Decir que no es político, también es político

Hay un discurso que suena cada vez más: «no quiero saber nada de política», «el arte debe ser puro, libre de ideologías», «yo solo quiero contar historias». Y aunque la intención pueda parecer inofensiva, la realidad es otra. Decir que algo no es político también es una postura política, aunque no lo parezca. Sobre todo en el arte, donde cada elección (de tema, de estética, de representación) dice algo del mundo que habitamos. Hoy mismo, se lo he leído a Jaime Rosales en esta entrevista.

Lo personal es político: no es un eslogan, es un hecho

Allá por los años 60, el feminismo de la segunda ola popularizó la frase «lo personal es político», y no porque sonara bien, sino porque lo es. Problemas como la violencia doméstica o la brecha salarial se veían como asuntos privados, cuando en realidad eran (y siguen siendo) el resultado de estructuras de poder.

Pero esto no se queda en el feminismo -del mismo modo que sus reivindicaciones actuales tampoco-. Todo lo que hacemos tiene un contexto social y político. Desde qué idioma hablamos hasta qué tipo de historias se cuentan en las películas que vemos. Decir «yo no me meto en política» es, en el fondo, aceptar el estado actual de las cosas. Y eso ya es una postura. Nuestras identidades, experiencias y oportunidades están moldeadas por las dinámicas de poder y las ideologías que gobiernan nuestras sociedades. Afirmar ser apolítico es ignorar estas influencias y aceptar el statu quo, lo que en sí mismo es una postura política.

El arte como espejo del poder

Siempre ha sido así. Desde las pirámides egipcias, que exaltaban a los faraones como dioses, hasta las estatuas de emperadores romanos, que no estaban allí solo por decoración, pasando por las catedrales góticas o el retrato de Velazquez a Felipe IV. El arte ha sido herramienta de propaganda, de control y de afirmación del poder.

Pero no hace falta irse tan lejos. Piensa en los museos occidentales repletos de arte europeo y apenas una esquina para piezas de otras culturas. O en el cine, donde durante décadas solo un tipo de protagonista ha sido el «héroe universal». La idea de que «esto es lo normal» también es una narrativa política. El colonialismo no solo se trató de invasiones y saqueos, sino de imponer una cultura sobre otras, de borrar voces y narrativas diferentes. Y ese impacto sigue presente en la manera en que se expone el arte hoy en día. La mayor parte de los grandes museos europeos están llenos de obras saqueadas de otros continentes, muchas veces sin siquiera reconocer su origen o historia real. ¿Eso no es político?

La nostalgia ya no es lo que era y además es peligrosa

08/03/2025 - Ricardo Fernández

La retropía, un pasado idílico que no existió La nostalgia es un arma política. Para la extrema derecha, es su herramienta más afilada: una máquina del tiempo trucada que solo viaja a un pasado idealizado, un refugio donde el “verdadero pueblo” era homogéneo, virtuoso y feliz. Es el cuento de una edad de oro sin […] Leer más

El problema del arte «neutral»

Cuando un artista dice que no quiere hacer arte político, lo que muchas veces significa es que no quiere incomodar. Pero la neutralidad es un lujo que no todos pueden permitirse porque muchas veces favorece a quienes ya están en una posición privilegiada. La idea de que el arte puede existir al margen de las tensiones sociales es una perspectiva que rara vez se le concede a quienes vienen de comunidades históricamente marginadas. Para ellos, su arte siempre será leído dentro de un marco político, aunque no lo pretendan, su sola existencia ya es un acto político. Pretender que el arte puede ser neutral es, en realidad, un privilegio que no todos tienen.

No se trata de que cada obra tenga que ser un manifiesto. Se trata de reconocer que toda elección comunica algo. Si un artista decide no hablar de diversidad, está reforzando la idea de que ciertas voces no importan. Si solo muestra un mundo idealizado sin conflictos, está validando una visión parcial de la realidad.

La falta de posicionamiento también contribuye a la perpetuación de desigualdades. Si un artista omite deliberadamente cuestiones como la desigualdad de género, el racismo o el cambio climático en su obra, no está siendo neutral: está manteniendo intacta una narrativa que excluye estos problemas y a quienes los sufren. En muchos casos, el silencio es un respaldo tácito al poder.

Por otro lado, el mercado del arte también juega un papel en esta supuesta neutralidad. Muchas galerías y coleccionistas prefieren obras que no generen controversia, lo que condiciona qué tipo de arte se promueve y se vende. Así, el arte «neutral» se convierte en una estrategia comercial más que en una postura ideológica auténtica. Aunque, realmente, eso también es pura ideología.

Movimientos «apolíticos» que no lo eran tanto

Hay artistas que insisten en que su trabajo no tiene agenda, que solo buscan la belleza o la expresión personal. Pero incluso eso tiene un peso político. Durante la Revolución Cultural China, un grupo de artistas, los Wuming (No Name), en su mayoría obreros y jóvenes urbanos enviados a trabajar al campo, pintaban paisajes y naturalezas muertas en lugar de seguir el realismo socialista impuesto por el Estado. No parecía una protesta, pero en el fondo lo era: un acto de resistencia silenciosa ante el control ideológico.

Lo mismo ocurre con muchos movimientos artísticos que parecen alejados de la política. La decisión de ignorar ciertos temas o evitar ciertas representaciones también es un mensaje en sí mismo.

El arte como herramienta de cambio

Por supuesto que luego existen obras que nacen con la intención, clara, de protestar contra lo establecido: desde el famoso Guernica de Picasso, una denuncia visual contra la guerra, hasta los murales del Muro de Berlín que satirizaban el totalitarismo, pasando por Straight de Ai Weiwei, que utiliza restos del terremoto de Sichuán para denunciar explícitamente la corrupción gubernamental. Otros ejemplos menos evidentes pueden ser el cine de Jordan Peele, los retratos de Kehinde Wiley, el musical Hamilton o el último disco de Bad Bunny.

«The Kiss» de Dmitri Vrubel en el muro de Berlín

Sin embargo, esto no implica que todo arte deba nacer con la intención de expresar una postura política ni que deba desafiar lo establecido para validarse. La clave está en reconocer que el hecho mismo de decidir qué mostrar o qué ignorar conlleva un posicionamiento político. El arte no existe en el vacío; cada creación, exposición o celebración participa activamente en un diálogo social. Optar por desafiar nuestro mundo es una elección, mantener el status quo es otra. Tan político es quien decide representar mujeres en una película para luchar contra la opresión del patriarcado, como quien opta por excluir la diversidad bajo el argumento de resistirse a la dictadura de lo políticamente correcto. Por tanto, sí, Jaime, tu discurso es claramente político.