Reseña de Los Domingos, de Alauda Ruiz de Azúa
Alauda Ruiz de Azúa (Barakaldo, 1978) se dio a conocer con Cinco lobitos, una ópera prima que le valió el Goya a mejor dirección novel. Después (tras el patinazo de una película para Netflix) llegó Querer, la serie sobre una mujer maltratada presentada también en el Zinemaldia. Ahora, con Los Domingos, vuelve al festival, pero esta vez con una película que se ha colocado como una de las favoritas a la Concha de Oro.
Ainara es una adolescente bilbaina, huérfana de madre, que vive con sus dos hermanas pequeñas, una abuela y un padre más ausente de lo que debería. Se apoya mucho en Maite, su tía, muy cercana, abierta y moderna. En el colegio religioso, Ainara es aplicada y canta en el coro; pero un día anuncia que quiere entrar en un convento de monjas de clausura. La decisión cae como una bomba y agrieta la casa sacando a relucir las tensiones familiares.

El camino fácil habría sido recurrir al trazo grueso: convertir a las monjas en malvadas caricaturas, a la familia en mártires y a la fe en un dogma ridículo.. Pero Alauda evita juzgar: “No creo que el debate tenga que ser un combate”, dice. No es un guion de buenos y malos, sino de contradicciones y coherencias tambaleantes: padres que comulgan sin confesarse creyentes, abuelas que primero protestan y luego se acercan a la comunión, una adolescente con heridas que cree haber encontrado una vocación y adultos que no saben como llegar donde sí que ha llegado la religión. Con la sombra de la influencia católica en España —tan incrustada que hasta quienes se dicen ajenos acaban repitiendo los gestos—, Alauda Ruiz de Azúa muestra un duelo de coherencias y contradicciones. Las de la joven protagonista, las del padre y la abuela e, incluso, las de la tía que no se cansa de decir que ella respeta la Fe, pero grita con todas sus fuerzas que las monjas “son unas putas locas”. Una hipocresía que se ve en todos los aspectos de la familia, desde promesas incumplidas a criticar al de fuera porque no aprende euskera cuando resulta que lo habla mejor que tú. Mentiras y fachada.
Uno de los puntos fuertes de Los Domingos son los diálogos en las comidas familiares (los domingos no son solo para ir a misa): discusiones que estallan bajo una tensión soterrada, caóticas y crueles, con silencios y miradas que ocultan resentimientos enquistados. No solo están bien escritas; están muy bien rodadas, con tanta fluidez como distancia para que el espectador juzgue por si mismo “La tensión de la película se basa en dos puntos de vista muy diferentes y extremos. Quería tratar a cada personaje por igual. Por eso la cámara es tan sobria”, explica la directora, quien también sabe jugar con los tonos: a veces se respira tensión familiar, otras asoma un humor ligero. Eso también es posible gracias a un reparto que raya a gran altura, desde la debutante Blanca Soroa que inspira ternura, dolor, fragilidad y emana la curiosidad que siente, a una magnífica Patricia López Arnaiz que logra contener su tendencia a la sobreactuación.

La película se inspira en una experiencia real que la directorea conoció de joven, la de una chica que se fue al convento y que entonces le resultó incomprensible. Años después, tras Cinco lobitos, decidió retomarla: “En ese momento yo era muy joven y era un misterio para mí por qué alguien haría algo así… después entendí que podía hablar no solo del viaje de la chica, sino de cómo una familia lidia con algo así”. Así, Los Domingos se construye en torno a la tensión entre lo genuino y lo inducido, entre la necesidad de afecto y la vocación espiritual, entre lo que creemos creer y lo que simplemente repetimos. Un personaje equipara la Fe a la creencia en el cambio climático. Una idea que sobrevuela estos días, una confusión de igualar creer en lo que no se puede explicar y creer en lo que no se entiende. De igualar Fe y ciencia. ¿Hasta qué punto hay que tolerar eso? ¿Cómo se puede luchar contra eso en una sociedad en la que la cultura religiosa está más arraigada de lo que queremos reconocer?
El momento de sacar esta película me parece especialmente relevante. En el convento de Los Domingos encontramos monjas ancianas, un par de jóvenes extranjeras que no sabes si terminaron allí por vocación o necesidad mientras sueltan frases de sumisión como “Dios es como cualquier otro marido, tiene sus cosas”. Esa es la realidad de los conventos, pero, a la vez, vivimos en un momento en el que mientras puede que esta sea la generación menos religiosa de la historia, vemos una ola de conservadurismo que gana adeptos entre los jóvenes. No hablamos de un regreso masivo a la religión tradicional, sino de una fe intencional y orgullosa, de eventos como la JMJ, de movimientos como Hakuna, de la iconografía de Tamara Falcó, Daddy Yankee convertido en símbolo de redención, o Karol G cantando esta misma semana en el Vaticano. Por eso la película de Alauda es relevante en este momento de retropía, con esa idea de búsqueda de orden moral en la religión en estos días inciertos. Por cierto, hablando de música, la elección de Aitormena (Confesión) de Hertzainak, cantada por el coro en el clímax de la película es una elección perfecta.
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“Nos sentimos muy tolerantes cuando las cosas ocurren fuera de nuestra casa —dice la directora—, pero cuando ocurren dentro esa tolerancia se siente mucho más frágil”. Esa es la idea que explora Los Domingos: hasta qué punto somos capaces de renunciar a la superioridad moral para entender al otro. Cómo podemos hacer para convencer al otro de lo que consideramos un disparate sin alejarlo. Hasta dónde llega nuestra tolerancia y hasta dónde debe llegar. ¿Debate sin combate? Ojalá.
