Reseña de It Was Just An Accident, de Jafar Panahi
El regreso de Jafar Panahi a Cannes no ha sido solo un evento cinematográfico; también ha sido algo emocional y político. Quince años después, tras decenas de batallas judiciales, encierros y prohibiciones en su país, el cineasta iraní ha podido volver a pisar el festival en persona. Y lo ha hecho con It Was Just An Accident (Yek tasadef sadeh), una película en la que hay mirar no solo lo que cuenta, también lo que representa. El valor que tiene que Panahi siga haciendo cine cuando el gobierno le dijo que no podía.
Panahi ha hecho películas en taxis, en casa sin poder salir de ella, en USB escondidos en pasteles. Lo ha hecho a escondidas, sin permisos y con prohibiciones. Pero esta vez ha podido rodar con más libertad de movimientos, lo que no quiere decir con libertad total. Lo que ha hecho con esa libertad relativa ha sido una película contenida en espacio pero expansiva en rabia. Quizá la más directa y explícita y de toda su carrera.

La premisa es sencilla y poderosa: Vahid (interpretado por Vahid Mobasseri) reconoce, por el chirrido de una prótesis, a su torturador en prisión. Lo secuestra. Y lo mete en una furgoneta con otras víctimas. Ahí dentro, entre discusiones, dudas, deseos de venganza y miedos, se decide qué hacer. No hay acción trepidante, pero sí un thriller moral de altísima tensión que en esta ocasión tiene una puesta en escena mucho más cuidada visualmente que en sus clandestinas películas anteriores, gracias a la fotografía de Amin Jafari, que ayuda a volver a una narrativa más lineal sin perder el pulso ni la hondura.
Aunque el guion está salpicado de pequeños detalles y simbolismos, que nadie espere juegos metacinematográficos. Aquí no hay autorreflexión ni juegos con el dispositivo. Hay urgencia. Hay un grito. Y aunque no falte cierto humor negro —muy negro—, lo que prima es la necesidad de hablar claro. De decir que hay cosas que no se olvidan. Que el daño no prescribe. Que la justicia no siempre repara.
Me gustaría remarcar un gesto que puede parecer importante: mostrar mujeres sin el hiyab obligatorio. El gobierno iraní obliga a mostrar a las mujeres con hiyab en la pantalla, incluso cuando aparecen en entornos privados. Saeed Roustaee, director compatriota de Panahi que también ha presentado su película —mucho peor— en Cannes estos días y que también estuvo en la carcel por presentar en 2022 su película Leila’s Brothers en Cannes sin permiso, no tuvo la fuerza, o quizá la convicción, para resistirse a esa norma. No criticaré esa postura, es difícil plantar cara a un gobierno como el iraní; pero desde luego que si alabaré la de Panahi.
