6.5

Reseña de Nagi Notes, de Kōji Fukada

Kōji Fukada ya había sido premiado en Cannes por Harmonium, en Un Certain Regard, y ahora llega por primera vez a la Competición oficial con Nagi Notes, una película escrita y dirigida por él, protagonizada por Takako Matsu, Shizuka Ishibashi y Kenichi Matsuyama. Este salto a la lucha por la Palma de Oro llega con una obra de respiración lenta y sutil en un ambiente rural, Una pelicula que podría ser tildada de menor o, quizá, menos ambiciosa.

La historia se sitúa en Nagi, una pequeña localidad rural de Okayama, al oeste de Japón. Allí vive Yoriko, escultora, vinculada también a una granja, una mujer solitaria que trabaja la madera y arrastra pérdidas que la película nunca convierte en explicación cerrada. A su casa llega Yuri, arquitecta divorciada y antigua cuñada de Yoriko, para pasar unos días y posar para una escultura. El reencuentro entre ambas abre una relación llena de silencios, recuerdos, frases que parecen quedarse a medio camino y una ambigüedad sentimental que Fukada despliega con una prudencia tan prudente que a veces resulta desesperante. No es solo una película sobre dos mujeres que se reencuentran y descubren algo de sí mismas. Es una pequeña red de deseos no formulados, duelos aplazados, afectos desplazados y vínculos que ya no encajan del todo en las categorías familiares o sociales.

Ahí vuelve a aparecer uno de los temas recurrentes del cine de Fukada: qué ocurre con la familia cuando alguien altera las convenciones que la sostienen. En Harmonium, la entrada de un extraño desestabilizaba una estructura doméstica aparentemente ordenada. En Love Life, el dolor y la culpa hacían estallar las formas de convivencia. En Nagi Notes no hay una violencia tan visible, ni un mecanismo dramático tan afilado, pero la pregunta sigue siendo parecida: ¿qué queda de la familia cuando los vínculos reales ya no coinciden con los legales? Yuri y Yoriko fueron cuñadas. Ya no lo son. Formalmente, ese lazo ha desaparecido. Pero algo permanece. ¿Amistad? ¿Familia residual? ¿Amor no dicho? ¿Dependencia afectiva? ¿Una vida posible que no llegó a serlo? Fukada instala la película en esa zona intermedia donde las palabras sirven más para evitar nombrar las cosas que para definirlas.

También está, de nuevo, la idea de una persona que no sigue el papel que la sociedad le ha asignado. Mujeres que no terminan de ocupar el lugar previsto, adolescentes que descubren deseos que no saben nombrar, adultos que han perdido la seguridad de las formas heredadas. La película observa cómo se agrieta una comunidad cuando las personas empiezan a vivir en los márgenes de lo que se esperaba de ellas. No hay grandes declaraciones, ni discursos subrayados, ni escenas diseñadas para que el espectador diga “ah, de esto iba la película”. Fukada prefiere que todo aparezca oblicuamente, como esos deseos que no se piden porque, seguramente, hacerlo sería certificar que son imposibles.

Formalmente, Nagi Notes es una película de baja intensidad aparente. Fukada organiza el relato por días, con marcas de calendario, paseos, conversaciones suspendidas, sesiones de posado y pequeños desplazamientos afectivos. Todo parece avanzar a paso de paseo, con una puesta en escena transparente, pudorosa, sin grandes alardes. Es fácil pensar en Ozu, en Rohmer, en Kore-eda o en Hamaguchi. No porque Fukada se dedique a imitarlos, sino porque la película habita esa zona donde lo importante sucede fuera del centro dramático: una conversación sobre arte, una pose mantenida unos segundos más de la cuenta, una pregunta incómoda de un adolescente, una visita a un museo, el sonido lejano de unos disparos.

Ese sonido de los disparos es importante. En Nagi hay una base militar y, de fondo, se oyen prácticas de tiro, avisos de maniobras, ecos de una violencia que la película nunca coloca en primer plano pero tampoco permite olvidar. Es una idea muy potente: mientras Yoriko trabaja la madera, mientras Yuri piensa los espacios, mientras los personajes intentan encontrar una forma para sus afectos, la guerra -o su posibilidad- sigue ahí, como un ruido de fondo que la comunidad ha aprendido a normalizar. La belleza y el arte, entonces, no aparecen como escapatoria decorativa, sino como una forma de registrar lo que se deshace. O de resistir, aunque sea de una manera frágil y quizá insuficiente.

