Reseña de Amarga navidad, de Pedro Almodóvar
El aislamiento del autor: La vida a través del guion
Viene Pedro Almodóvar contando en sus entrevistas que, desde la pandemia, socializa menos, ha reducido su vida social al mínimo y se ha encerrado en su trabajo, consciente de que no sabe cuánto tiempo le queda para seguir escribiendo. Ahora que ya no sale a nutrirse de las calles ni de las anécdotas ajenas en bares o fiestas, la escritura se ha convertido en su cordón umbilical con el mundo. Escribir guiones o relatos es su manera de seguir explorando la vida que su cuerpo y su rutina actual ya no le permiten experimentar en primera persona. Cuando hace unos días, en la promoción de Amarga Navidad, apareció en La revuelta, el programa de Broncano, alejado de las preguntas habituales que se hacen en las campañas de promoción, volvió a decir todas estas cosas pero, además, pudimos comprobar lo aislado que vive de cualquier cosa que no sea trabajar en sus relatos. Habló de asistentes que se encargan desde las relaciones con la prensa hasta de gestionarle las citas más mundanas, de que apenas usa el móvil -para eso están los asistentes-, dijo que el coche que tiene es “en el que me llevan” y que su hermano es quien le lleva las cuentas y, por lo que se vio en el programa, también la memoria. Uno duda de si sabría decir la dirección de su casa si tuviera que coger un taxi él solo.

Mientras veía esa “entrevista” (no sé si lo que hace Broncano puede llamarse así) no pude evitar pensar que eso me parecía un hándicap para escribir. Vivir aislado, en tu mundo, supone perder el pulso de la calle, del día a día, de lo que piensa y siente la gente que se gestiona ella misma las citas del dentista y sabe, por la cuenta que le trae, cuántos euros tiene en la cuenta del banco. Por otro lado, me contraargumenté, me fascina el cine de Sofia Coppola, que nació en una cuna de oro y su mundo está en las antípodas del mío. También pensé que muchos nos seguimos emocionando con novelas escritas hace siglos o películas rodadas en lejanos continentes. Al final se trata de encontrar una verdad que resuene en diferentes universos y situaciones.
De la España cañí al diseño elitista
El cine de Almodóvar ha ido evolucionando desde sus orígenes hace más de cuatro décadas y una veintena larga de largometrajes. La locura y el estilo kitsch de los comienzos dio paso a unos melodramas estilizados y pasionales para, poco a poco, llegar a una hiperestilización y una temática muy introspectiva y mucho más reflexiva. Su puesta en escena, que nunca ha tratado de ser realista o huir del artificio, ha ido sofisticándose y, si al principio tenía ecos de la España más cañí -ese taxi de Mujeres al borde de un ataque de nervios-, ha ido deslizándose a referencias cada vez más elevadas y, por qué no decirlo, pijas. Por eso, aunque insisto en que soy consciente de que Almodóvar no trata de ser realista, que en sus películas salgan camareras vistiendo de Miu Miu o prostitutas de calle viviendo en preciosos pisos con electrodomésticos de diseño en el centro de Barcelona a mí. muchas veces. me ha sacado de sus historias.

Nada de esto ocurre en Amarga Navidad porque la película transcurre en un entorno donde esas cosas son posibles. Donde hay carísimos libros de diseño en las estanterías, obras de arte colgadas en las paredes, ropa de diseño desde que te despiertas hasta que te acuestas, electrodomésticos que pueden estar en una cocina o expuestos en el MoMA y fiestas con estrellas del espectáculo. Porque la película transcurre en el mundo de Almodóvar, no en el mundo que ha creado en la ficción, sino en el que él vive.
Una matrioska de metacine: Pedro y Raúl. Raúl y Elsa
Me explico: Amarga Navidad funciona en dos planos narrativos. Por un lado, tenemos a Elsa (Bárbara Lennie), una directora de cine que, tras rodar dos películas de culto, se refugia en una lucrativa carrera en la publicidad. Por otro, tenemos a Raúl Durán (Leonardo Sbaraglia), un afamado director de cine que atraviesa una sequía creativa y es, de manera indiscutible, el alter ego del propio Almodóvar. La conexión entre estos dos planos es que Elsa no es más que un personaje de ficción inventado por Raúl, la protagonista de su nuevo guion, una vasija de ficción donde el autor vierte sus propias angustias. Como Pedro Almodóvar está haciendo con Raúl Durán. Una matrioska de metacine.
De esta manera, los excesos formales, el artificio y la hiperestilización propias del cine de Almodóvar, tan excesivos a veces, en esta película están justificados. Cuando vemos la película que está escribiendo Raúl, podemos ver todos los clichés -estéticos, temáticos, estructurales, incluso de tono- de las películas de Almodóvar; sin embargo, cuando vemos a Raúl en la «realidad», el tono es más contenido, menos exagerado, más -en los términos de Almodóvar– realista. Algo parecido pasaba en Dolor y gloria, cuando esos excesos encajaban a la perfección al ser consciente, en la secuencia final, de que la parte de Penélope Cruz es la versión de Almodóvar de una película de Almodóvar. En esta ocasión, el juego está claro desde el principio.

