Entrevista a Joxean Fernández, director de Filmoteca Vasca.
Cuéntanos un poco de dónde vienes.
Soy de Donosti, al igual que mi familia, pero hubo un momento en que mi aita, que trabajaba para una empresa de aquí, aceptó hacerse cargo de la delegación en Aragón y nos mudamos todos a Zaragoza. Yo tenía justo 18 años, así que terminé cursando allí mis estudios.
Al acabar, para el primer año de doctorado, como no me cogían en Inglaterra, que era lo que quería porque ya hablaba ingles-, acabé yendo a Nantes un poco por azar, lo que me obligó a aprender francés. Resultó que allí mi coordinadora Erasmus era, a su vez, la directora del Festival de Cine español. Entré en contacto con ellos, les conté que me interesaba muchísimo el cine -ya había hecho algunas cosas de crítica a nivel amateur- y surgió la posibilidad de trabajar en el festival mientras sacaba adelante la tesis doctoral, algo a lo que le veía mucho sentido.
En esa tesis mezclé dos temas que me apasionan: el País Vasco y, desde mi faceta de historiador, la Guerra Civil. La defendí en diciembre de 2006 y en ella estudiaba precisamente eso: el cine y la Guerra Civil en el País Vasco desde el 37 hasta 2006. Es decir, tanto el cine rodado durante la propia contienda como la memoria cinematográfica posterior, y cómo había evolucionado todo ello según los distintos contextos históricos. Como mi trabajo en el festival siempre estuvo muy enfocado al ámbito académico, a finales de 2007 terminé sacando una oposición para ser profesor titular en la Universidad de Nantes.
Cuando ya me veía viviendo en Francia para toda la vida, se jubiló el anterior director de la Filmoteca Vasca. Algunos amigos me animaron a presentarme. Gané el concurso público y, a los pocos meses, José Luis Rebordinos me propuso formar parte también del comité de dirección y selección del Festival de San Sebastián. Y desde entonces, aquí estamos. Esa sería, a grandes rasgos, mi trayectoria laboral. Soy un afortunado, porque amar al cine y tener este trabajo es una maravilla.

¿Qué es exactamente la Filmoteca y cuál es su labor?
La Filmoteca Vasca no es original en sus objetivos; compartimos los mismos que cualquier otra filmoteca: conservar, catalogar, ordenar, restaurar cuando es posible y difundir esa cultura cinematográfica -a través de la programación y las publicaciones- centrada, básicamente, en el cine vasco.
Hace poco me preguntaban en una rueda de prensa qué es exactamente el cine vasco, un debate muy recurrente. Yo siempre apuesto por una definición muy laxa. Como académico igual pondría más matices, pero como director de la Filmoteca lo tengo claro: nos interesa lo que las cineastas y los cineastas vascos hagan en cualquier parte del mundo, y lo que el resto del mundo ruede sobre el País Vasco. Eso es lo que queremos conservar.
Incluso añadiría un tercer eje: como somos miembros de pleno derecho de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos (FIAF), si damos con un tesoro del cine internacional, también nos interesa protegerlo. Somos una filmoteca más y es evidente que en este sector hay que trabajar en red y con solidaridad, que muchas veces no es solo una cuestión de buenas intenciones, sino de puro pragmatismo. Si nos llega una joya del cine sueco, la estudiamos, hablamos con la filmoteca sueca para coordinarnos y tomamos medidas. Nuestro trabajo está centrado en el cine vasco, por supuesto, pero siempre trabajamos en red.
Sobre el cine vasco, alguna vez has escrito que «las esencias son para las perfumerías«. Sin embargo, luego te toca escuchar quejas, como la de aquella señora que interrumpió la presentación de El tercer hombre porque la presentación era en euskera, o críticas a los planes de apoyo al idioma. Por un lado defiendes una visión muy abierta, pero por otro chocas con estas polémicas. ¿Cómo te manejas en medio de todo esto?
Es que no me manejo. Que alguien se queje en una sesión de la Filmoteca Vasca porque está siendo en euskera, es su problema. Francamente, no hay mucho que explicar. Contamos con un porcentaje de sesiones en euskera -siempre en versión original- subtituladas al euskera o al castellano. Si alguien no entiende eso, es que no entiende el país o la ciudad en la que vive. Así de simple.
A mí no me gusta caer en polémicas absurdas; me parece una pérdida de tiempo. Si esa señora, en lugar de interrumpir la proyección, hubiera venido a hablar conmigo, le habría explicado nuestra política de programación y los porcentajes lingüísticos que manejamos. Si después de eso no está de acuerdo, es respetable, pero nosotros no vamos a cambiar nuestra línea.
