7.5

Reseña de Fjord, de Cristian Mungiu

A Cristian Mungiu siempre le han interesado las personas atrapadas en sistemas que funcionan con una lógica propiano funcionan como deberían. Sistemas políticos, religiosos, educativos, familiares o burocráticos. En 4 meses, 3 semanas y 2 días era la maquinaria gris de la dictadura rumana. En Más allá de las colinas, la fe convertida en encierro. En Los exámenes, la corrupción cotidiana como método de supervivencia. En R.M.N., una comunidad cerrada que enseñaba sus costuras en cuanto aparecía alguien de fuera. Con Fjord, presentada en la competición oficial de Cannes, Mungiu cambia Rumanía por Noruega, pero sigue moviéndose por el mismo territorio moral: personas convencidas de tener razón chocando contra otras personas igual de convencidas de tener razón.

La película está inspirada en hechos reales. Mungiu parte de varios conflictos relacionados con el Barnevernet, el sistema noruego de protección de menores, y especialmente de casos de familias inmigrantes que denunciaron haber sido separadas de sus hijos por diferencias culturales, religiosas o educativas. A partir de ahí construye una ficción que no trata tanto de saber exactamente qué ocurrió, sino de preguntarse quién tiene derecho a decidir qué ocurre dentro de una familia.

El cambio de escenario es importante. Estamos acostumbrados a ver a Mungiu contar historias en Rumanía, un país que en su cine suele aparecer marcado por la corrupción, los restos del comunismo, la precariedad institucional y una cierta podredumbre moral heredada. Que ahora traslade esa mirada a Noruega, la cumbre del Estado del bienestar europeo, resulta muy llamativo. El contraste es enorme, pero también sirve para acercar el problema. Rumanía no está tan lejos como creemos.

La película nos sitúa en un pequeño pueblo noruego, al fondo de un fiordo, donde vive la familia Gheorghiu. Mihai, interpretado por Sebastian Stan, es rumano. Lisbet, a quien da vida Renate Reinsve, es noruega. Tienen cinco hijos y una vida marcada por una fe cristiana muy rígida, con normas estrictas, poco contacto con la tecnología, rezos, disciplina y una idea bastante cerrada de lo que debe ser una familia. No parecen monstruos, y eso es importante. Mungiu no los presenta como fanáticos de manual, aunque muchas de sus ideas sean casi imposibles de defender. Son padres cariñosos, pero también autoritarios.

El conflicto estalla cuando en la escuela aparecen unas marcas en el cuerpo de una de las hijas. Los servicios sociales noruegos intervienen, los niños reconocen que en casa ha habido algún azote o alguna bofetada correctiva, y la maquinaria se pone en marcha. Los cinco hijos son separados de sus padres, incluso el bebé lactante, y la familia entra en un laberinto legal donde ya no se discute solo si ha habido maltrato físico, sino si esa familia puede educar a sus hijos según unos valores que chocan frontalmente con los de la sociedad noruega.

Lo interesante de Fjord son las preguntas que plantea. ¿Qué debe hacer una sociedad tolerante con quienes no comparten sus valores de tolerancia? ¿Hasta dónde puede llegar el Estado para proteger a unos menores? ¿En qué momento la protección se convierte en castigo preventivo? ¿Y quién decide lo que ocurre dentro de una casa cuando nadie puede saber del todo lo que ocurre dentro de una casa?

Ahí la película encuentra su mejor terreno. Mungiu no absuelve a los padres, pero tampoco acepta que el Estado sea automáticamente bueno porque sus intenciones lo sean. Mihai y Lisbet podrían estar sufriendo una injusticia, sí, pero también podrían haber construido una casa asfixiante para sus hijos. Podrían estar siendo perseguidos por una institución fría y soberbia, pero también podrían estar refugiándose en la familia para esconder una forma de violencia. La película no despeja del todo esa duda. Y hace bien.

Donde sí parece más clara su posición es en la mirada hacia los grupos ultrarreligiosos que rodean el caso y lo utilizan. Los Hazte Oír rumanos: organizaciones dispuestas a convertir cualquier conflicto en una guerra cultural, a acosar, vandalizar, presionar y usar las redes sociales para imponer su relato, aunque ese relato no sea cierto o sea solo una parte interesada de la verdad. La secuencia del homenaje en la iglesia es muy significativa. Se vende una victoria que no ha sido tal, se manipula emocionalmente a la comunidad y se convierte una situación familiar compleja en propaganda. No importa tanto lo que ha pasado como lo que puede contarse que ha pasado. Y eso, hoy, ya sabemos lo peligroso que es.

