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Reseña de R.M.N, de Cristian Mungiu

R.M.N, la útima película de Cristian Mungiu no se merece esta reseña. No es un ejercicio de falsa modestia, no van por ahí los tiros. No se merece ninguna reseña escrita rápidamente en medio de un festival sin tiempo para reposarla y tratar de explicar todos sus méritos. Porque R.M.N. es magnífica desde cualquier punto de vista: dirección, guión, interpretación… y posee esa fuerza que provoca que haya escenas que sigan rebotando en la memoria en medio de la vorágine de un festival tan fastuoso e intenso como el de Cannes.

Cristian Mungiu ganó la palma de Oro con Cuatro meses, tres semanas, dos días en 2017. Después volvió al Festival con Más allá de las colinas en 2012 y Los exámenes en 2016, cuando ganó el premio a mejor dirección. Todas ellas películas entre interesantes y obras maestras, todas ellas fieles retratos de la sociedad rumana, del comportamiento humano. Exactamente igual que R.M.N.

La película comienza con Matthias, un trabajador rumano en Alemania, que no soporta el comentario racista de uno de sus jefes -le llama gitano gandul- y le pega un cabezazo en la cara. Antes de que vengan a detenerle decide volver a su pueblo, una pequeña localidad en Transilvania, una zona donde cohabitan grupos de origen rumano, húngaro y alemán, cada uno hablando en su lengua y practicando su religión. También había gitanos, pero ya dejan entrever que a la mayoría los echaron. ¿Una zona de multiculturalismo y entendimiento? No, más bien un lugar lleno de tensiones y rencillas. Que, sin embargo se unen frente a unos trabajadores de Sri Lanka que vienen a trabajar a la panificadora del pueblo. Matthias, un hombre parco en palabras y con tendencia a resolver las cosas por la fuerza, tiene que lidiar con su ex-mujer y madre de su hijo, un niño que ha dejado de hablar; su ex-amante que es una de las responsables de la panificadora; un padre enfermo y la presión de sus amigos para que se una al frente para expulsar a los extranjeros.

Mungiu filma esto de manera magistral, dando una lección de cómo llenar la gran pantalla. Tanto los precios exteriores en bosques y paisajes nevados como los interiores, se benefician del ancho formato gracias a la planificación y puesta en escena que llena la pantalla de información. El uso de la música, con uno de los personajes tocando obsesivamente el tema de In The Mood For Love -algo que la define completamente- es también muy inteligente y qué decir de un guion que va planteando las diferentes situaciones personales y colectivas que definen el descontento social y el auge de la xenofobia en nuestros días. Pequeñas (y grandes) mentiras, rumores malintencionados, indiferencia cómplice de las autoridades, mercadeo empresarial de las necesidades, rechazo a un ecologismo mal explicado y aplicado… es casi imposible enumerar todos los puntos que van saliendo de una manera fluida en la película.

Aunque el clímax de la película llega en una larga escena de más de un cuarto de hora, rodada en plano fijo, que refleja una asamblea en el pueblo. Intensa, real e incómoda, porque dan ganas de intervenir y rebatir algunos de los argumentos, los mismos que la extrema derecha ha ido inoculando en una población que se siente abandonada y dirige su enfado no hacia quienes le abandonaron sino a quienes cogen los trabajos que ni ellos mismos quieren. Sin darse cuenta que su propio pueblo, sus familiares y amigos, sufre eso cuando en vez de recibir a gente que está más al este que ellos, viajan hacia el oeste. Es esa escena con varias acciones en diferentes planos, encajan todas las piezas que se han ido presentado antes. Cada comentario, cada presentación, cada gesto, el diferente uso del idioma, todo encuentra aquí su porqué.

Las sutilezas saltan por lo aires, la construcción de los personajes termina, como terminan los matices en las discusiones de hoy en día. Un muro de twitter no es cinematográfico, pero una asamblea de vecinos sí. El contenido, en cambio, no difiere mucho. Ya no hay matices y se argumenta desde el cliché pero ¿acaso no es eso lo que pasa en estos días? La construcción de cada personaje importa para explicar por qué cada uno escoge su cliché.

Tras esta excelente escena la película cierra con una secuencia abierta a interpretaciones. Un recorrido de Matthias por los diferentes grupos de la película y sus propios problemas personales. Armado porque es su única manera de enfrentarse a las adversidades y ofensas, descubre que quién podría ser su amenaza está indefenso, ha alejado a los que más quiere y los que decían protegerle son, en realidad, la amenaza para él y los suyos.. Una secuencia, como digo abierta a interpretación; pero si tenemos en cuenta que el título de la película -R.M.N.- son las consonantes de Rumanía pero hace referencia al acrónimo de Resonancia Magnética Nuclear, el tipo de escáner cerebral que realizan a uno de los personajes para descubrir que tiene un tumor cerebral que está creciendo dentro de su cabeza -imágnes que Mungiu nos muestra varias veces- creo que es fácil adivinar por dónde van los tiros. Rumanía tiene un cáncer que crece. Y yo añado: Europa también.

R.M.N.

Media Flipesci:
7.5
Título original:
Director:
Cristian Mungiu
Actores:
Judith State, Alin Panc, Marin Grigore, Orsolya Moldován, András Hatházi, Macrina Barladeanu, Zoltán Deák
Fecha de estreno:
28/12/2022