Hay algo en Jóvenes ocultos que salta a la vista. Parece que hay dos películas diferentes que conviven a duras penas, yuxtapuestas, sin complementarse, sin dialogar. Un película habla de la rebeldía juvenil, de la necesidad de formar parte de la tribu, de la atracción sexual. Habla metafóricamente, a través del vampirismo, de las drogas y la delincuencia, de cómo los jóvenes menosprecian la muerte. Es una historia sexy, rockera, cool, misteriosa, generacional. La otra película es una aventura infantil ochentera, los Goonies contra los vampiros. No parecen tener mucho en común y la parte infantil termina desdibujando a la otra película. Hay una explicación para esta bipolaridad en la manera en la que se gestó el proyecto. ¿Qué fue antes? ¿La historia de los jóvenes rebeldes o la de los niños contra los vampiros? ¿El título original, The Lost Boys, debería traducirse como “Los niños perdidos” o “Los chicos perdidos”?

Los niños perdidos

Inicialmente, Richard Donner, que venía del exitazo de Los Goonies, iba a dirigir la película, aunque finalmente optó por Arma Letal y aquí quedó solo como productor ejecutivo, cediendo el puesto de dirección a Joel Schumacher, a quien la mujer de Donner acababa de producir en la exitosa St. Elmo’s Fire. La primera versión del guión la escribieron Jan Fischer y James Jeremias. La idea inicial era que los personajes vampiros tuvieran 13 o 14 años. Ese es el guión que vendieron a Warner. Lo explica así Jeremias:

Había leído «Entrevista con el vampiro» de Anne Rice y me inspiró Claudia, atrapada en el cuerpo de una niña de doce años para toda la eternidad. Me hizo pensar en Peter Pan de J.M. Barrie, de donde surgió nuestro título. ¿Y si la razón por la que salía de noche, podía volar y no crecía era porque era un vampiro? Tomamos un personaje ficticio y lo vimos desde una nueva perspectiva. ¿Y si no todo era bondad y había malas intenciones?

The Guardian

Así que el título, The lost boys, hace referencia a lo que en castellano conocemos como los niños perdidos, que son la banda de Peter Pan. Esto explica perfectamente esa guarida común de los vampiros que tiene un estilo de lugar de juegos de los niños perdidos.

Por tanto, toda la historia de aventuras infantiles, era en realidad el planteamiento inicial de los guionistas, donde no había moteros ni romances. No había resacas ni conciertos sudorosos. Ahí es donde encaja los hermanos Frog, cazavampiros. En ese sentido de Peter Pan vampírico funcionan los miedos nocturnos del hermano pequeño que deja volar su imaginación leyendo, no sobre piratas sino sobre vampiros. Y, por supuesto, ahí encaja el juego imaginativo en el que relacionan al pretendiente de su madre con un vampiro jefe, como si fuera el mismísimo capitán garfio.

Personalmente, es la parte que menos me interesa de la película, y por lo visto, a su director también. Sobre el guión original, Schumacher comentaba, ya a sus 80 años, en una entrevista en 2019  lo siguiente: «Era muy al estilo ‘Los Goonies se vuelven vampiros’. Primero pensó en rechazarlo pero después se le ocurrió cambiar la historia a vampiros más mayores, moteros, y darle otro estilo. Contrataron a otro guionista, Jeffrey Boam, que venía de escribir La zona muerta para Cronenberg, y le pidieron otra versión con los chicos más mayores. Donner también había planteado que los vampiros fueran más mayores porque no le terminaba de convencer la idea original. Lo contaba así Jermeias, uno de los dos guionistas:

Habíamos diseñado la película para que fuera una aventura de chicos, ambientada en una época anterior al sexo. Pero eso no era lo que quería el estudio. Donner quería que los chicos tuvieran edad suficiente para conducir. Se refería a que tuvieran edad suficiente para tener sexo. También quería que Star —a quien habíamos escrito como chico— cambiara de sexo y fuera el interés romántico. Estaba convirtiendo nuestra historia en una película de vampiros adolescentes. Una vez que vendimos el guion, se nos fue de las manos.

