Reseña de Project Hail Mary, de Phil Lord y Christopher Miller
Hay películas que nacen como un síntoma de rebelión ante una audiencia cansada, que parecen anticipar una tendencia de cambio. Proyecto Salvación, la adaptación de la novela de Andy Weir dirigida por Phil Lord y Christopher Miller, tiene bastante de eso. Sobre el papel no deja de ser otra historia sobre el fin del mundo: el Sol se apaga, la humanidad corre peligro y alguien tiene que hacer algo antes de que todo se vaya definitivamente al garete. Hasta aquí, nada especialmente nuevo. Lo interesante es cómo lo hace porque Proyecto Salvación no se parece demasiado al blockbuster de ciencia ficción que ha dominado el cine comercial de los últimos años. No tiene ese aire clínico, solemne y trascendental que se ha impuesto en buena parte del género. No quiere aplastarte con su trascendencia, ni empequeñecerte a base de gravedad, silencio y ceños fruncidos, ni tampoco convertirse en una orgía de destrucción digital con salas de guerra, generales sudorosos y discursos que suenan a tráiler de campaña electoral. Mira hacia otro lado. Recupera una cierta ligereza, un gusto por la aventura y una voluntad muy clara de agradar al espectador sin obligarle a pasar ni por un máster en astrofísica ni por una depresión existencial.

En cierto modo, Proyecto Salvación parece una película de otra época. O, por lo menos, parece recordar cosas de un cine comercial que Hollywood había ido arrinconando: la calidez, el sentido del humor, la empatía, el asombro sin solemnidad. Tiene algo de aquella ciencia ficción previa a 2008 -por poner una fecha simbólica en la que el optimismo se rompió y se abrió la puerta al cinismo- cuando todavía se creía que el entretenimiento podía ser luminoso sin parecer tontorrón y vacío. Tampoco es que estamos ante otra Armageddon, ni ante otro Independence Day, ni ante una revisión nostálgica de los noventa con sus peores excesos. Aquí no hay grandilocuencia mesiánica ni patriotismo de megafonía. El conflicto se encoge en lugar de hincharse de grandeza. La película reduce la escala hasta convertir el apocalipsis en algo casi íntimo, casi doméstico, casi de cámara. El destino de la humanidad no se decide en batallas mastodónticas contra poderosos enemigos, sino en una nave desordenada, en un laboratorio improvisado y en la relación entre dos seres que intentan entenderse. Tampoco hay un gran villano en la película. Tampoco uno pequeño.
Un acierto técnico
El mérito recae en sus creadores: Phil Lord y Christopher Miller. También en quienes cofiaron en ellos, por supuesto. Lord y Miller no eran, en principio, los nombres más obvios para levantar una superproducción espacial de este presupuesto (más de 200 millones de dólares), pero han resultado ser una elección muy acertada. Vienen de la comedia, de la irreverencia, de la capacidad para coger premisas absurdas y hacer que funcionen sin dejar de reírse un poco de ellas. Lo hicieron en Lluvia de albóndigas, en Infiltrados en clase, en La Lego Película y, como guionistas, en esa maravilla formal que fue Spider-Man: Cruzando el multiverso. También arrastraban la sombra de Solo, aquella salida abrupta del universo Star Wars porque Hollywood no confiaba en su manera de trabajar: más abierta al accidente feliz y a la improvisación que al cálculo corporativo. Proyecto Salvación tiene algo de pequeña revancha. Demuestra que su sensibilidad no solo sirve para la comedia o la animación, sino que puede sostener una gran película de estudio sin perder su personalidad por el camino.
Esa personalidad se nota en el tono, claro, pero también en la puesta en escena. Proyecto Salvación funciona como comedia de colegas interplanetaria o como fantasía reparadora; pero es que, además, en un momento en que el blockbuster parece obsesionado con la increíble -en su sentido literal- perfección digital, Lord y Miller han decidido hacer una película de ciencia ficción con cuerpo. Una película que puede tocarse.

La nave Hail Mary no parece un render ni un catálogo de diseño futurista. Tiene tripas, cables, recovecos, desgaste, volumen. Buscaban que no pareciera un Mac impecable y sellado, sino un PC abierto con los componentes a la vista. Decidieron prescindir de los chroma para rodar los interiores y es una decisión que cambia la atmósfera de la película. Cambia cómo se mueve Ryan Gosling dentro del espacio, cómo se puede mover la cámara, cómo incide la luz sobre las superficies, cómo sentimos el peso de los cuerpos y la credibilidad de lo que vemos. En una época en la que tantas superproducciones parecen rodadas en una nebulosa verde para decidir después qué poner detrás, aquí se palpa la sensación de que los actores están en un lugar real.
Parte del mérito de esa sensación recae en la fotografía de Greig Fraser, que aquí trabaja de manera menos monumental que en Dune o The Batman, pero también muy interesante; quizá menos enfocado en un estilo impactante y más en la textura. Su trabajo no consiste tanto en embellecer el espacio como en volverlo tangible. También hace un gran trabajo en la diferenciación visual entre el presente espacial y los recuerdos terrestres, jugando con los formatos y con el grano de la imagen diferenciando atmósfera y sensaciones de cada línea temporal.