Creemos que históricamente ha habido un déficit en nuestro país con las proyecciones en versión original subtituladas en euskera. No existía un gran hábito cultural y lo estamos construyendo poco a poco. Es cierto que nuestras sesiones en euskera tienen una respuesta un poco menor que las de castellano, pero si no hace este esfuerzo la Filmoteca Vasca, ¿quién lo va a hacer? Muchas instituciones estamos comprometidas en lograr que la versión original se vea con total naturalidad, a veces apoyada en el castellano y otras en el euskera. Sinceramente, ahí no vemos gran tema para la polémica.
Nos interesa lo que las cineastas y los cineastas vascos hagan en cualquier parte del mundo, y lo que el resto del mundo ruede sobre el País Vasco. Eso es lo que queremos conservar
Respecto al almacenamiento de películas, has comentado alguna vez que no sirve de nada guardarlas si el público no puede verlas, más allá de las proyecciones que podáis organizar.
Eso lo decía sobre todo Henri Langlois: «¿Para qué desenterramos tesoros si los volvemos a enterrar?». Es una frase que repito mucho. Cuando llegué a la dirección, no había programación en la Filmoteca. Yo venía del entorno francés, me había alimentado mucho de su cultura cinéfila y, para mí, una filmoteca que no programaba era algo inconcebible. Por supuesto que la esencia es la conservación, pero hay que difundir. El papel social de una filmoteca que no proyecta se reduce drásticamente.
Cuando Víctor Erice nos visitó por primera vez, lo ilustró muy bien: «Una filmoteca que no programa es como ir al Prado y encontrarte, en lugar de Las Meninas, un cartel que diga: ‘Tenemos Las Meninas guardadas en el archivo‘». La transmisión de la cultura cinematográfica tiene que ser una de nuestras tareas fundamentales. Raymond Borde, estrechamente vinculado a la Cinemateca de Toulouse, también lo diferenciaba claramente: si solo conservas, eres un archivo fílmico; si solo programas, eres un cineclub. Es la suma de ambas cosas lo que te convierte en una cinemateca.
Desde el principio intenté, modestamente, llevar esta institución hacia esos términos de normalidad. Y creo que hoy lo hemos conseguido: llegamos a tener proyecciones en cinco capitales por semana y pasamos de no tener departamento de programación a contar con un responsable dedicado a ello.

La conservación del celuloide y la niebla digital
Entiendo que las proyecciones son solo una pequeña parte de todo vuestro fondo. Teniendo en cuenta que estáis digitalizando el catálogo y acumulando muchísimos terabytes, ¿se está trabajando en facilitar el acceso al público o existen trabas con los derechos de autor?
La cuestión de los derechos es clara. En nuestra página web, y también en la plataforma Primeran de EITB, tenemos bastantes películas de acceso universal. Eso significa que hemos gestionado sus derechos, ya sea porque somos los propietarios o porque los dueños nos han cedido el permiso para difundirlas. Sin embargo, no podemos colgar en abierto cualquier obra de la historia del cine vasco, porque detrás hay propietarios y, a menudo, intereses comerciales legítimos.
Por ejemplo, nosotros restauramos Tasio y la movimos durante un año por festivales de cine clásico, empezando por Cannes; pero los derechos pertenecen a Mercury Films, así que ni siquiera podemos publicar en nuestra web la versión que nosotros mismos hemos restaurado. Por tanto, el acceso a determinados fondos está restringido al ámbito investigador en la propia sede de la Filmoteca. Al resto del mundo llegamos cuando el escrupuloso respeto a los derechohabientes nos lo permite.
Tenemos muchísimo material digitalizado a disposición de los investigadores. Pero las filmotecas somos instituciones curiosas: nos dedicamos a conservar con dinero público bienes que son de propiedad privada, pero que forman parte del patrimonio del país. Esa es la paradoja con la que lidiamos nosotros y todas las filmotecas del mundo. La mayor parte de lo que custodiamos no nos pertenece. A veces, donantes voluntarios nos ceden materiales sabiendo que no somos una empresa al uso y que no buscamos lucrar nuestras cuentas.
En torno al formato digital todavía hay mucha niebla. No sabemos qué pasará con esos archivos dentro de cincuenta años
Y todo ese material… Antes lidiabais con el deterioro físico, como el síndrome del vinagre. Ahora, el almacenamiento digital requerirá condiciones específicas y un gasto energético considerable. ¿Existe miedo a que se pierda información en estos nuevos formatos?
