6.5

Reseña de Marty Supreme, de Josh Safdie

Para llegar hasta Marty Supreme (2025) hay que arrancar casi un par de décadas antes y situarse en las sucias aceras del cine independiente neoyorquino donde Josh y Benny Safdie forjaron su leyenda. Aquellos hermanos que comenzaron con una estética de guerrilla y presupuestos microscópicos, capturando la ansiedad urbana con una autenticidad casi documental, han recorrido un largo camino. Tras su ascenso meteórico al panteón del «indie mainstream» con la eléctrica Good Time (2017) y la consagración crítica de Uncut Gems (2019), Josh Safdie da ahora un paso adelante en solitario.

Es la apuesta definitiva de la productora A24 por las superproducciones de autor, con un presupuesto estimado entre 60 y 90 millones de dólares. Eso sí, esta nueva escala llega envuelta en los rumores turbios sobre las razones del distanciamiento entre los hermanos. Resulta una curiosidad que ambos, en sus respectivos debuts en solitario, hayan optado por películas centradas en deportistas de disciplinas minoritarias (tenis de mesa en el caso de Josh, las artes marciales mixtas en el de Benny) que, paradójicamente, gozan de un éxito masivo en Asia. Y para cerrar el círculo de las coincidencias de esta temporada de premios, podemos mencionar que Si pudiera te daría una patada, película que ha colocado a Rose Byrne en la carrera del Oscar mejor actriz— está dirigida por Mary Bronstein, esposa de Ronald Bronstein, quien no es otro que el colaborador habitual de los hermanos y coguionista y productor de esta Marty Supreme. Todo queda en familia, aunque la familia esté fracturada.

La trama nos transporta a una vibrante década de 1950, presentando a Marty Mauser (Timothée Chalamet), un personaje ficticio basado libremente en el tenista de mesa Marty Reisman. Mauser no es solo un deportista; es un visionario delirante obsesionado con la grandeza , que intenta financiar desesperadamente su viaje a los campeonatos de Londres y Tokio para competir contra la gran estrella japonesa Koto Endo, recurriendo a la estafa y el robo. En su órbita giran Kay Stone (Gwyneth Paltrow), una actriz en horas bajas casada con un magnate, y Rachel (Odessa A’zion) vecina y amante. 

Una huida hacia adelante marca de la casa

A diferencia de Benny, que en su aventura en solitario pareció buscar un registro diferente para sorprendernos a todos, Josh Safdie ha decidido continuar la senda marcada por sus trabajos anteriores. Marty Supreme es, indudablemente, una película frenética, asfixiante y con esa cualidad anfetamínica que ya es marca de la casa. No obstante, también se aprecia una en las formas. Se aleja del realismo sucio de anteriores trabajos y aquí hay una estilización visual mucho más pictórica y calculada , un sonido más limpio (aunque igual de agresivo) y una narrativa que se dilata más en el tiempo, abandonando la compresión temporal de sus thrillers previos.

El conflicto central también muta. Aunque volvemos a encontrar a un protagonista que parece adicto a tomar malas decisiones, la naturaleza de su angustia es distinta. En Good Time, Uncut Gems o Heaven Knows What veíamos a ratas acorraladas, personajes del entorno criminal luchando por su pura supervivencia física. Marty Mauser, protagonista de Marty Supreme en cambio, parte de una posición privilegiada; es un hombre que podría tener la vida resuelta. No es la necesidad lo que le mueve, sino una ambición corrosiva. Son sueños de grandeza que se convierten en pesadillas, impulsados por un ego que no cabe en la pantalla.

Es precisamente en esta huida hacia adelante el motor, pero también el mayor lastre de la película. El esquema narrativo de sucesión de pequeños (aunque cada vez más grandes) conflictos , termina por volverse repetitivo en sus 149 minutos de metraje. La tensión del personaje corriendo sobre un alambre es efectiva al principio, pero llega un punto en el que los constantes tropiezos y resurrecciones de Marty dejan de sorprender. La fórmula se agota y sus erráticas decisiones ya no aportan matices nuevos a la construcción del personaje ni hacen avanzar la historia de manera orgánica, pudiendo llegar a generar una situación de fatiga.

El regreso de Paltrow

El reparto tiene ante sí la ingrata tarea de defender a una galería de personajes que desafían cualquier intento de empatía; son, en esencia, personas que uno cruzaría de acera para evitar. Aunque los focos, el marketing y el ruido de los Oscars se centren en la transformación de Timothée Chalamet, quien ofrece una interpretación maníaca y de altísimas revoluciones -cargado de tics, con una estructura física ensanchada por hombreras y unas gafas que deforman su mirada- para mí la verdadera joya de la función es Gwyneth Paltrow. Un regreso por todo lo alto, aportando una frialdad transaccional y un cinismo elegante al papel de Kay Stone. Ancla la película con una gravedad melancólica que contrasta perfectamente con la histeria de Chalamet.

