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Reseña de Pillion, de Harry Lighton

Dice Harry Lighton que quiere que el punto de partida para cualquier película que vaya a rodar tiene que ser una fuerte reacción emocional. Que no quiere hacer cine que predique. Y eso se nota. Porque Pillion, su debut en el largometraje, no da lecciones ni pone etiquetas: simplemente se mete hasta el fondo en un tipo de relación que no se suele explorar en el cine. Y lo hace sin miedo. Ni a las escenas explícitas, ni a lo emocional.

La película adapta una novela corta de Adam Mars-Jones, Box Hill, que Eva Yates —directora de BBC Film— puso en manos de Lighton en plena pandemia, cuando su otro proyecto, una cinta sobre el mundo del sumo japonés, quedó congelado. Podría haber elegido otro texto. Algo más amable, más fácil. Pero eligió este: la historia de una relación BDSM en el entorno motero gay británico. Y lo hizo con una seguridad sorprendente, sobre todo para un debutante.

El director, Harry Lighton

Lighton y el propio Mars-Jones, coguionistas, han reescrito, comprimido y modernizado la historia de la novela. Ya no se extiende durante años, ni está ambientada en los 70: transcurre en el presente y a lo largo de un solo año. Las edades de los protagonistas también se han acercado, lo que cambia sutilmente la balanza de poder —ya no hay “el mayor” y “el joven”— y desplaza el foco hacia la psicología y no tanto hacia la jerarquía. 

Pillion es una película que tiene más fondo y detalles que trama. Sin caer en subrayados, se adentra en la intimidad de Colin, un joven tímido y algo perdido magníficamente interpretado por Harry Melling que se encuentra con Ray, un motero imponente al que interpreta un Alexander Skarsgård sencillamente perfecto para el papel. No solo porque actúa bien, que lo hace, sino porque está francamente sexy. Y peligroso. Su sola presencia ya explica muchas cosas.

La película tiene humor (negro, malicioso), ternura (real), deseo (brutal) y, sobre todo, matices. Puede ser salvajemente gráfica y, a la vez, conmovedora. Muestra la entrega, la duda, el placer, la pérdida de control, la búsqueda de uno mismo. ¿Eso es amor? ¿Hay que ponerle nombre? Colin no lo tiene claro, pero tampoco lo necesita. Es su proceso. Su viaje. Y en ese viaje, la película le acompaña sin intentar definirle ni encasillarle.

Lo más difícil de la película, su mayor acierto, es cómo juega Lighton con el tono. Podría haberse ido al drama morboso, al mensaje panfletario o al porno emocional. Pero no. Se mantiene en esa línea escurridiza en la que el espectador no sabe si reír, incomodarse, excitarse o llorar. A veces, todo a la vez. Hay escenas que arrancan una carcajada incómoda y otras que sorprenden por su delicadeza. Algunas que ponen nervioso y otras que emocionan. Como la vida. Como el sexo. Como lo que pasa cuando uno se atreve a mirar donde normalmente se aparta la vista.Pocas películas sobre sexualidades no normativas se han atrevido a tanto sin caer en la trampa de lo ejemplarizante. Pillion no representa a nadie ni quiere hacerlo. Simplemente observa.

Pillion

Media Flipesci:
7.3
Título original:
Director:
Harry Lighton
Actores:
Harry Melling, Alexander Skarsgård, Georgina Hellier, Brian Martin, Zamir Mesiti