7.5

Reseña de The Mastermind, de Kelly Reichardt

El cine de Kelly Reichardt lleva años poniendo su mirada sobre personas que apenas dejan huella en el mundo. Campesinos, cocineros, vagabundos, mujeres solas, personajes que parecen moverse al margen de la épica. Por eso sorprendió tanto saber que The Mastermind, presentada en Cannes, era una película de robos. Aunque, conociendo el cine de Reichardt suponíamos que aunque cambiar de género no iba a cambiar de mirada. Ya sabíamos que no sería una película de robos normal. Para la directora de Meek’s Cutoff (2010), First Cow (2019) o Showing Up (2022), lo importante casi nunca es la acción, sino los huecos entre una acción y otra. Reichardt filma lo que en otras películas se pierde en la sala de montaje: los silencios, las esperas, el café que se enfría, la rutina y la manera afrontarla de sus personajes. En The Mastermind también lo hace y dedica más tiempo a esos momentos entre hitos que al propio robo o a los momentos de frenesí. Hay una escena en la que el protagonista transporta y esconde meticulosamente los cuadros robados en un granero. Una escena aparentemente pequeña que en manos de Reichardt se convierte en un momento clave que define al protagonista mejor que cualquier diálogo: su torpeza, su orgullo, su manera de enfrentarse al mundo y, sobre todo, su incapacidad para entenderlo.

La sinopsis de la película dice que a comienzos de los años setenta, en un pequeño suburbio del Medio Oeste, J.B. Mooney (Josh O’Connor) decide robar unas pinturas de un museo local convencido de que ese golpe, tan absurdo como torpe, le devolverá el sentido a su vida; pero si The Mastermind no es una película de robos al uso, si el golpe es más cutre que el de los ladrones del Louvre, ¿de qué trata realmente? De la ceguera. De vivir encerrado en uno mismo, ajeno a los problemas de la sociedad, convencido de que el mundo conspira en tu contra. El ombliguismo como modo de vida. El protagonista —un hombre blanco, de buena familia, con estudios, con todas las oportunidades para triunfar— cree merecer algo más y se lanza a una estafa absurda convencido de que tiene derecho a ganar. Reichardt lo observa mientras él se hunde en su propio espejismo. El mundo, tarde o temprano, le acabará cazando.

La directora ha explicado que ambientó la historia en 1970 porque “era el momento en que el país empezaba a preguntarse qué venía después” —cuando el sueño sesentero se desvanecía y la contracultura daba paso al desencanto—. En ese contexto, la figura de J.B. Mooney, un hombre de clase media atrapado en la monotonía suburbana, funciona como una metáfora de un país entero en crisis de identidad. Mientras la nación arde al fondo —Vietnam, las protestas, el colapso del ideal hippie—, él sigue obsesionado con su pequeño plan para sentirse especial. Reichardt dijo en Cannes que The Mastermind es “una película sobre estallar tu propio mundo”: un retrato de hombres que confunden el fracaso personal con una conspiración del entorno, incapaces de ver el privilegio que habitan. ¿No suena eso a algo parecido a lo que vivimos hoy en día?

El subtexto político atraviesa la película sin imponerse: la América de Nixon como espejo de la América de hoy. Un país que se mira al espejo y no se reconoce, donde el privilegio se disfraza de desdicha y la arrogancia del hombre común se disfraza de rebeldía. “Me interesaba ese tipo de personaje —decía Reichardt—: el que cree que todo el mundo le debe algo, que se ve como un marginado cuando en realidad está cómodamente sentado sobre su propio privilegio.” J.B. Mooney no roba por necesidad, roba porque se siente invisible. Su crimen es un gesto narcisista, casi infantil, una huida hacia delante en busca de validación. Y en su fracaso hay algo profundamente estadounidense: la ilusión de que bastará un golpe de suerte para escapar de la mediocridad.

Cinematográficamente, Reichardt sigue fiel a su estilo: encuadres precisos, fotografía naturalista, ritmo pausado y una puesta en escena muy austera. El jazz —elegante y sofisticado— suena mientras el protagonista se arrastra entre decisiones patéticas. Ese contraste entre el refinamiento del sonido y la torpeza del protagonista resalta aún más la miseria del personaje, y la sofisticación de la música nos recuerda los orígenes y el entorno natural de J.B. Mooney. La estructura libre del jazz encaja perfectamente con una trama igual de libre, una melodía que parece desordenarse, improvisarse y buscar sentido sobre la marcha.

Otro gran acierto de la película es Josh O’Connor. Pocos actores logran transmitir a la vez torpeza y magnetismo, fragilidad y encanto. En sus manos, el protagonista nunca se convierte en una caricatura: es patético, sí, pero también profundamente humano. Su manera de moverse, de hablar con medias sonrisas, de sostener una mirada demasiado larga, hace que queramos abrazarle y abofetearle al mismo tiempo.

Si te gustan las películas de robos elegantes, los planes perfectos, las trampas elaboradas y el glamour de los ladrones, no busques eso en The Mastermind. Esta película es todo lo contrario que Ocean’s Eleven, El caso de Thomas Crown o Heat. The Mastermind quizá sea el atraco más triste y torpe de la historia del cine; pero en sus imágenes hay mucho más para quien quiera fijarse en lo que pasa a los márgenes. Porque, como dice la propia Reichardt, “me interesan las historias de gente ordinaria en posiciones extraordinarias”.

The Mastermind

Media Flipesci:
7.6
Título original:
Director:
Kelly Reichardt
Actores:
Josh O'Connor, Alana Haim, John Magaro, Hope Davis, Bill Camp
Fecha de estreno:
31/10/2025