The Guardian

Los chicos perdidos

Así cambió completamente la película, y se nota mucho dónde está el interés de Schumacher y pone todo su talento, y cuáles son las partes reminiscentes del guión inicial que parecen interesarle menos. Hasta tal punto es así que parece que el añadido fuera la parte de los niños y no al revés. Hay una película de jóvenes delincuentes que tiene imágenes con mucha energía, pero que termina arruinándose un poco con un desarrollo de niños que ponen trampas a vampiros. Una especie de secuela de Los Goonies con la premisa de “mi hermano mayor es un vampiro”.

Ahora el concepto de “lost boys” es diferente y se puede entender como unos jóvenes perdidos, en el sentido de descarriados. Rebeldes sin causa que como el personaje de James Dean se retan peligrosamente conduciendo hasta el borde del precipicio porque no tienen miedo a la muerte. Tener una edad complicada en la que te puedes buscar malas compañías que te llevan a las drogas y a la delincuencia, admirado por el carisma del líder, todo entendido a través de la metáfora vampírica.

Pero por muy vampiros que sean, en realidad, la escena del puente funciona en el mismo sentido emocional que la de Historias del Kronen. La falsa sensación de la inmortalidad que lleva a un joven a jugar con las drogas y la posterior adicción y efectos nocivos que encajan totalmente con el vampirismo. Esto, obviamente, en la historia de los amiguetes de Peter Pan no estaba. Esta visión se situaría perfectamente entre dos películas de Kathryn Bigelow, Los viajeros de la noche, justo del mismo año que Jóvenes ocultos, que también habla de drogas y delincuencia de jóvenes perdidos a través de la metáfora del vampirismo; y Le llaman Bodhi, posterior, donde está más desarrollado el universo tribal, la iniciación, el liderazgo y la rebeldía. De hecho, es fácil hacer un símil con los triángulo de personajes y pensar que si se hubiera seguido por ahí habrían acabado en desarrollos emocionales similares.

Este caldo de cultivo de delincuencia está muy retratado por Schumacher en esa ciudad de ocio llamada ficticiamente Santa Carla. Está ambientada en Santa Cruz que fue la capital del homicidio. El director transmite esa sensación de peligro con la aglomeración constante de personas que parecen estar de ocio turístico. Con tribus urbanas de aspecto amenazador y pinta agresiva que recuerda a los barrios bajos de los cómics de Frank Miller, muy al estilo de la fantasía y ciencia ficción de la época, con universos como los de Robocop o Rescate en Nueva York que evocaban el problema de delincuencia de algunas ciudades de USA. Un peligro siempre sexy, caluroso, físico. Como el concierto de Tim Cappello, de aspecto de gladiador americano follándote con su saxo.

Y por supuesto el carisma atractivo de Kiefer Sutherland, con su atrevido corte de pelo rebelde -tan rebelde que el actor lo hizo a espaldas del director- en rubio platino, que produce tanta atracción en el personaje de Jason Patrick como la guapísima Jami Gertz.

Desgraciadamente, este triángulo de seducción y atracción no está suficientemente desarrollado ni siquiera en un segundo plano porque pronto toma las riendas el guión de los niños, una historia que no interesa al director. Todo el fuego vampírico soterrado se pierde en pos de unos críos disparando agua bendita con sus pistolas de juguete. En todo caso, antes de que la historia original emerja para aplastar la personalidad más interesante de la película, Schumacher tiene tiempo para construir unas ideas audiovisuales brillantes. La secuencia de las motos hacia el precipicio, tan inmersas en la niebla que parece casi una imagen abstracta de los vampiros volando por el cielo.

Todos los ataques iniciales, en el que vemos el punto de vista de dios -o del vampiro, que es lo mismo- y los rostros aterrados en ese plano cenital, con los techos de los coches reventando hacia el cielo.

La niebla debajo del puente que convierte una decisión iniciática psicológica en un viaje físico hacia el otro mundo. Sugiere la idea romántica del suicidio adolescente.

Y por supuesto todo el vestuario, las motos, la peluquería y las toneladas de chulería rockera. Una banda sonora guapísima que cuenta con esa evocadora Cry Little Sister compuesta por Gerard McMahon expresamente para la película, con un toque de rock gótico que encaja como un guante a la verdadera alma de la película. La que se queda en la memoria, la que consiguió imprimirle Schumacher aunque finalmente se vaya perdiendo porque no rompieron del todo con la idea original. Pero las películas de culto muchas veces son así, terriblemente imperfectas.