Reseña de El drama, de Kristoffer Borgli
No es una comedia romántica
El drama no es una comedia. La verdad es que el título ya daba alguna pista, pero conviene insistir porque la campaña de publicidad parecía venderla como un romance poco convencional, sofisticado y divertido, una de esas películas de pareja guapa, diálogos ingeniosos y neurosis contemporáneas envueltas en papel bonito. Lo mismo le pasaba a Materialistas, que tampoco es una comedia romántica aunque se vendiera como tal. Eso sí, El drama sí que parece una comedia romántica durante un rato. Hay un comienzo construido alrededor de uno de esos encuentros torpes y casuales entre dos personas atractivas, magnéticas y encantadoras que tantas veces han servido de base a la comedia romántica. También hay réplicas rápidas, observación sobre los absurdos sentimentales modernos y una química evidente entre Zendaya y Robert Pattinson. Pero Kristoffer Borgli, aquí producido por Ari Aster, no tarda en dejar claro que todo eso era solo el escaparate.

Porque El drama utiliza la gramática de la comedia romántica para llevar al espectador a un lugar bastante más incómodo. Cada vez que un diálogo parece conducir a la ligereza, Borgli introduce un pequeño desajuste, una nota torcida, un gesto, un corte o una incomodidad que va contaminando el ambiente. La película no quiere que nos relajemos. Quiere que empecemos reconociendo los tropos para luego preguntarnos qué pasa cuando debajo de esa fachada de pareja ideal, divertida y sexy, lo que hay no es una colección de manías simpáticas sino un pozo moral bastante más turbio.
Estructura en tres actos.
La pareja aparentemente ideal que protagoniza El drama son Emma y Charlie, interpretados por Zendaya y Robert Pattinson, y están ultimando los preparativos de su boda. Él es un británico instalado en Estados Unidos, tímido, algo inseguro y más frágil de lo que parece; ella, magnética, inteligente y dueña de una seguridad que también tiene algo de construcción. A su alrededor orbitan Mike (Mamoudou Athie), el mejor amigo de Charlie y padrino, y Rachel (Alana Haim), pareja de Mike y una presencia decisiva en el equilibrio del grupo. Todo arranca como el retrato de una relación atractiva, moderna y más o menos envidiable, pero en la semana previa a la boda, en una cena regada con mucho alcohol, deciden jugar a confesar sus peores pecados. La confesión de Emma hará saltar la perfección de sus vidas.
La estructura en tres partes acompaña a esa deriva. Primero, la comedia romántica: se nos presenta a la pareja en el registro reconocible del encanto, la complicidad y el carisma. Después llega el drama incómodo: tras la revelación de secretos, la relación empieza a resquebrajarse y por las grietas se cuelan todas las miserias, prejuicios, miedos y mecanismos de autoengaño que sostenían el vínculo. Finalmente, la boda alocada: en otro contexto podría haber sido una comedia de enredo desquiciada, casi una farsa sobre mentiras, secretos y nervios prenupciales; pero aquí todo lo que se ha acumulado antes tiñe ese caos de una incomodidad mucho más amarga. El drama conserva la estructura de cierto cine de bodas desmadradas, sí, pero la utiliza para otra cosa: para mostrar cómo las apariencias sociales pueden seguir funcionando incluso cuando todo lo importante ya se ha roto.

En Sick of Myself y Dream Scenario, las películas anteriores a El drama, Kristoffer Borgli. ya había demostrado su interés por convertir la vergüenza, el narcisismo y la necesidad de validación en material de incomodidad, sátira y crueldad. Allí ponía el foco en personajes desesperados por controlar cómo los miran los demás; aquí traslada esa misma incomodidad al terreno de la pareja y de la intimidad. El drama no supone un cambio radical en sus obsesiones, es la misma mirada incómoda y moralmente resbaladiza aplicada ahora al amor, a la convivencia y a las ficciones sentimentales que a veces tratan de apuntarlo todo.
Una autopsia moral a la europea
Borgli no se limita a mostrar una relación que se desmorona, sino que disecciona cómo la toxicidad puede disfrazarse de vulnerabilidad y cómo el trauma puede convertirse en arma arrojadiza. Antes de la gran fractura, Charlie ha colocado a Emma en un pedestal. No ama tanto a la persona real como a la imagen que ha construido de ella: una mujer singular pero manejable, deseable pero moralmente limpia, excéntrica pero dentro de unos márgenes tranquilizadores. Cuando esa imagen se rompe, no sabe qué hacer con la persona que aparece detrás. Y ahí emerge la fragilidad de su masculinidad. Lo que Charlie no soporta es el acto revelado en sí, sino el hundimiento de la idealización sobre la que había construido su propia estabilidad. Le resulta más fácil entrar en pánico, traicionar confidencias y actuar de forma miserable que aceptar la complejidad del otro.
La película plantea además una cuestión moral compleja: ¿la valía ética de una persona depende de sus peores impulsos o de su capacidad final para no actuar en base a ellos? ¿Debe juzgarse a Emma por lo que pensó y planeó, aunque no llegara a hacerlo? ¿Cuenta más el impulso o el acto? ¿Su aparente recuperación psicológica es genuina o es solo una fachada perfectamente funcional? Borgli no ofrece respuestas tranquilizadoras. Le interesa mucho más dejar al espectador atrapado en esa zona de duda que permitirle salir del cine con una conclusión moral perfectamente empaquetada.