Sí. A partir de 2010 o 2011 empezamos a notar el cambio tecnológico, y hoy en día es mínimo el número de depósitos que recibimos en soporte fotoquímico. Sin embargo, todos los organismos internacionales, como la FIAF, recomiendan que nunca nos deshagamos del fotoquímico, porque en torno al formato digital todavía hay mucha niebla. No sabemos qué pasará con esos archivos dentro de cincuenta años. Sabemos por experiencia que una película en fotoquímico, conservada con la temperatura y humedad adecuadas, se mantiene perfectamente y permite hacer grandes digitalizaciones hoy en día. Puede parecer contraintuitivo y hacernos creer que «si está en digital, ya está a salvo», pero la realidad es que el entorno digital genera mucha incertidumbre.
¿Qué hacemos para prevenirlo? Aplicamos un protocolo estricto: guardamos los archivos digitales en un repositorio aquí, en Tabakalera, y hacemos una copia espejo en otro servidor ubicado en la sede del Gobierno Vasco en Vitoria. Si en el futuro fallara la fuente original y nuestro servidor local, tendríamos ese respaldo. Es el procedimiento estipulado actualmente. Insisto siempre: aunque poseas una copia digital excelente, jamás debes destruir el soporte físico original ni sus negativos. En buenas condiciones, duran muchísimo -tenemos películas desde 1895 que han perdurado-. Por eso en la planta cero custodiamos nuestros archivos fotoquímicos que, aunque modestos por el tamaño de nuestro país, son de un valor incalculable.

Mantener esas condiciones de temperatura y humedad se llevará gran parte de vuestro presupuesto…
Absolutamente. El control climático absorbe una parte tremenda de nuestras cuentas. Además, estamos sometidos a tensiones externas que no dependen de nosotros. La crisis de Ucrania, por ejemplo, supuso un incremento brutal en el gasto eléctrico. No te escondo que es algo que nos preocupa; cualquier subida en los precios de la energía dispara nuestra factura. No es lo mismo pagar 50.000 euros de luz al año que 100.000. Es una cuestión que me mantiene en tensión constantemente, porque nuestra obligación es cuadrar las cuentas a final del ejercicio. Al ser una fundación del sector público presidida por el Gobierno Vasco, no podemos presentar ni grandes beneficios ni pérdidas; se nos exige un equilibrio presupuestario estricto.
El trabajo de un buen (y pequeño) equipo
Esa es otra cuestión. Sois un equipo pequeño, de unas diez personas. Lidiar con toda la burocracia para realizar compras importantes, como hicisteis recientemente con un escáner cinematográfico, o pasar auditorías debe ser complejo.
Lo es, precisamente porque somos pocos. Oficialmente somos diez u once personas en plantilla y carecemos de grandes departamentos de administración o recursos de personal. Aun así, no me puedo quejar. En todos estos años no hemos tenido grandes problemas, hemos cuadrado los números y sacado adelante los proyectos, en gran medida gracias al respaldo del Gobierno Vasco. Por ejemplo, ellos financiaron el escáner que adquirimos para restaurar internamente parte de nuestro patrimonio.
Para trabajos más complejos, como la restauración de Tasio, hemos recurrido a la externalización. Además, contamos con un proyecto anual con EITB para seguir recuperando patrimonio vasco de forma continuada; pronto anunciaremos el título de 2026 y ya tenemos en mente el de 2027. El único inconveniente en nuestro día a día es, efectivamente, el tamaño de la plantilla; en comparación con otras filmotecas cercanas, somos un equipo muy reducido.
Llegas en diciembre de 2010, en plena crisis económica, a una Filmoteca que prácticamente empezaba a crecer hasta el punto de poder trasladaros aquí y empezar a programar.
No partíamos de la nada; hay que reconocer el trabajo previo de quienes estuvieron antes. Pero sí, llegué en un momento de crisis económica tremenda. Venía con muchas ideas, como poner en marcha la programación regular. Logramos hacer tres ciclos, pero tuvimos que parar porque carecíamos de salas propias; estábamos en el edificio Sancho el Sabio y en aquel momento no era una prioridad. Sin embargo, para mí era una obsesión lograr que nos mostráramos al público. Si una filmoteca no programa, su función social se reduce únicamente al ámbito de los investigadores. Pasa lo mismo en París: la Cinemateca Francesa es inmensa para la investigación, pero si no proyectaran películas, gran parte de la ciudad ni se enteraría de que existe. Eso era exactamente lo que nos ocurría a nosotros en nuestra antigua sede.

