Un relato apasionado sobre Cumbres Borrascosas
La tormenta azotaba los cristales del despacho, pero ninguna fuerza de la naturaleza podía compararse al vendaval de pasión que agitaba el pecho de Emerald Fennell. Sentada frente a su teclado, sus dedos temblorosos acariciaban las teclas con una urgencia casi carnal. En su mente resonaban las sabias, viriles y proletarias palabras del ínclito Juan del Val: el arte no era para la élite intelectual, era «para la gente», para entretener.
–Oh, Juan -susurró Emerald, mientras su lengua, posada en sus húmedos labios, ansiaba encontrar la verdad absoluta-. Yo les daré lo que anhelan. Les daré… «Cumbres Borrascosas». Y con un jadeo ahogado, añadió las comillas al título. Tenía que dejar claro que la película no era una simple adaptación. Esas comillas no solo eran una exención de responsabilidad, ¡eran pura ironía posmoderna! Su corazón se aceleró al ser consciente de su ingenio y la brillantez de su mente.

Sus dedos golpeaban las teclas como una fiera salvaje. Con la misma energía despedazaba la novela original. ¿La segunda generación de personajes? ¿Esa aburrida epopeya sobre el ciclo del trauma y la violencia que Brontë tardó años en tejer? ¡Fuera! Emerald tachó la segunda mitad del libro mientras un sudor frío perlaba su frente. No había tiempo para la redención cuando la carne pedía a gritos un melodrama de pasión tóxica. Ella sabía lo que quería la gente, podía sentirlo…
De pronto, la puerta se abrió con estrépito. Era uno de sus productores, un hombre gris y carente de la visión divina.
–Emerald, señora -tartamudeó el pobre diablo-, nos han llegado rumores de que hay quienes dicen que elegir a Jacob Elordi, un actor blanco, para hacer de Heathcliff podría interpretarse como un caso de whitewashing. Heathcliff era marginado por ser racializado en la Inglaterra victoriana, no solo por pobre, también por su raza….
Emerald se puso en pie, su pecho subiendo y bajando peligrosamente acelerado bajo la tela de su camisa de lino.
–¡Necio! -clamó ella, sus ojos brillando con el fuego de mil soles-. ¿Acaso no ves sus poderosas espaldas, con músculos que parecen tallados por el mismísimo Lucifer? ¿Qué importa la crítica social cuando su virilidad constreñida en esos pantalones demasiado ceñidos amenaza con rasgarse ante la furia de su pasión incontenible? Será un «chico malo» incomprendido, ¡y punto!. No hace falta más profundidad en su personaje que esa.

El rodaje comenzó bajo una atmósfera de frenesí febril. Para encarnar a Catherine, Emerald trajo a Margot Robbie.
–Pero Emerald… Margot tiene 35 años y Catherine apenas 19 -susurró el director de casting, acobardado.
–¡La infantilizaremos y nadie se dará cuenta! -dictaminó la directora, arrebatada por el éxtasis creativo-. Será una mocosa malcriada, una niña rica y quejumbrosa. ¿Quién va a pensar en eso cuando vean que, hastiada de su vida, se escapa a los páramos a aliviarse en placeres onanistas, dejando que el viento salvaje azote sus enaguas desabrochadas mientras sus dedos temblorosos encuentran el capullo ardiente de su deseo entre los ásperos brezos del páramo? Lo importante es que sus turgentes senos luchen por mantenerse dentro de corsés de látex rojo. ¡Que parezcan los Bridgerton asaltando Bershka! ¡Queremos muchos likes en Instagram! ¡Necesitamos más filtros y colores saturados!

A medida que avanzaba la producción, los murmullos de descontento crecían. El equipo de arte la miraba con horror mientras ella diseñaba la «Habitación de Piel», forrando las paredes de vinilo para replicar la textura, las venas y los lunares de Catherine.
–¿No es esto algo grotesco e inútil para la narrativa? -preguntó un crítico invitado al set, apartando la mirada con repulsión.
–¡Es la humedad, es el deseo hecho tapicería! -gimió Emerald, hundiendo sus dedos expertos en una gelatina temblorosa para luego enseñar a un extra cómo amasar pan de manera erótica.
No había freno para su visión indomable. Si la novela ofrecía terror psicológico para Isabella Linton, Emerald veía kink, azotes y fetiches de sumisión. Ansiaba ver a la pobre Isabella ofreciendo su inmaculada y trémula carne, soltando un gemido ahogado de éxtasis prohibido mientras el rudo castigo de su oscuro señor mordía su carne. No podía evitar escuchar lo que se decía en el set y lo desechaba con desprecio. ¿Culpabilizar a la víctima? ¡Tonterías! En sus manos ese erotismo de brocha gorda se convertiría en arte para la gente. Ella era la directora que había reventado las plataformas de streaming con Saltburn y eso quería decir algo.

–Y Nelly Dean… -murmuró Emerald, mordiéndose el labio inferior hasta hacerlo sangrar-. No será la narradora. ¡La convertiré en una hermana bastarda y resentida! ¡Un duelo de gatas!
Algunos miembros del equipo susurraban en las esquinas, temerosos de ser oídos, que eso parecía propio de una telenovela y que no entendían por qué esa marcada falta de sororidad en la película; pero nadie se atrevía a plantar cara a una Emerald cada día más convencida de su talento y brillantez.
El día del estreno, los primeros cinco minutos dejaron a la mayor parte de la crítica cinematográfica paralizada. Una monja se excitaba con la erección de un cadáver ahorcado frente a una multitud en éxtasis orgiástico. Era burdo, era gratuito. La película transcurría al ritmo pop de Charli XCX, brillante en otro contexto pero que en la película ahogaba cualquier atisbo de conexión emocional y convirtía la tragedia en un videoclip lúbrico con esteroides.

Cuando las luces se encendieron, los críticos despedazaron la obra, calificándola de desastre hueco y soez. Le gritaron que había vaciado el clásico de su esencia para rellenarlo con estética de TikTok y erotismo de pacotilla.
Pero Emerald, de pie frente a la multitud, no se inmutó. Su pecho volvió a agitarse, fiero y orgulloso. Las críticas de la élite resbalaban por su piel como los fluidos por los torsos de sus protagonistas. Ella lo había hecho «para la gente». Había entregado la bodice ripper definitiva, y mientras el viento salvaje de Yorkshire azotaba su memoria, sonrió, sabiendo que su incomprendido talento viviría para siempre… un “talento” encerrado entre comillas.