También resulta sugerente cómo la película introduce el elemento racial sin subrayarlo en exceso, pero sin dejar de apuntarlo con mala leche. No parece casual la diferencia entre la Emma joven, de piel más oscura y pelo más rizado, y la Emma adulta, más estilizada y asimilable dentro de los códigos de la cultura blanca. Tampoco parece casual que el “pecado” violento de Rachel, blanca, pueda ser absorbido con mayor facilidad por el entorno que el crimen mental de Emma, insinuando que nuestras transgresiones no se juzgan solo por su gravedad, sino también por quién las comete, más concretamente por el color de piel de quién las comete. En ese sentido, el Charlie británico interpretado por Pattinson, mirando con una mezcla de superioridad y condescendencia a los americanos que lo rodean, añade otra pequeña capa de ironía sobre las jerarquías morales y culturales desde las que todos juzgan a todos.
Formalmente, Borgli sostiene muy bien esa deriva hacia el malestar. La fotografía, a cargo de Arseni Khachaturan -quien ya nos conquistó en April– huye del brillo y los colores vibrantes de las comedias románticas y pone empeño en revelar los matices que se ocultan en las sombras, ayudando a esa sensación de que siempre hay algo medio oculto, medio enterrado, a punto de emerger. El montaje también juega un papel fundamental. Hay cortes abruptos, pequeñas sacudidas de ritmo, un muego entre realidad e imaginación que interrumpe la comodidad de la escena y que va preparando el terreno para que, a medida que Charlie pierde pie, la película se casi se acerque al psico-terror. Los planos generales van dejando paso a primeros planos invasivos, a rostros escrutados demasiado de cerca, que no pueden ocultar pequeños gestos de duda, asco y pánico. La música, compuesta por el músico británico Daniel Pemberton (Spider-Man: Across the Spider-Verse y Steve Jobs), también ayuda a la atmósfera de incomodidad. Es una música que no arropa, inquieta. Todos estos elementos hacen que poco a poco lo que al principio olía a comedia romántica empiece a transformarse en una pesadilla social.

También ayudan mucho las interpretaciones. Pattinson está excelente dando forma a esa mezcla tan suya de fragilidad, nerviosismo y humillación progresiva. Charlie se va rompiendo ante nuestros ojos y él sabe hacerlo visible sin sobreactuar, a base de pequeños gestos, silencios y esa manera de parecer siempre un poco fuera de sitio. Zendaya, por su parte, sostiene con mucha inteligencia la ambigüedad de Emma: está magnética, segura, divertida cuando toca, pero dejando siempre una zona opaca que impide reducir al personaje a una sola lectura. Y conviene destacar a Alana Haim, que siendo secundaria tiene una fuerza tremenda. Cada intervención suya deja marca. Aporta presencia, filo y una hostilidad que termina pesando más de lo que su tiempo en pantalla podría hacer pensar.
Se nota el origen noruego de Borgli y la producción de Ari Aster. Es una película con una sensibilidad muy europea, muy nórdica, de hecho. Hay algo de Ruben Östlund, especialmente de Fuerza mayor, en esa idea de que el verdadero peligro no viene de una amenaza exterior sino del derrumbe de la imagen idealizada que los personajes tenían de sí mismos. También hay ecos de La celebración de Thomas Vinterberg en la larga incomodidad de las escenas de grupo, en esa imposibilidad de mantener la cortesía cuando ya ha entrado en la habitación algo moralmente insoportable. Y la mención que hace Charlie a la película Lacombe Lucien de Louis Malle no es casualidad.
Un final deliberadamente cobarde
El final de El drama generará controversias, seguro. Porque es un final deliberadamente cobarde: no busca comprensión, no busca empatía, no busca una confrontación real con lo ocurrido. Busca un borrón y cuenta nueva. Mirar hacia otro lado. Fingir que se puede reiniciar el relato, volver al principio, reactivar el mecanismo del encuentro encantador y seguir adelante como si el conocimiento profundo del otro no fuera dinamita pura. Es un cierre interesante precisamente porque resulta poco consolador. No plantea redención, sino pacto de negación. La idea de que quizá muchas relaciones solo sobreviven gracias a una dosis más o menos grande de ficción compartida. Borgli ha hecho una película incómoda, provocadora y bastante más compleja de lo que su campaña sugería. En cierto momento alguien dice expresamente que las bodas, por naturaleza, son puro teatro. La película insinúa que la pareja, la intimidad y la amistad son, muchas veces, formas refinadas de ese teatro social. El problema empieza cuando el decorado se desplaza un poco y deja ver el andamiaje que hay detrás.