Pero lograste hacerla crecer en ese contexto tan complicado…
No fue fácil, pero fue un logro de todo el equipo. A veces tengo que medir mi entusiasmo, pero la oportunidad de volver a casa y hacer este trabajo resultaba muy motivadora. Intentamos buscar salas privadas asociadas por todo el país para salir de aquellas cuatro paredes y demostrar que existíamos más allá del pequeño núcleo académico. Hicimos varios ciclos así, hasta que en 2015 decidimos parar para concentrar nuestros esfuerzos en el traslado a Tabakalera.
Esa mudanza a Tabakalera marcó un punto de inflexión clave. El traslado de todos los fondos cinematográficos fue impresionante, un esfuerzo colectivo de toda la plantilla. Además, tuvimos que diseñar desde cero unos espacios que estaban completamente vacíos. Hubo dos grandes hitos en aquel momento: por un lado, romper los muros de la Filmoteca para llegar a la sociedad a través de la programación y, por otro, crear la unidad de archivo y conseguir, por fin, una sala de cine propia.
Venir a Tabakalera nos obligó, en el mejor de los sentidos, a trabajar de manera interconectada. Compartimos edificio y hasta la misma planta con el Zinemaldi, lo que nos permite operar muy unidos. También colaboramos de forma estrecha con Tabakalera, el Instituto Etxepare, Zineuskadi y la Elías Querejeta Zine Eskola. Hemos logrado evitar esas rencillas institucionales que a veces surgen al compartir espacio. Me alegro enormemente de los éxitos de la escuela y del Festival, porque entre todos hemos creado un ecosistema del cine muy positivo en San Sebastián.
Hace poco organizamos aquí un encuentro de filmotecas ibéricas. Al ver cómo funcionábamos, nos confesaron que era apabullante ver a tantas instituciones distintas -un festival, una filmoteca, una escuela de cine- remando juntas en la misma dirección. Es algo inédito en el panorama europeo; ya está dando muy buenos resultados y estoy seguro de que los seguirá dando.
Hemos logrado evitar esas rencillas institucionales que a veces surgen al compartir espacio. Entre todos hemos creado un ecosistema del cine muy positivo en San Sebastián.
Has conseguido llevar las proyecciones de la Filmoteca tanto a Bizkaia y Álava como a Navarra y al País Vasco francés. Me parece que tiene una carga simbólica muy potente. ¿Es de las cosas de las que más orgulloso te sientes?
La verdad es que me encanta que hayamos llegado a cinco ciudades. Lo hacemos en dos modalidades: en Bilbao, Vitoria y Donosti proyectamos en salas públicas (el Museo de Bellas Artes, Artium y Tabakalera, respectivamente); en las otras dos ciudades lo hacemos en salas privadas a las que les gusta nuestra línea y nos piden programar esos ciclos. Estuvimos encantados, sinceramente, de arrancar en Pamplona con Golem y en San Juan de Luz con el Cinéma Le Sélect.
Cuando surgió la propuesta de programar en Pamplona o San Juan de Luz, fruto de los diálogos que manteníamos, nos pareció fantástico. Operamos de una manera un poco diferente a las otras tres capitales, pero estoy muy contento porque estamos llegando al público. Lo noto en la gente que asiste. A veces las sesiones no son multitudinarias, pero cuando voy a presentar proyecciones a Iruña o a Donibane Lohizune y observo la reacción de los espectadores ante una película interesante, comprobando que seguimos transmitiendo cultura cinematográfica sin otro criterio que ese, me resulta muy bonito. Cuando se acercan a darme las gracias, siempre les respondo lo mismo: «Gracias a ustedes por venir, esto es maravilloso».
Variedad de géneros para atraer nuevos públicos
Creo que otro de los aciertos que habéis tenido son ciclos como, sobre todo, Cine y Ciencia, que es el más exitoso, pero también el de Jazz, o el que teníais antes, La favorita de…. Además, programáis películas que a veces no son esas obras «elevadas» que suelen asociarse a las filmotecas, atrayendo a otro tipo de público y dando a conocer la institución. A veces, otras entidades de este estilo mantienen cierta «pureza artística», y vosotros la habéis roto, ¿verdad?
Desde luego, ese ha sido mi objetivo. Recuerdo que me llegó alguna crítica cuando hicimos La favorita de…. En aquel momento, la sala de cine de Tabakalera necesitaba darse a conocer, porque el edificio era nuevo y la Filmoteca nunca había tenido una programación estable. Ese ciclo fue una fórmula para aprovechar la transversalidad de la cinefilia, atraer a la gente para que descubriera el espacio y mezclar públicos.
