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Reseña de Pillion, de Harry Lighton

Dice Harry Lighton que quiere que el punto de partida para cualquier película que vaya a rodar tenga que ser una fuerte reacción emocional. Que no quiere hacer cine que predique. Y eso se nota. Porque Pillion, su debut en el largometraje, no da lecciones ni pone etiquetas: simplemente se mete hasta el fondo en un tipo de relación que no se suele explorar en el cine. Y lo hace sin miedo. Ni a las escenas explícitas, ni a lo emocional.
La película adapta una novela corta de Adam Mars-Jones, Box Hill, que la directiva de BBC Film puso en manos de Lighton en plena pandemia, cuando su otro proyecto, una cinta sobre el mundo del sumo japonés, quedó congelado. Podría haber elegido otro texto. Algo más amable, más fácil. Pero eligió este: la historia de una relación BDSM en el entorno motero gay británico. Y lo hizo con una seguridad sorprendente, sobre todo para un debutante, invirtiendo tres años en reescribir y alterar drásticamente el material original con la bendición del propio autor.

El director, Harry Lighton

Según ha explicado el propio director, la traslación del texto a la pantalla exigía decisiones radicales. Para empezar, sacó la historia de los años 70 y la trajo al Londres contemporáneo, huyendo de cualquier «romantización nostálgica» para explorar cómo operan hoy la alienación y el fetichismo. También alteró la edad del protagonista: Colin ya no es un adolescente de 18 años, sino un hombre de 35. Este cambio es clave, ya que subraya un estancamiento vital mucho más profundo y patético al mostrar a un adulto atrapado en el hogar de sus padres. Incluso le quitó a Colin su pertenencia a Mensa (presente en el libro) para ponerlo a cantar en un una foramción a capella, buscando un contraste audiovisual ridículo y en las antípodas de la agresividad sonora de las motocicletas.

Pillion es una película que tiene más fondo y detalles que trama. Sin caer en subrayados, se adentra en la intimidad de Colin, un inexperto que transita por los márgenes de la vida, paralizado por la duda y un profundo desconocimiento de las mecánicas del mundo fetichista. Es aquí donde entra Ray, el líder motero interpretado por un Alexander Skarsgård sencillamente perfecto: imponente, hermético, francamente sexy y peligroso. Su sola presencia ya explica muchas cosas. Para Ray, la pasividad y el patetismo de Colin no son defectos, sino una inquebrantable «aptitud para la devoción».

Al principio, la dinámica es de un desequilibrio absoluto. Colin es el inexperto del que Ray se aprovecha, dictando las reglas y la sumisión desde una posición de deidad del asfalto. Sin embargo, la genialidad de la película radica en cómo Colin, poco a poco, va madurando emocionalmente. Lo que empieza como un sometimiento casi ciego le permite descubrir un gozo existencial al soltar el control de su vida. A medida que cambia su aburrida ropa suburbana por el cuero y las mallas de lucha libre, Colin utiliza el fetichismo como un lienzo para reescribir quién pensaba que era.

Es en esta toma de consciencia donde la película dinamita las expectativas del kink. Ray, que utiliza la inflexibilidad del BDSM para mantener a raya a sus parejas y huir del apego romántico , se aterroriza ante la intimidad de un simple beso profundo. Al percibir que esa conexión ha traspasado la barrera de su control estructurado, a Ray le entra el miedo y huye física y psicológicamente. De hecho, Lighton alteró por completo el final del libro —donde Ray fallecía — para subvertir el tropo del ‘homosexual trágico’. En la película, Ray simplemente desaparece y la relación se agota. Pero, lejos de hundirse, esta huida le permite a un Colin mucho más maduro sobrevivir y ‘abandonar’ emocionalmente a Ray, reconociendo por fin sus propias necesidades afectivas insatisfechas. Él descubre su propio poder dentro y fuera de la relación.

La película tiene humor (negro, malicioso), ternura (real), deseo (brutal) y, sobre todo, matices. Puede ser salvajemente gráfica y, a la vez, conmovedora. Muestra la entrega, la duda, el placer, la pérdida de control, la búsqueda de uno mismo. ¿Eso es amor? ¿Hay que ponerle nombre? Colin no lo tiene claro, pero tampoco lo necesita. Es su proceso. Su viaje. Y en ese viaje, la película le acompaña sin intentar definirle ni encasillarle.

Lo más difícil de la cinta, su mayor acierto, es cómo juega Lighton con el tono. Podría haberse ido al drama morboso, al mensaje panfletario o al porno emocional. Pero no. Se mantiene en esa línea escurridiza en la que el espectador no sabe si reír, incomodarse, excitarse o llorar. A veces, todo a la vez. Hay escenas que arrancan una carcajada incómoda y otras que sorprenden por su delicadeza. Algunas que ponen nervioso y otras que emocionan. Como la vida. Como el sexo. Como lo que pasa cuando uno se atreve a mirar donde normalmente se aparta la vista. Pocas películas sobre sexualidades no normativas se han atrevido a tanto sin caer en la trampa de lo ejemplarizante. Pillion no representa a nadie ni quiere hacerlo. Simplemente observa.

Pillion

Media Flipesci:
7.2
Título original:
Director:
Harry Lighton
Actores:
Harry Melling, Alexander Skarsgård, Georgina Hellier, Brian Martin, Zamir Mesiti
Fecha de estreno:
06/03/2026