Por ejemplo, vemos al personaje de Elsa leyendo Middlesex de Jeffrey Eugenides (autor, por cierto, de Las vírgenes suicidas, la novela que inspiró la película homónima de Sofia Coppola) y Almodóvar se esfuerza en enseñárnoslo, algo que le encanta hacer en sus películas, llenas de referencias literarias en forma de primeros planos de libros. Algo que muchas veces me resulta forzado e incluso pretencioso, pero que sin duda usaría si tuviera que imitar su estilo. Del mismo modo, la trama de esa novela -un hombre intersexual criado como una niña que ve cómo, al llegar a la pubertad, su cuerpo comienza a masculinizarse y trata de entender su sexualidad mientras descubre turbios secretos familiares- es el tipo de historia que le podía haber interesado a Almodóvar en los años en los que está ambientada la película de Raúl (2004). O la aparición de Carmen Machi, que protagoniza un divertido momento con Elsa en el hospital que recuerda a ese humor que usaba Almodóvar en el pasado y que ahora parece haber dejado atrás. Almodóvar es plenamente consciente de cómo vemos su cine y hay algo juguetón en esa recreación, casi caricaturización.
A pesar de su sofisticada estructura de metarrelato, la película se desarrolla de una manera muy fluida. Los saltos en el montaje entre la dimensión narrativa de Raúl en 2025 y el borrador emocional de Elsa en 2004 son orgánicos, dialogan a la perfección y resultan muy fáciles de seguir. Un plano narrativo resuena en el otro y el recurso estético de las líneas de guion sobreimpresas en las imágenes resulta vistoso y narrativamente útil. Donde Amarga Navidad resulta menos equilibrada es en su partitura. Aunque la música de Alberto Iglesias sea tan vistosa como siempre y por momentos juguetee con la confusión entre ficción y realidad, a ratos está un poco demasiado presente, señalando de manera muy evidente el tono de la escena.

Por el contrario, el manejo de los simbolismos y la geografía emocional es notable. El paisaje de Lanzarote no es un decorado al azar. Visualmente, la película genera un impacto tremendo al enfrentar los destellos de rojo vivo -la vida y el dolor punzante- contra el negro de la arena y la piedra basáltica, que evocan el luto y la muerte. O la metáfora de los «socos», esos muros semicirculares de piedra seca que los agricultores construyen en la ceniza volcánica para proteger las vides, que nos evocan el aislamiento psicológico en el que viven atrincherados Elsa/Raúl/Pedro, protegiéndose de la realidad a costa de pagar el altísimo precio de la incomunicación.
La emoción de las actrices y la fragilidad del creador
En el plano interpretativo, Bárbara Lennie está extraordinaria, interpretando a Elsa con una precisión quirúrgica, cimentada en silencios y matices de ambigüedad moral. Su talento es tal que hace que la comparación con Victoria Luengo (que interpreta a una amiga de Elsa) deje a esta última en muy mal lugar. Quien aguanta mucho mejor el pulso es Milena Smit, a pesar de que su personaje parezca estar desdibujado y funcionar meramente como una figura florero. Lejos de ser un fallo, la propia película justifica y critica esta imperfección, evidenciando que estamos ante un recurso estilístico deliberado: el borrador de un guion aún por pulir. Esa falta de desarrollo de personajes y subtramas no creo que pueda considerarse un error, porque no son más que borradores de una película, la de Raúl. La verdadera película, la de Pedro, es otra y esa se cierra muy bien sobre sí misma.

El otro plato fuerte interpretativo es Aitana Sánchez-Gijón. Encarnando a Mónica, la fiel e incondicional asistente de Raúl, brinda una de las interpretaciones más poderosas de toda la película. En una cinta que se encuentra entre las más reflexivas, ásperas y cerebrales de la filmografía de Almodóvar, Aitana Sánchez-Gijón y Bárbara Lennie son las encargadas de aportar la verdadera emoción. En concreto, Aitana es la encargada de protagonizar el clímax argumental del filme en un enfrentamiento dialéctico, cara a cara y ante unos chupitos de mezcal, brillando muy por encima de su partenaire Leonardo Sbaraglia. El drama que desencadena la discusión puede estar algo forzado -le acusa de vampirizar su vida para escribir el guion- pero sirve de excusa para una interesante discusión sobre la creación, el legado, la motivación, la inspiración, los daños colaterales y el saber asumir las críticas. Amarga Navidad es una película sin grandes dramas, sin grandes conflictos, sin grandes problemas porque los que aparecen se ven de fondo y el mayor drama es el de un director de cine que ya no sabe de qué hablar porque vive encerrado en sí mismo. Esa fragilidad, ese temor a la posible irrelevancia de su siguiente película, me produce mucha ternura. Porque, aunque el mundo de Almodóvar no sea el mío y sus problemas no sean los míos, ese miedo lo siento auténtico, lo reconozco, y ahí es donde reside la magia de una buena historia.