Sobre el tema de las purezas, vuelvo a lo de antes: «las esencias, para las perfumerías«. Me pregunté a quién podríamos invitar que tuviera tirón y fuera una persona de prestigio, cinéfila. Se me ocurrió Iñaki Gabilondo. Contactamos con él y eligió Matar a un ruiseñor. Tuvimos la sala llena, con Iñaki explicando por qué le gustaba la película con su habitual excelencia, y muchísima gente descubrió el espacio ese día. Hubo quien criticó: «¿Qué hace Iñaki Gabilondo aquí?«, a lo que yo respondía: «Ojalá tuviéramos un Iñaki Gabilondo cada mes para dar a conocer esto«.
Luego vino Pedro Miguel Etxenike. De su visita surgió, en este mismo despacho, la idea de hacer algo sobre cine y ciencia. De ahí nacieron estos nueve años del ciclo Cine y Ciencia, mezclando públicos y culturas. Me parece una vía brillante, especialmente en San Sebastián, por todo lo que se está construyendo en torno a la investigación en esta ciudad. Estoy encantado de trabajar con el DIPC (Donostia International Physics Center); son los mejores socios imaginables. Aprendo de cine con ellos, no solo de ciencia. El año que viene celebraremos el décimo aniversario. Este año hemos tenido cerca de 5.700 espectadores en el ciclo, con medias de casi cien por sesión, lo cual es muchísimo. Por otro lado, con Klasikoak, seguimos difundiendo el cine vasco, que es nuestro ADN.
Es necesario romper los prejuicios en torno a la comedia en los grandes festivales y filmotecas; es uno de los grandes géneros de la historia del cine
Pero incluso dentro del cine vasco vais a programar Pagafantas, que no es la típica película que uno asocia a una filmoteca.
Y eso a mí me gusta. El papel de Borja Cobeaga y Diego San José en la historia del cine vasco me parece importantísimo. Ellos continuaron una línea que introducía la comedia en nuestra cinematografía -algo que ya habían iniciado directores como Javier Aguirre, Ernesto Del Río o incluso Urbizu con Tu novia está loca-, y han sido claves. Hay que reconocerles ese trabajo, y estoy encantado de que vengan a la Filmoteca Vasca. Es necesario romper los prejuicios en torno a la comedia en los grandes festivales y filmotecas; es uno de los grandes géneros de la historia del cine.
Ahora estamos con la retrospectiva de Billy Wilder, que es conocido básicamente por sus comedias. ¿Cuántas obras maestras hay ahí? Resulta ridículo decir que la comedia no tiene prestigio. Ojalá Cobeaga y San José vengan muchas más veces, porque nos enseñaron, desde el cine y la televisión, a reírnos de lo nuestro, algo que me parece revolucionario.
Si eres director o programador, lo mejor que te puede pasar es tener una sala entera riendo. Una de mis grandes satisfacciones fue la retrospectiva de Buster Keaton. Trajimos copias restauradas desde la Cineteca di Bologna, las salas se llenaron, y ver a una señora riéndose a carcajadas junto a su nieta de seis años -con setenta años de diferencia entre ambas- disfrutando de la misma película… Eso es la pureza del cine. No hay cine más puro que el de Buster Keaton. Ojalá lo tuviéramos todos los días.
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Mirando los datos de asistencia, creo que marcasteis vuestro pico en 2019, con menos sesiones que en la actualidad. Luego llegó la pandemia, y he visto que habéis ido subiendo y recuperando cifras, aunque con un mayor número de sesiones.
Sí. Debo tener por aquí los últimos datos, pero creo que en este 2025 vamos con más proyecciones que en 2019 y también vamos a recuperar los datos de espectadores de aquel año.
¿Qué pasó exactamente en 2019?
Pues fíjate, pasó Buster Keaton. En el ciclo de cine vasco tuvimos a Yannick Bellon, una directora que no teníamos en nuestros mapas y que supuso un descubrimiento feliz, primero para mí y luego para el público. Además, Cine y Ciencia ya estaba consolidado. Hubo ciclos que funcionaron muy bien, mucho mejor de lo que esperábamos.
También hay que tener en cuenta que Donosti y Bilbao suelen ser las ciudades que mejor funcionan en cuanto a público, y ahí ya estábamos muy consolidados. En las medias de asistencia, es verdad que a veces Iruña, Gasteiz y Donibane Lohizune bajan un poco por distintos motivos en los que no conviene profundizar ahora, pero en Bilbao y Donosti funcionó muy bien; fue un año excelente. Aun así, llevar a la gente a las salas es dificilísimo. Yo, cada vez que veo una sesión llena o casi llena, siento que es una bendición.
Sí, además, después de la pandemia costó mucho recuperar al público.
