“Para nosotros las películas son pedazos de tiempo”, se dice en un momento de Jay Kelly, y pocas frases podrían encapsular mejor el espíritu de esta nueva película de Noah Baumbach. El director neoyorquino firma aquí una de sus comedias más vitales y chispeantes, un retrato en clave de vodevil emocional sobre la identidad, la fama, la familia y la fragilidad de los vínculos cuando el tiempo —como las carreras— entra en crisis.
Antes de su colaboración con Netflix, Noah Baumbach se había consolidado como uno de los cronistas más agudos de la clase media intelectual estadounidense. Desde Una historia de Brooklyn (2005), donde exploraba la disolución familiar con agudeza y dolor autobiográfico, hasta obras como Frances Ha (2012) o Mientras seamos jóvenes (2014), su cine destacaba por su estilo naturalista, su humor ácido y su enfoque casi literario de las relaciones humanas. A menudo coescritas con Greta Gerwig, esas películas combinaban inteligencia y emoción contenida, lo que lo convirtió en una figura clave del indie estadounidense de las dos primeras décadas del siglo XXI.
El salto a Netflix en 2017 con The Meyerowitz Stories le permitió mantener su voz autoral dentro de un ecosistema industrial más amplio. Aquella película, presentada en Cannes, fue el último título de la plataforma en competir por la Palma de Oro. Dos años después, Historia de un matrimonio (2019) lo catapultó a un nuevo estatus: seis nominaciones al Oscar, galardón para Laura Dern y una confirmación internacional como uno de los grandes narradores del cine contemporáneo. Con Ruido de fondo (2022), su ambiciosa adaptación de Don DeLillo que inauguró el Festival de Venecia, demostró su capacidad para transitar también terrenos más experimentales y formales.
En ese contexto llega Jay Kelly, una comedia ágil y luminosa que, sin renunciar a la inteligencia emocional habitual en Baumbach, se presenta como una obra más suelta, más lúdica, más pop. El protagonista, interpretado por un espléndido George Clooney, es una gran estrella de Hollywood en plena crisis vital. Acaba de terminar un rodaje, ha perdido a su descubridor y mentor (Jim Broadbent, cálido y preciso), acaba de tener un encuentro incómodo con un antiguo compañero (Billy Crudup) y decide emprender un viaje a Europa ‘a la caza’ de su hija adolescente, en un último intento por afianzar su relación antes de que ella se marche a la universidad. Lo que podría haber sido una introspección dramática se convierte aquí en una comedia de enredo vertiginosa, plagada de diálogos brillantes, situaciones absurdas y un desfile de personajes secundarios deliciosos y también un emotivo homenaje a Clooney y a su filmografía.

Acompañan a Clooney una troupe de lo más variopinta: su agente (Adam Sandler, excelente en su contención cómica), su publicista (Laura Dern, siempre en control), su peluquera (Emily Mortimer, también coguionista del film) y una serie personajes satélites una galería de rostros que orbitan en torno a la estrella allá donde vaya. El humor no rehúye la autorreferencia (como el gag con las canas o los rumores sobre su posible candidatura presidencial), pero Baumbach sabe cómo dotar de fondo humano a lo que, en otras manos, podría haberse quedado en simple sátira. El reparto lo completan en personajes secundarios intérpretes tan destacados como Greta Gerwig, Alba Rohrwacher, Patrick Wilson, Eve Hewson, Riley Keough, Isla Fisher o Stacey Keach.
Jay Kelly se convierte así en un doble viaje: uno literal, por Europa, con paradas en París e Italia; y otro emocional, hacia el interior de un hombre que, tras más de 35 años de carrera, empieza a preguntarse qué queda cuando se apagan los focos. Esta es una película sobre la brecha entre la imagen y la verdad, entre lo que el mundo espera de ti y lo que tú esperas del mundo. Y Baumbach, con su habitual equilibrio entre ironía y ternura, vuelve a recordarnos que crecer —y envejecer— no es dejar de actuar, sino aprender a interpretar de otra manera.
Con Jay Kelly, Noah Baumbach reafirma que, incluso dentro de las lógicas de una gran plataforma como Netflix, sigue haciendo cine personal, inteligente, cálido y profundamente humano. Porque, como bien dice uno de sus personajes, “para nosotros las películas son pedazos de tiempo”. También para los espectadores.