Por otro lado, Odessa A’zion me ha dejado un sabor agridulce. Aunque su papel como Rachel debería funcionar como el corazón visceral de la trama, me parece una actriz desaprovechada en esta ocasión. Quienes la descubrimos mostrando un magnetismo arrollador en la serie I Love LA echamos de menos esa fuerza; aquí, su personaje a menudo queda sepultado bajo el peso del caos que la rodea, sin terminar de brillar con luz propia.

Los 80 más allá de la música

En el apartado técnico, la película destaca con fuerza. Visualmente, la apuesta por el celuloide de 35mm y, según cuenta el director de fotografía Darius Khondji, el uso de procesos de revelado forzado le da a la imagen de una textura rugosa con grano que encaja con la áspera trama.. Josh Safdie y Khondji toman la decisión de usar teleobjetivos extremos para el tenis de mesa, aislando a los jugadores, centrándose en su sudor y miradas, y convirtiendo las partidas en un túnel de obsesión psicológica, sin preocuparse por mostrar una dimensión clara del juego. Sonoramente, la partitura de Daniel Lopatin es un acierto: enfrenta instrumentos clásicos contra sintetizadores anacrónicos de los 80 (como el Fairlight CMI), además del uso del canciones de los años 80 (que suenan mucho a años 80 como Tears For Fears o Peter Gabriel) mezcladas con temas de Jazz de los 50 (Fats Domino y Perry Como entre otros) refuerzan constantemente la sensación de que Marty se salta las reglas, de que algo no encaja, y nos llevan a esa década con Reagan y Thatcher abanderando la cultura del individualismo y el hacerse a uno mismo.

De esta manera la elección musical no es solo un capricho estético sino sostén temático de la cinta. Marty es el prólogo espiritual de esa cultura del éxito ochentera (y tan actual si uno se fija en los “triunfadores” de las redes sociales). En Marty Supreme el tenis de mesa deja de ser un inocente juego y se convierte en  una metáfora sudorosa del neorliberalismo. El deporte se presenta como una disciplina binaria (ganas o pierdes, no hay término medio), individualista y de basado en reflejos y movimientos tan rápidos que eliminan cualquier rastro de empatía o reflexión. La «cultura de hacerse a uno mismo» se revela como una trampa: si eres lo suficientemente rápido y agresivo, quizás puedas vencer al sistema momentáneamente, pero en el cine de Josh Safdie, el sistema siempre termina cobrándote la entrada con intereses.

Es aquí donde Marty Supreme se distancia radicalmente del esquema habitual del cine deportivo. Si películas de aquellos años como Rocky o Karate Kid nos vendieron la narrativa de que el esfuerzo purifica y el talento redime, esta obra ofrece la versión envenenada del sueño americano. No estamos ante el viaje del héroe, sino ante una autopsia al genio torturado. El guion de Josh Safdie y Ronald Bronstein sugiere que más allá de la meritocracia, el sacrificio exigido para mantener el éxito no es el sudor, sino la salud mental y la dignidad. El ascenso de Marty (si se puede calificar así) no tiene nada de heroico; se parece más a una adicción al triunfo que lo consume por dentro, acercándolo más a la autodestrucción hedonista de un Gordon Gekko en Wall Street o un Tony Montana en El precio del poder (por seguir en los 80) que a un atleta olímpico.

Esta degradación moral alcanza su cenit en la que probablemente sea la escena más incómoda y reveladora de la película: la del azote. La sumisión voluntaria de Marty ante el magnate Milton Rockwell (interpretado con una planicie inquietante por el empresario e inversor en la vida real, además de personaje televisivo, Kevin O’Leary) no es masoquismo, es la rendición total ante el poder económico. Marty acepta la humillación física como moneda de cambio para seguir en la partida, demostrando que en este salvaje libre mercado, hasta la dignidad propia es un activo liquidable.

Al final, la película desemboca en un clímax que subvierte la catarsis tradicional del cine deportivo despojando la opción real de una victoria, de la gloria o del éxito. Ganar se convierte en la forma más rápida de perderlo todo, sin redención posible. Cuando Marty vuelve a Nueva York y se enfrenta, una vez más, a las consecuencias de sus actos llora. No sabemos si de emoción o de pena; pero no creo que nadie vaya a apostar a que ha aprendido la lección y no va a volver a tropezar en la misma piedra.

Marty Supreme

Media Flipesci:
6.8
Título original:
Director:
Josh Safdie
Actores:
Timothée Chalamet, Gwyneth Paltrow, Odessa A'zion, Kevin O'Leary, Tyler, The Creator
Fecha de estreno:
30/01/2026