Reseña de Deux pianos, de Arnaud Desplechin
Arnaud Desplechin es uno de los grandes nombres del cine francés de las últimas tres décadas. Desde La vie des morts y La sentinelle hasta títulos como Rois et reine, Un conte de Noël o Trois souvenirs de ma jeunesse, ha construido una filmografía que mezcla lo íntimo con lo desbordado, lo psicoanalítico con lo melodramático, siempre atento a los fantasmas del pasado, a la memoria, a las familias rotas.
En Deux Pianos nos encontramos con Mathias (François Civil), un pianista que vuelve a Lyon después de años de autoexilio para reencontrarse con su mentora, Elena (Charlotte Rampling), y con un amor de juventud (Nadia Tereszkiewicz). Todo arranca bien: atmósfera de misterio, tensión contenida, cámara en mano que nos mete en los ensayos y conciertos, la música como estructura narrativa para conectar emociones, recuerdos y heridas abiertas. Durante un buen rato, Desplechin maneja con destreza esa ambigüedad que tanto le gusta, casi hitchcockiana.

El problema es que, tras el funeral de uno de los personajes, la película se desboca. Lo que eran insinuaciones y tensiones se convierte en un festival de gritos, llantos y giros cada vez más inverosímiles. Los lloros de ella, la escena del portal… hay momentos que rozan lo ridículo. Y el niño, directamente, parece salido de otro planeta: ningún niño de esa edad habla así y hace esas reflexiones, y menos en medio de una situación como la que está viviendo. En ocasiones, con sus alrededor de 9 años, parece el más adulto de todos los personajes.
Charlotte Rampling es lo mejor de la película. Su Elena, esa mentora que empieza a perder el rigor de antaño, mezcla fuerza y fragilidad a la vez que desprende carisma y misterio. Uno quiere conocer que hay detrás de esa mujer, cómo fue su relación con Mathias, que secretos esconde. Lástima que su personaje desaparezca bruscamente en la segunda mitad, debilitando la línea narrativa más interesante.
Nadia Tereszkiewicz ha demostrado su potencial en otras películas, como Mi crimen de Ozon o La gran juventud de Valeria Bruni Tedeschi; pero aquí, sin embargo, parece perdida. Nunca acaba de encontrar el tono: no sabemos si su Claude es frágil, seductora, alegre, triste o simplemente bobalicona. François Civil, que debería ser el ancla del relato, también parece desorientado. Quizá el problema no esté tanto en ellos como en el guion, que no termina de dar coherencia a los personajes ni a las situaciones.
Desplechin vuelve a lanzar todos sus temas habituales—memoria, culpa, identidad—, pero se le diluyen en el ruido del melodrama. Hay ideas poderosas y escenas que funcionan, pero el conjunto se convierte en un concierto desafinado, donde los gritos y las lágrimas ahogan la música.