El arte ocupa un lugar fundamental en la película. Yoriko es escultora; Yuri, arquitecta. Una trabaja con cuerpos y materiales; la otra, con espacios. Las dos, de alguna manera, intentan dar forma al vacío. La escultura funciona como intento de retener algo que se escapa: un cuerpo, una presencia, un deseo, un recuerdo. La arquitectura, como una manera de ordenar el mundo, de hacerlo habitable. Pero Nagi Notes parece preguntarse si todavía es posible construir algo estable cuando las vidas ya no se sostienen sobre estructuras firmes. El arte no salva, claro. Si el arte salvara de verdad, el mundo sería bastante menos imbécil. Pero al menos permite mirar de otra manera lo que no sabemos resolver.

La película parte de Tokyo Notes, la obra teatral de Oriza Hirata, figura clave del llamado teatro coloquial. En la pieza original, los personajes hablan de asuntos cotidianos mientras una crisis internacional queda en segundo plano. Fukada traslada ese dispositivo a un Japón rural donde la amenaza exterior se filtra a través de la militarización, la guerra lejana y el desgaste económico y afectivo de la comunidad. Es una operación interesante porque desplaza el drama íntimo hacia algo más amplio sin convertir la película en una tesis. Nagi no es un refugio idílico ni una postal rural para turistas con necesidad de reencontrarse a sí mismos. Es un lugar hermoso, sí, pero también erosionado. Un sitio donde la vida sigue, aunque quizá ya no se sepa muy bien hacia dónde.

La línea adolescente replica el movimiento principal de la película. Dos chicos descubren un deseo que tampoco saben nombrar, y Fukada lo filma con la misma discreción con la que observa a Yuri y Yoriko. Aparece incluso el motivo de la cámara oscura, esa imagen invertida que funciona como metáfora bastante clara -quizá demasiado clara, pero se le perdona- de unos sentimientos que el mundo devuelve del revés. Lo que debería ser natural aparece torcido porque la sociedad insiste en colocar los cuerpos, los afectos y las identidades en moldes que casi nunca se ajustan a lo que realmente somos.

Todo esto me interesa mucho más en la cabeza que en el estómago. Nagi Notes plantea cosas sugerentes, está llena de detalles delicados y tiene una serenidad admirable, pero también es una película demasiado fría para que termine de agarrarme del todo. Su cocción es tan lenta que, durante buena parte del metraje, uno puede sentir que está más respetando la película que viviendo dentro de ella. Quizá sea un problema mío, de una mirada demasiado occidental para ciertos códigos orientales. O quizá no. Quizá, sencillamente, a veces la sutileza se acerca peligrosamente a la anemia dramática. Hay una línea muy fina entre confiar en el silencio y dejar que la película se quede demasiado muda.

Las escenas finales, sin embargo, sí logran que algo se mueva. Es ahí donde todo lo que Fukada ha ido depositando con tanta calma empieza a pesar de otra manera. No porque la película cambie de registro ni porque de repente busque la emoción fácil, sino porque los silencios anteriores empiezan a encontrar sentido. Esa es la parte más hermosa de Nagi Notes: la sensación de que puede ganar peso con los días. Que quizá no termine cuando se encienden las luces, sino cuando uno empieza a recordar un gesto, una frase incompleta, una pose, una mirada que en el momento parecía poca cosa.Nagi Notes es una película de superficie calmada y pasiones oblicuas, donde el verdadero asunto no es solo quién ama a quién, sino qué puede hacer una comunidad —y una persona— cuando todo lo que daba forma a su vida empieza a deshacerse sin hacer ruido. A mí me ha dejado a media distancia, admirando más su delicadeza que sintiéndola. Pero hay películas que no entran de golpe, sino que se quedan rondando. Esta puede ser una de ellas. Quizá Fukada no haya hecho aquí una de esas obras que te atraviesan en el momento, pero sí una película que deja astillas. Y las astillas, ya se sabe, a veces molestan más al día siguiente.

Nagi Notes

Media Flipesci:
6.8
Título original:
Director:
Koji Fukada
Actores:
Takako Matsu, Shizuka Ishibashi, Kenichi Matsuyama, Kawaguchi Waku, Kiyora Fujiwara