6.5

Algo se ha perdido. Esa sensación le deja a uno el segundo largo de Koldo Almandoz. Algo que era muy nuestro. Algo que funcionaba. Algo se ha perdido y los primeros culpables somos nosotros, que no hemos sido capaces de entendernos ni siquiera entre hermanos.

Oreina es una historia muy vasca. Se compra en Elkar y en el Eroski, se viaja en Euskotren, hay ruinas de barcos y los furtivos pescan angulas. Los protagonistas son dos hermanos que viven en un viejo caserío que parece dividido. Juntos, pero separados. Enfrentados. Uno es cosmopolita, sofisticado, culto, con estudios, hablador; el otro sale a pescar, ha tenido una vida castigada, habla poco y se mueve cómodo con pantalones de pescar. Podemos pensar en una representación de las contradicciones de un pueblo pequeño separado, por poco, entre lo rural y la ciudad; entre la sofisticación y la tradición. Lidiando por conjugarlas. No consiguiéndolo siempre.

El progreso les pilla desprevenidos a estos dos hermanos. Los problemas laborales vienen de dos mejoras de la sociedad: la intolerancia al acoso y la protección ecológica. Pero más allá del valor positivo de estos cambios, lo cierto es que nuestros protagonistas no pueden trabajar. “Si sabes trabajar con las manos siempre sales adelante” decía su madre, pero eso ya no es una verdad en nuestros días. Los restos ruinosos de los barcos nos recuerdan que aquellos tiempos no son los nuestros. Los hermanos, enfrentados y sin hablarse, aún quieren mantener algo de sus raíces, de su esencia. Ese ciervo que da título a la película y que los japoneses simplemente quieren comprar. El peligro no viene del inmigrante, viene del libre mercado global, ese que te compra mientras escucha Itoiz, tu música.

Aunque la película habla de muchas cosas, directa o indirectamente, es una historia de pocas palabras. La primera frase tarda bastante en aparecer. La historia se cierra con pocas explicaciones y sin concesiones dramáticas. Todo esto hace que la reflexión del espectador vaya más allá de lo abiertamente planteado por el cineasta. Las piezas están ahí, las referencias, las metáforas, la abstracción de conceptos sobre personajes; y con esas piezas el espectador puede ir más allá y jugar su propia partida. Mientras tanto, esa historia más bien callada da para algunos momentos estéticos estupendos.

Prácticamente todas las imágenes de navegación del Oria, que no son pocas, tienen un lirismo especial. Apoyados por la evocadora banda sonora de Elena Setién e Ignacio Bilbao (más conocido como Rumano Power e integrante de Grande Days). Una inmersión en parajes casi exóticos que podrían estar inmersos en un bosque recóndito si no fuera porque el tren aparece repentinamente al fondo, creando un contraste en el que toda la película está inmersa. Toda este esteticismo poético, también apoyado por las ruinas y el fango de la tradición, conecta con el anterior largo de Alamandoz, Sipo Phantasma, que de forma más experimental, también nos dejaba muchos planos evocadores. Esta película, por cierto, aparece como autoreferencia explícita pues se está viendo en un cine -en el Trueba- donde por lo que vemos en los carteles, también proyectan Plagan, del mismo director.

En el cine de Almandoz, y en esta película en concreto, veo un reflejo del cine contemplativo del sudeste asiático y China. La moto al viento, el calor de la noche, la naturaleza. Si en aquellas reflejan con detalle las particularidades de su cultura, Almandoz hace lo propio con la el entorno vasco. Su naturaleza, su lluvia, sus ríos, sus casas. Es una película muy de sensaciones y costumbres. Aunque también tiene su toque europeo, en la manera de afrontar los personajes, la inmigración, la crítica social.

Oreina

Media Flipesci:
5.8
Título original:
Director:
Koldo Almandoz
Actores:
Laulad Ahmed Saleh, Patxi Bisquert, Ramón Agirre, Iraia Elias, Erika Olaizola
Fecha de estreno:
28/09/2018