Costó muchísimo. Supongo que tuvo que ver con el perfil de nuestros espectadores. Aunque intentamos que sea muy plural, es verdad que estas sesiones suelen tener una media de edad alta. En aquel momento esa gente se retiró un poco, y seguramente con razón. Pero nos estamos recuperando, vamos en buena línea.
Insisto, es una labor muy difícil. Yo siempre digo lo mismo: las filmotecas tenemos que seguir siendo ese reducto de conservación de la experiencia de ver el cine en el cine. Igual irán cayendo otras cosas, pero nosotros no podemos dejar de ser eso. El cine es esto: una sala grande, una pantalla grande, a oscuras, rodeado de desconocidos que van a compartir sensaciones parecidas a las tuyas, sin mando a distancia, sin móvil y en versión original. Esa ha sido la historia del cine y tenemos que protegerlo, porque es maravilloso. Cuando entro a la sala de Tabakalera o a cualquier cine -ayer mismo fui a ver la peli de Almodóvar-, aunque haya entrado miles de veces, me sigue gustando esa liturgia. Lo disfruto mucho más que en mi casa, aunque obviamente también veo muchas películas allí. Esa experiencia tenemos que seguir transmitiéndola. Buster Keaton no pensó El maquinista de la General para que la viéramos en el móvil; la pensó para verla en el cine, a oscuras, a ser posible con un pianista en directo, y riéndonos todos a la vez.
¿Crees que los cineastas actuales siguen pensando en esa experiencia cuando hacen películas?
Yo creo que muchos sí. Son muy conscientes del legado que han recogido y les emociona la idea de que su obra se vea en una sala de verdad. Otros seguramente no, porque si el proyecto te lo encarga una plataforma que te avisa de que no habrá estreno en cines, evidentemente tu punto de vista cambia. Pero las filmotecas seremos como los últimos bastiones, y creo que debemos serlo. Forma parte de nuestra misión de transmitir la cultura cinematográfica. Y eso no quiere decir que no veamos películas en casa.
De hecho, nos hemos criado como cinéfilos viendo películas en casa
¡Cómo no!. La primera película de la que tengo memoria, riéndome como loco junto a mi amona en casa de mis abuelos, es La fiera de mi niña de Howard Hawks, que precisamente programamos en Cine y Ciencia hace poco. Yo tendría unos cuatro años y ella sesenta y tantos más, y los dos nos moríamos de la risa viéndola en la televisión.
Pero luego, con el tiempo, comprendes que es mejor verlas en el cine y con las voces originales de Katherine Hepburn y Cary Grant. Es otra experiencia, de eso no cabe duda. Es como el Zinemaldia, no es solo ver películas. Es verlas con otra gente, comentarlas a la salidas, tomarte un café y charlar de la película, los encuentros…

Las relaciones con otras instituciones
Sí, eso es algo que me gusta mucho. Los coloquios improvisados a la salida del cine. Lo pensaba el otro día en un pase de Kresala, ocurrió algo que suele pasar mucho en el cineclub. Al coloquio le costó arrancar, pero al terminar, mucha gente se acercó a los ponentes para comentar la película y se quedaron un rato hablando en la puerta Me parece un momento muy bonito. y eso me sirve para enlazar con la siguiente pregunta. En el País Vasco, y en San Sebastián en concreto, hay un tejido muy rico de salas privadas, iniciativas ciudadanas como, cineclubs. programadores independientes o pequeños medios, como este, que dedican mucho tiempo al cine. ¿Tenéis contacto con ellos?
Sí, con Kresala hemos tenido contacto y admiro muchísimo el trabajo que llevan haciendo durante tanto tiempo. Hace poco me pidieron que les entregara un premio en el Teatro Principal y acudí muy gustoso.
¿Qué sucede ahora? El hecho de haber multiplicado nuestras salas y programar a veces hasta en cinco ciudades simultáneas nos obliga a mantener ciertas simetrías. No podemos permitirnos organizar algo muy específico en Donosti que luego no repliquemos en Bilbao, Vitoria u otras capitales. Al principio, cuando programábamos solo aquí, podíamos permitirnos esas colaboraciones más puntuales. Ahora medimos mucho más esos esfuerzos para evitar asimetrías institucionales.
Nos cuesta, porque la simetría exacta no es fácil. En un ciclo de cine vasco es imposible que las mismas personas presenten la misma película en las cinco capitales durante la misma semana, por puras cuestiones de disponibilidad. Es un problema que otras filmotecas no tienen; la Cinemateca Francesa programa en París y punto. Nosotros debemos equilibrar la oferta territorial y dejar claro que somos la Filmoteca Vasca operando en todos esos lugares, no una filmoteca exclusiva de Donosti o de Bilbao.
