Reseña de Yellow Letters, de İlker Çatak
Resulta curioso, por decirlo suave, que Wim Wenders, director de París, Texas y presidente del jurado de esta Berlinale, dijera al comienzo del festival y tras las críticas por el silencia del festival sobre el genocidio en Gaza, que el cine debía mantenerse al margen de la política, que debía actuar como contrapeso y hacer «el trabajo de la gente y no el de los políticos», y que luego el Oso de Oro terminara en manos de una película tan abiertamente política como Yellow Letters, de İlker Çatak. Curioso o no tanto. Porque una cosa es premiar una película sobre la violencia del Estado cuando esa violencia sucede en Turquía y puede envolverse en el prestigio abstracto de «los peligros del autoritarismo» -y, además, se dirige contra artistas y dramaturgos, como él-, y otra bastante distinta señalar con claridad a un Estado como Israel cuando comete atrocidades que no admiten demasiada gimnasia verbal. El miedo de buena parte del mundo del cine a posicionarse con claridad empieza a resultar demencial. En todo caso, la ironía queda servida: Wenders habló de cine sin política y acabó entregando el máximo premio a una película que, precisamente, funciona porque no se esconde detrás de esa coartada.
La pulcra violencia de la burocracia.
Yellow Letters cuenta la historia de Derya y Aziz, una pareja acomodada y prestigiosa del ecosistema cultural de Ankara. Ella es una actriz muy reconocida; él, dramaturgo y profesor universitario. Viven con su hija Ezgi en una burbuja burguesa, intelectual y progresista que parece sólida hasta que deja de serlo. Basta un gesto: ella se niega a posar con una autoridad del régimen; él anima a sus alumnos a sumarse a una protesta. A la mañana siguiente llegan las cartas amarillas del título y, con ellas, el mecanismo del castigo burocrático: despido, señalamiento, aislamiento, caída. A partir de ahí, la película sigue el desmontaje metódico de una familia y de una posición social. Ya no hablamos de una abstracción política, sino de algo mucho más reconocible: perder el trabajo, perder la casa, perder la comodidad moral de creerse a salvo.
Uno de los puntos fuertes de la película está en esa idea de la violencia administrativa como forma pulcra del terror. No hacen falta capuchas, sótanos ni torturas físicas. Basta un sobre, una firma, una notificación, una puerta que se cierra. Y eso es algo mucho más habitual de lo que pensamos sin irnos muy lejos de nuestras ciudades. Çatak entiende bien que el autoritarismo contemporáneo suele preferir la higiene burocrática al espectáculo. También entiende algo más incómodo: que el daño no termina en la represión pública, sino que se mete en casa, se sienta a la mesa y convierte la intimidad en otro campo de batalla. Ahí reside otro de los aciertos de Yellow Letters: cuando convierte el matrimonio en un duelo entre dos formas de resistencia, la del idealista que no quiere ceder y la de quien acepta ensuciarse para sobrevivir.

En ese sentido, ayudan mucho las interpretaciones de Özgü Namal y Tansu Biçer. Sobre todo porque no juegan a la alegoría pura, sino al desgaste. Ella va endureciéndose y apagándose a la vez. Él compone muy bien a ese tipo de intelectual que resulta comprensible y exasperante al mismo tiempo; uno de esos hombres capaces de sostener un discurso impecable mientras hacen pagar la factura emocional a quienes tienen al lado. También la de un hombre que en los grandes gestos resulta intachable pero que, en el día a día y en el trato con las mujeres de su familia, no lo es tanto. La película es más interesante cuando se dedica a mirar esa grieta doméstica que cuando se limita a proclamar sus tesis.
Otro acierto del filme son esos créditos que presentan a la ciudad de Berlín como Ankara y a la ciudad de Hamburgo como Estambul, casi como si fueran miembros del reparto. Çatak no intenta engañarnos. No quiere que pensemos lo bien que han recreado Turquía, sino algo mucho más incómodo: que Turquía está aquí, que los mecanismos que la película retrata no pertenecen a un Oriente exótico y lejano, y que Europa haría bien en dejar de mirar el autoritarismo como si siempre llegara de fuera. Es una declaración política bastante nítida: no mires hacia otro lado, no te escudes en la distancia, esto también va contigo. Y la película lo expone totalmente de frente.
Demasiado subrayado.
El problema es que Yellow Letters no mantiene esa potencia durante todo el metraje. Hay un momento en que la cinta abandona el filo del arranque y empieza a perder fuelle. La primera parte tiene una sequedad, una contundencia y una claridad de mecanismo que atrapan mucho; pero, poco a poco, el relato se dispersa. Çatak quiere hablar del matrimonio, de la hija, de la humillación de clase, de la pureza ideológica, de la industria cultural, del exilio interior, del coste del orgullo y del papel del artista bajo el autoritarismo, y no todo entra igual de bien ni con la misma intensidad. La película empieza a dar vueltas sobre ideas que ya ha dejado claras, y el ping-pong verbal entre los protagonistas, por brillante que sea en momentos aislados, acaba volviéndose redundante.
También pesa bastante el exceso de subrayado. Çatak no se fía demasiado del espectador. Tiene una idea potente y la exprime hasta que deja de ser incisiva para volverse evidente. Quiere asegurarse de que comprendamos que el Estado aplasta, que la precariedad degrada, que la conciencia moral puede convertirse en soberbia y que el arte comprometido convive mal con la necesidad de pagar facturas. Lo comprendemos enseguida. Pero la película insiste, remacha, verbaliza, recalca. Y en ese empeño por no dejar cabos sueltos termina perdiendo misterio, ambigüedad y alguna zona gris que le hubiera venido muy bien. Algo de lo que, por cierto, también pecaba La sala de profesores, su anterior película.

Yellow Letters es una película con nervio, ideas, mala leche y momentos brillantes. Tampoco es poca cosa que quiera hablar de censura, miedo y violencia institucional sin esconderse detrás de símbolos vaporosos ni de solemnidades vacías. La película vale más por lo que acierta que por lo que falla, aunque falle bastante más de lo que sería deseable. Cuando se centra en lo íntimo y muestra que el daño político más hondo no es el despido, sino lo que ese despido le hace a una familia, la película tiene fuerza. Cuando se empeña en explicarse, en alargar sus discusiones y en convertir algunas oposiciones en esquemas demasiado obvios, flaquea. Se ve con interés y deja un poso para la reflexión y el debate; pero también deja la sensación de que podía haber sido una obra mucho mejor si no hubiera usado tanto subrayado con rotulador gordo. Una película premiada, además, en un contexto en el que Europa parece mucho más cómoda denunciando ciertos autoritarismos que otros. Ahí, casi sin querer, Yellow Letters también retrata a la Berlinale que la ha coronado.