También hay una lectura sobre la xenofobia, curiosa e incómoda. Noruega aparece como una sociedad limpia, ordenada, educada, impecable. No hay turbas, insultos ni violencia explícita contra el extranjero. Todo es mucho más elegante: actas, informes, entrevistas, protocolos, evaluaciones psicológicas. Nadie necesita gritar “fuera de aquí” cuando puede abrir un expediente y concluir que el origen rumano del padre quizá explique una inclinación cultural hacia la violencia doméstica.

Formalmente, Fjord es una película muy sólida. Tudor Vladimir Panduru, director de fotografía habitual de Mungiu, convierte el paisaje noruego en algo más que un fondo bonito. No estamos ante una postal de fiordos para vender viajes caros. Las montañas, el agua, la nieve y las casas aisladas funcionan casi como una prisión. Mungiu evita muchas veces el primer plano y coloca a los personajes a distancia, empequeñecidos por el entorno, como si la naturaleza y la institución jugaran en el mismo equipo. La familia está rodeada por un paisaje inmenso, pero no tiene ningún sitio al que ir.

La puesta en escena tiene esa sequedad tan propia de Mungiu. Planos largos, conversaciones tensas, escenas en despachos y tribunales donde cada palabra pesa. Fjord trata sobre un conflicto que se decide con declaraciones, informes, interrogatorios, matices legales y traducciones culturales. La burocracia no suele ser muy cinematográfica, pero Mungiu vuelve a superar el reto. Las sesiones en el juzgado tienen ritmo e intensidad dentro de su pausa, y muestran la violencia del sistema.

La relación entre Elia, la hija adolescente de los Gheorghiu, y Noora, la hija de los vecinos, sirve para contrastar dos modelos de educación: la rigidez religiosa de una familia frente a la libertad nórdica de la otra. Y lo que muestra Mungiu, con su mala leche habitual, es que la segunda tampoco garantiza nada. Ser moderno, abierto y progresista no impide tener hijos perdidos, solos o igual de necesitados de atención. Quizá esa línea pedía algo más de desarrollo. O quizá, si la película ya es demasiado larga, un poco menos. Se queda en un punto intermedio.

La amenaza del alud funciona como una metáfora evidente, pero eficaz. La nieve acumulada, la presión sobre el pueblo, la sensación de que algo va a caer tarde o temprano. No es difícil leer ahí la fragilidad de la familia, pero también algo más amplio: esa oleada ultra que avanza aprovechando grietas reales, conflictos mal resueltos y miedos legítimos. La pintada final, justo cuando el alud está a punto de llegar, deja clara esa idea. Estos grupos no necesitan tener razón. Les basta con entrar, marcar el territorio y permanecer. Una vez han penetrado en una comunidad, en una familia o en un debate público, sacarlos de ahí es mucho más complicado que dejarlos fuera.

Sebastian Stan está muy bien. Su Mihai no busca caer bien. Siempre se muestra reservado, evita miradas y da la sensación de estar acumulando presión. No es un padre heroico, sino un hombre rígido, convencido de que amar también consiste en imponer. No cae simpático, pero no es un monstruo. Renate Reinsve tiene un papel más silencioso, quizá más difícil. Lisbet pertenece a ese mundo noruego que ahora la mira como si hubiera regresado contaminada por una fe ajena, atrasada, casi incomprensible. Es madre, creyente, esposa y sospechosa. Todo a la vez. Y Reinsve sostiene muy bien esa mezcla de dolor, bloqueo y obediencia.

La escena final, con Noora caminando sobre las aguas y descubriendo, más allá de la fe, el truco tras el milagro, cierra la película de manera brillante. Al principio le dicen que hay que tener fe. Al final entiende que también conviene mirar debajo. Debajo de los relatos, de las creencias, de las instituciones y de todas esas verdades absolutas que, cuando se acumulan demasiado, pueden acabar cayendo como un alud.

Fjord

Media Flipesci:
7.3
Título original:
Director:
Cristian Mungiu
Actores:
Sebastian Stan, Renate Reinsve, Lisa Carlehed, Ellen Dorrit Petersen, Lisa Loven Kongsli