La Filmoteca Vasca es una institución eminentemente feminista, que para mí es exactamente lo mismo que ser demócrata
En 2018 tuvisteis una polémica por la programación en la que entonaste el mea culpa por la ausencia de mujeres directoras. ¿Qué has aprendido de aquello? Porque me consta el empeño evidente en que estén representadas, algo que, por otro lado, creo que ya existía antes de 2018, a pesar de ese error en un momento muy concreto.
Sí, mira. Lo que sucedió es que en aquel momento no teníamos establecidos los cuatro ciclos estructurales con los que funcionamos a día de hoy. Hubo un mes en el que, para celebrar un aniversario de la Filmoteca, decidimos improvisar tres o cuatro programaciones vinculadas a la fecha. Y ahí nos descuidamos.
Por un lado, pedimos a un comité independiente que eligiera los seis mejores cortos de Kimuak, y el resultado fue que no salió ninguna directora. Por otro lado, como director de la Filmoteca, tenía que elegir una película para proyectar y escogí Amalur de Nestor Barrenetxea. De repente, se configuró una programación sin mujeres. Seguramente aquello fue un error, y desde luego hubo gente que lo leyó así.
Pero espero que haya quedado claro que la Filmoteca Vasca es una institución eminentemente feminista, que para mí es exactamente lo mismo que ser demócrata. Curiosamente, aquel mismo año habíamos organizado un ciclo completo de Helena Taberna, una retrospectiva de Agnès Varda con Nosfertatu, y en el Zinemaldi habíamos colaborado en la retrospectiva de la directora británica Muriel Box. Hubo muchísima programación dedicada a mujeres.
Llevamos cinco años organizando el ciclo de Cineastas Vascas y creo que ya hemos programado a unas 56 directoras de largometrajes. Vamos a seguir por ese camino, subrayando el talento femenino, porque la historia del cine vasco no ha sido nada igualitaria, de la misma forma que no lo ha sido casi ninguna otra cinematografía en el mundo. Queda mucho por hacer, pero nuestra industria ha evolucionado muy rápidamente en este aspecto. Hoy en día, la llegada de tantas mujeres a la dirección no es una cuestión de azar, y además están firmando trabajos reconocidos internacionalmente. Son muy buenas noticias, pese a todo el trabajo que aún queda por delante.
Para 2028, coincidiendo con vuestro aniversario, vais a acoger el Encuentro Internacional de Filmotecas. Va a ser un hito muy importante. ¿Qué supone esto para la institución?
Cuando empezamos a ser conscientes de que en 2028 la Filmoteca cumplirá 50 años, nos dimos cuenta de que es una cifra muy seria. No hay muchas instituciones vascas que alcancen ese medio siglo; ETB no existía en el 78, la Orquesta de Euskadi tampoco, y creo que la Universidad del País Vasco (UPV/EHU) tampoco había nacido entonces. Fueron unos inicios un tanto dificultosos y modestos, pero son cincuenta años de historia.
Empezamos a plantearnos cuál sería la mejor manera de celebrarlo y pensamos que acoger una reunión de la FIAF (Federación Internacional de Archivos Fílmicos) sería la opción ideal. En 2022 dimos un paso clave al ingresar ya no como miembros asociados, sino como miembros de pleno derecho. Ahora estamos a la misma altura que las principales cinematecas del mundo. Estos congresos reúnen a representantes de archivos fílmicos de todo el planeta durante una semana en una sede anfitriona, que aprovecha el escaparate para poner en valor su propia cinematografía. Pensamos que era la vía perfecta para celebrar el aniversario y, al mismo tiempo, proyectar el cine vasco, que es nuestra razón de ser.
Lo hablamos con la gente de la FIAF. Recibimos a una delegación, les enseñamos nuestras instalaciones y le dimos forma. Por supuesto, lo acordamos previamente con el Gobierno Vasco; sin su compromiso de financiación, un proyecto de esta envergadura se cae. Lo defendí en el Patronato y se decidió que presentaría nuestra candidatura en Montreal, ante la Cinemateca de Quebec, que era la encargada de organizar el congreso del año pasado. Planteamos la propuesta y a la FIAF le gustó. Ya conocían nuestro ecosistema, sabían que trabajamos en conexión con otras entidades y vieron el respaldo claro por parte de las instituciones.

¿Se sometió a votación?
Sí, y lo cierto es que nos fue muy bien. Nunca sabes qué puede pasar en estas votaciones, pero funcionó. También teníamos una excelente relación con la Cinemateca de Quebec, con quienes ya habíamos colaborado.
