección Orizzonti del Festival de Venecia.
La historia sigue a Dídac (Jan Monter), un joven de 16 años que recorre en bicicleta con su familia el curso del Danubio, entre el sur de Alemania y Austria. A su lado viajan su padre (Jordi Oriol), arquitecto entusiasta que no pierde ocasión de dar la lección sobre cualquier edificio singular que aparece en el trayecto, su madre (Nausicaa Bonnín), actriz de la zona que va deslizándose en sus recuerdos, y sus dos hermanos pequeños, Biel y Bernat. La cámara acompaña el ritmo pausado del viaje con una mirada naturalista, cálida y contenida, captando la belleza luminosa de los días y la intimidad de las noches bajo las tiendas de campaña. Hay pequeñas disputas entre hermanos, baños en las frías aguas del río, visitas culturales, juegos, silencios. Nada extraordinario y sin embargo, ahí está todo.
Pero Dídac parece moverse en una frecuencia distinta. Algo lo aísla. Su mirada se pierde, su actitud se repliega. Está intentando asimilar un desengaño amoroso con otro chico, algo reciente, quizá indefinido, pero que ha dejado una huella que ni su familia, por comprensiva que se muestre, logra aliviar. No hay grandes dramas ni palabras airadas, solo una bruma de melancolía que empaña lo que debería ser un verano alegre. El joven parece habitar otro paisaje, menos físico y más interior, en el que la familia ya no tiene del todo cabida.
La película gira lentamente hacia otra dirección con un encuentro fugaz: Dídac se cruza con otro chico durante un baño en el río. Apenas un momento. Pero ese gesto, esa presencia leve, insinúa una nueva posibilidad de conexión, y también marca una fractura sutil con su entorno familiar. De ahí en adelante, Estrany Riu se desliza hacia su desenlace con un tono más abstracto, casi onírico.

En su tramo final, la película propone una fuga literal y cinematográfica. Un espacio donde el lirismo debería alcanzar su plenitud, donde el espectador debería sentir la emoción del despertar, de la revelación, de ese instante que transforma a quien lo vive. Y sin embargo, pese a la belleza de las imágenes, al cuidado preciso de la puesta en escena y a la sensibilidad de la propuesta, algo no termina de encajar. Falta química, falta vértigo, falta pasión. Lo que debería elevarse como clímax emocional se queda en lo conceptual, como una idea que no llega a encarnarse del todo. La promesa de la catarsis se esboza, pero no se cumple. Queda una sensación de oportunidad perdida, de emoción abortada en el momento en que estaba a punto de nacer.
Aun así, Estrany Riu revela a Jaume Claret Muxart como una voz sensible y rigurosa del nuevo cine catalán, capaz de captar las fisuras íntimas en los lazos familiares y la complejidad muda de la adolescencia. Su cine observa más que explica, insinúa más que subraya. Y aunque esta primera travesía no alcance toda la profundidad emocional que parece perseguir, el cauce por el que fluye es auténtico y personal.
