Kathryn Bigelow regresa al cine con una nueva demostración de su maestría narrativa, su habilidad para generar tensión sin artificios y su capacidad para explorar los márgenes más frágiles del poder. Una casa llena de dinamita, su primer largometraje en siete años y también su primera colaboración con Netflix, confirma que sigue siendo una de las cineastas más relevantes del panorama estadounidense contemporáneo. Desde Los viajeros de la noche (1987), pasando por el culto de Le llaman Bodhi (1991) y Días extraños (1995), hasta su decisiva transición al cine político con En tierra hostil (2008) o La noche más oscura(2012), Bigelow ha demostrado una habilidad única para convertir contextos de alto riesgo en experiencias cinematográficas intensas, físicas y psicológicamente densas. Y aunque Una casa llena de dinamita no presenta combates ni explosiones, logra una tensión equivalente, o incluso superior, al convertir una posible catástrofe nuclear en una angustiosa cuenta atrás a través de oficinas, despachos y centros de control.
La premisa es simple: un misil de origen desconocido es detectado en rumbo directo a Estados Unidos. El país tiene poco más de 18 minutos para evaluar si se trata de un ataque real y en tal caso, cómo responder. No hay tiempo para certezas, solo para decisiones. A partir de ahí, el guion de Noah Oppenheim despliega un juego de tensiones narrativas que evita el efectismo y apuesta por un realismo asfixiante. Lo hace a través de una estructura ingeniosa: tres segmentos consecutivos, cada uno dedicado a un foco geográfico y jerárquico distinto —una base de defensa, el Pentágono y la Casa Blanca— que reconstruyen los mismos 18 minutos desde ángulos complementarios. Esta estrategia permite al espectador comprender la complejidad técnica y humana del sistema de defensa nuclear estadounidense, y cómo cada engranaje, por más minúsculo que parezca, puede resultar decisivo.

Lejos del espectáculo pirotécnico que cabría esperar de una amenaza nuclear en el cine, Bigelow opta por un suspense seco y cerebral. No hay héroes musculosos, ni persecuciones ni artificios visuales. La acción se concentra en los rostros tensos, las decisiones imposibles y las conversaciones contenidas. El trabajo de dirección es sobrio pero enérgico, con una cámara que se mueve con nerviosismo controlado entre salas de operaciones, líneas telefónicas enmarañadas y rostros marcados por la responsabilidad. Y por algunos momentos determinados, el contraste con la tranquilidad de los elefantes en mitad de la sabana africana ajenos a lo que está ocurriendo en la otra punta del planeta. El montaje, dinámico y preciso, contribuye a una tensión constante sin caer nunca en el caos narrativo. Y la banda sonora de Volker Bertelmann, ganadora del Oscar por Sin novedad en el frente, acompaña con una partitura que no busca emocionar, sino prolongar la ansiedad.
El reparto está a la altura del reto: Idris Elba, Rebecca Ferguson, Jared Harris, Tracy Letts, Jason Clarke, Greta Lee, Gabriel Basso, Anthony Ramos… aportan matices a personajes que podrían haberse reducido a funciones dramáticas.
En definitiva, Una casa llena de dinamita es un thriller político de máxima tensión, tan sobrio como impactante. Bigelow entrega una lección de cine que demuestra que no hacen falta fuegos artificiales para dejar al espectador pegado a la butaca. Bastan 18 minutos de incertidumbre, el eco de una sirena de alerta y la certeza de que, en ocasiones, los destinos del mundo se deciden en silencio.