Salimos elegidos y creo que tenemos grandes bazas para que el evento sea un éxito, pese a nuestra modestia institucional. El entorno en el que trabajamos, la voluntad política y el interesantísimo momento que vive nuestra industria empujan a nuestro favor. Como te decía antes, el cine vasco atraviesa un momento excelente y la Filmoteca debe ser un agente a su servicio. A nivel institucional estamos en un punto dulce. Hay mucho talento, atrevimiento y valentía en la producción, y las entidades tenemos claro que hay que remar en la misma dirección. Somos un país pequeñísimo para la industria del cine; si hubiera divisiones o fracturas, sería un desastre.
Desde la FIAF me lo dejaron muy claro: no conocen una sola filmoteca que se haya arrepentido de organizar este congreso. Es una responsabilidad enorme, y da cierto vértigo preparar un evento para 400 o 500 expertos de todo el mundo sin tener nosotros experiencia previa en actos de este volumen. Este año hemos hecho un pequeño ensayo al acoger el Encuentro de Filmotecas Ibéricas. Ahora preparamos el informe de avance que expondremos en Rabat —donde se celebra el congreso este año—, y en 2027 tomaremos el relevo en Berlín. Todo este proceso nos ha generado una red de trabajo muy intensa con las cinematecas de Alemania, Hungría, Francia, Toulouse o Bolonia. Esto nos ha otorgado muchísima visibilidad internacional, dándonos una fuerza que pondremos directamente al servicio de nuestro cine.
Que no es poco.
Desde luego. Estoy muy ilusionado. Nunca sabes la repercusión exacta que acabará teniendo, pero para nosotros es un salto importantísimo. Ha sido vital contar con el apoyo del Gobierno Vasco y de todo el ecosistema audiovisual, como el Zinemaldi, Tabakalera o la Elías Querejeta Zine Eskola. Esa unidad fue lo que nos granjeó la confianza de los colegas que nos votaron. Ahora nos quedan por delante dos años y pico de trabajo muy intenso.
La importancia del entusiasmo
Haciendo balance, ¿qué queda del Joxean de 2010? ¿Qué te has dejado por el camino y qué sorpresas te has encontrado? ¿Cómo te ves a ti mismo desde tus inicios en la dirección?
Sinceramente, no hago muchos análisis en lo personal. Creo que importa poco cómo se vea uno mismo; importa mucho más cómo te perciban los demás. Y, sobre todo, está el aspecto colectivo: de nada serviría lo que yo pensara o me propusiera si no tuviera un gran equipo detrás. Un equipo que tira del carro, que saca adelante los proyectos y que asume una carga de trabajo enorme, a veces con dudas lógicas y cautelas.
Por ejemplo, cuando confirmamos lo del Congreso de la FIAF, llegué a pensar: «¡Vaya lío en el que nos hemos metido!«. A veces tengo que moderar mi propio entusiasmo, pero soy muy consciente de la suerte inmensa que tengo. Trabajar en el cine, si es tu pasión, es una bendición.
Siempre he sido muy afortunado con mis empleos. Disfruté muchísimo en mi etapa universitaria; la transmisión de conocimiento a través de la docencia es algo maravilloso que, hasta cierto punto, sigo echando de menos. Aunque me quito la espinita: este mismo martes voy a la Universidad Carlos III a dar cuatro horas de clase, y en la EQZE imparto unas dieciséis horas anuales sobre historia del cine vasco. Al final, desde la Filmoteca también nos dedicamos a transmitir cultura a la sociedad. Por eso te digo que a veces me tengo que frenar un poco, porque el entusiasmo me puede. Una compañera de Filmoteca ya me suele decir “Joxean, lasai, lasai«
Pero es imprescindible tener ese entusiasmo para sacar adelante estos proyectos. Por ejemplo, un ejemplo cercano es el de Rebordinos.Transmite que disfruta genuinamente de lo que te gusta… Es muy difícil transmitir algo al público si no demuestras pasión.
Totalmente de acuerdo, José Luis es un referente en eso. Creo que uno de los aspectos que marca su dirección al frente del Zinemaldi es su capacidad para contagiar ganas, y hacerlo siempre desde una generosidad que es fundamental. Es un gran amigo y no nos vamos a detener a hablar de él ahora, pero esa actitud es vital. Ha sabido trasladar su energía a la propia institución. Es importantísimo cómo se percibe a la dirección, porque eso termina reflejándose de forma positiva en todo el equipo y en la entidad.
Eso es lo que nosotros, desde fuera, percibimos que ocurre también con la Filmoteca Vasca.
Ojalá sea así. Es muy bonito escuchar eso.