La música de Daniel Pemberton dialoga con el diseño visual. Huye de la asepsia, de la partitura espacial solemne y previsible, y busca una textura más orgánica. La banda sonora no se limita a subrayar emociones también sirve para empastar la presencia de Rocky, que se comunica por unos sonidos que parecen acordes musicales. Las canciones no originales -una ecléctica selección que va desde The Beatles a Tina Turner pasando por Violeta Parra– funcionan como el anclaje terrestre de Grace con su casa y como escaparate, aquí sí, de sentimientos; especialmente el Sign of the Times de Harry Styles que interpreta Sandra Hüller en una emotiva escena.
Una relación real
Ryan Gosling, por su parte, es clave para que todo esto funcione. Lleva años afinando un tipo de personaje que oscila entre el ridículo, la vulnerabilidad, el sarcasmo y la emoción sincera. Su Ryland Grace no es un héroe musculado, ni un mártir torturado, ni un elegido de gravedad bíblica y profundo trauma. Es un tipo corriente metido en una situación extraordinaria. Reacciona con miedo, torpeza y estupor antes de reaccionar con valentía. Y eso le da a la película un centro humano muy eficaz. Es el tipo de papel que, hace años, podría haber interpretado Tom Hanks.
Si lo de Ryan Gosling no es una sorpresa, el descubrimiento de la película está en Rocky, su compañero alienígena. Y no es solo por el guion, porque sea entrañable, gracioso o porque su relación con Grace sea el corazón emocional del relato. Es por cómo está rodado. En lugar de fabricar otro extraterrestre digital supuestamente realista, perfectamente renderizado, perfectamente iluminado, perfectamente animado y perfectamente vendible como peluche y listo para incluir en los menús infantiles de las cadenas de hamburgueserías, la película apuesta por una criatura física, una marioneta mecánica supervisada por Neal Scanlan y operada por titiriteros. Luego, claro, habrá un retoque digital; pero sirve para reforzar una base física, no a sustituirla.

Y esa diferencia se nota. Porque Rocky tiene peso. Tiene límites. Tiene una manera concreta de ocupar el plano. También pone límites a cómo mostrarlo sin que se note el artificio y eso hace que no puedan sobreexplotarlo visualmente. No pueden lucirse sacándolo entero en movimiento, ni caer en la tentación de presumir de software y posibilidades. Se trata, más bien, de lo contrario, de intentar que se note lo menos posible que es un muñeco. Y, sin embargo -o gracias a eso-, resulta más creíble que la mayoría de criaturas CGI que abundan hoy en el cine comercial. Hay algo en ese pequeño roce, en esa mínima incomodidad del movimiento, en esa torpeza material, que el ojo reconoce enseguida como real.
Una peli de nuestro tiempo, después de todo
También me gustaría apuntar que, bajo su tono cálido, su defensa de la cooperación y su negativa a entregarse al cinismo, asoma una idea muy de nuestros tiempos (y de otros similares). La de que, ante el colapso, lo eficaz está por encima de lo legítimo. La de que el consentimiento individual puede sacrificarse por el bien común. La de que las leyes y los procedimientos son pequeñas molestias cuando lo importante de verdad está en juego. La película no convierte esto en un gran debate, ni parece demasiado interesada en desarrollarlo, pero ahí está. Y genera una contradicción curiosa. Emocionalmente, la película es amable, casi terapéutica. Ideológicamente, en cambio, tiene un poso tecnocrático y autoritario bastante contemporáneo. Es una contradicción interesante, porque mientras emocionalmente apuesta por la calidez, la cooperación y la esperanza, tiene ese poso que entiendo que ayuda a crear el arco de redención de Grace, pero choca con el tono y el mensaje del resto de la película.

Es el signo de los tiempos, por lo visto. Aunque sea una película optimista y luminosa, no puede dejar de revelar algunos de nuestros miedos. Vivimos rodeados de relatos que insisten en que todo está roto, que la cooperación es imposible, que la estupidez manda y que el futuro será, como poco, incómodo. Frente a eso, Proyecto Salvación propone una fantasía reconfortante: la de gente competente resolviendo problemas con inteligencia, paciencia, curiosidad y generosidad, la de diferentes cooperando por un bien común. Ver eso, hoy, produce un rocnfortante alivio; pero la película también delata que imaginamos la salvación desde arriba, desde la autoridad ejecutiva y desde la excepcionalidad.
Quedemonos con que Proyecto Salvación se siente distinta sin necesidad de inventar nada. Poniendo sobre la mesa ideas que parecían medio olvidadas en las grandes producciones hollywoodienses: Que un blockbuster puede ser espectacular sin rodarse delante de una pantalla verde; que una criatura alienígena puede emocionar aunque no esté renderizada en 3D, que cuando todos los departamentos se ponen al servicio de la historia pasan cosas y que el humor y el optimismo pueden ser tan emocionantes como la trascendencia y el cinismo.
