Reseña de All of a Sudden, de Ryusuke Hamaguchi
Ryusuke Hamaguchi regresa a Cannes. Pasó por la competición con Asako I & II, volvió con Drive My Car, película que ganó el Flipesci Cannois. Su siguiente película, El mal no existe, se estrenó en Venecia, donde ganó del Flipesci Vaporetto. Ahora regresa a la Croisette, pero este año parece complicado que los Flipesci le vuelvan a premiar.
La película nos sitúa en una residencia para personas mayores en las afueras de París. Allí trabaja Marie-Lou, interpretada por Virginie Efira, una directora empeñada en aplicar una filosofía de cuidados basada en la escucha, el contacto, la dignidad y la paciencia. Todo eso que suena muy bien en una charla, en un congreso o en un folleto publicitario, pero que empieza a complicarse cuando falta personal, sobran urgencias, los trabajadores están cansados y los jefes piensan todo en términos de rentabilidad. Marie-Lou quiere humanizar una institución que funciona con una lógica profundamente deshumanizadora.
En ese entorno aparece Mari Morisaki, una directora teatral japonesa enferma de cáncer interpretada por Tao Okamoto. Su llegada altera el equilibrio de la película y, sobre todo, el de Marie-Lou. Hamaguchi recupera ahí dos elementos troncales de su cine: el teatro como espacio de revelación, como herramienta terapéutica frente al trauma, y el encuentro entre dos mujeres de mundos distintos que terminan funcionando como espejo la una de la otra. Ahí están, inevitablemente, los ecos de Drive My Car y La ruleta de la fortuna y la fantasía.

La relación entre Marie-Lou y Mari es el corazón de la película. Una vive rodeada de enfermedad ajena, pero parece incapaz de detenerse a pensar en los problemas de su propia vida. La otra tiene la muerte mucho más cerca, pero conserva una lucidez que no es resignación, sino una forma de resistencia. Hamaguchi observa esa relación sin convertirla en melodrama fácil. No busca el llanto directo, o no solo. Le interesa más la manera en que una persona enferma puede seguir iluminando a los demás sin convertirse en santa, símbolo o lección de vida.
Lo más interesante de All of a Sudden está en cómo convierte los cuidados en un asunto político. En la forma de preguntarse qué hacemos con los cuerpos que ya no producen, con los ancianos, con los enfermos, con quienes necesitan tiempo, atención y una delicadeza que el capitalismo considera poco rentable. La residencia no aparece como un infierno, ni falta que hace. Es algo más incómodo: un lugar lleno de buena voluntad, profesionales agotados, protocolos y pequeños gestos de humanidad que parecen estar siempre a punto de ser aplastados por la lógica de la productividad.
Política también era El mal no existe, claro, pero aquella lo era desde la sugerencia, desde el símbolo, desde una amenaza que parecía surgir del paisaje antes que de los diálogos. Con All of a Sudden hace justo el movimiento contrario. Donde allí había silencio, aquí hay palabra. Donde allí había tensión soterrada, aquí hay discurso, una voluntad casi obstinada de explicar el mundo hablando. Mucho. Muchísimo. All of a Sudden es política de manera frontal, discursiva, casi pedagógica. Incluso hacen un gráfico. Parece que Hamaguchi no confía únicamente en la acumulación de gestos, miradas y silencios, sino que necesita ordenar sus ideas, ponerlas encima de la mesa y explicarlas. La película habla del sistema capitalista, de los cuidados, de la vejez, de la enfermedad, de la explotación laboral y de la dificultad de aplicar la compasión en una estructura diseñada para triturarla.

Eso no significa que la película sea pesada. Hamaguchi trabaja muy bien los diálogos y sabe hacer que una conversación larga fluya con naturalidad, incluso cuando lo que se dice podría sonar a tesis doctoral con bata de enfermera. A pesar de su larguísimo metraje, personalmente me mantuvo atento e interesado. Hay algo en la cadencia de sus escenas, en la manera de dejar que los personajes piensen mientras hablan, que sigue funcionando. El problema es otro: durante buena parte de su tramo central, All of a Sudden se parece más a un podcast conversacional que a una película. Un podcast interesante, desde luego, pero al cine le pido algo más.
Visualmente, además, me resulta una película bastante pobre durante demasiado tiempo. Hay escenas rodadas en una penumbra tan extrema que apenas intuimos sombras. Se podría argumentar que la tradición estética japonesa acepta la sombra como parte de la belleza, pero una cosa es eso y otra no encender una luz. La oscuridad puede ser misteriosa, sugerente, sensorial; aquí, en demasiados momentos, parece simplemente falta de trabajo visual.
También las interpretaciones quedan atrapadas en esa falta de gancho emocional. Virginie Efira y Tao Okamoto están correctas, incluso más que correctas, pero la película parece tan preocupada por las ideas que a menudo no deja que sus personajes respiren del todo como personas. Hay serenidad, contención, dignidad, pero poco gancho. No porque haga falta gritar o llorar para emocionar; precisamente Hamaguchi ha demostrado muchas veces lo contrario. El problema es que la película parece observar a sus personajes desde una distancia demasiado intelectual. Los entiende, los respeta, los escucha, pero no siempre logra que nos importen.

A su favor hay que decir que All of a Sudden esquiva casi siempre la sensiblería. Con un cáncer terminal, la vejez, la dependencia y la muerte rondando cada escena, lo fácil habría sido caer en el melodrama, en la lágrima preparada, en esa especie de porno miseria que convierte el sufrimiento ajeno en coartada emocional. Hamaguchi no va por ahí. Su aproximación es contenida y serena, apoyada en el método Humanitude, una filosofía real de cuidados basada en la atención plena, la mirada, la palabra y el contacto. La idea es hermosa y la película la trata con respeto: cuidar no como una tarea mecánica, sino como una forma de reconocer la humanidad del otro cuando el mundo parece decidido a reducirlo a expediente, coste o cuerpo que ocupa una cama.
La última parte levanta el vuelo, o al menos lo intenta. La película se vuelve más física, más emotiva y también más sugerente visualmente. Después de tanta palabra, los cuerpos empiezan a ocupar otro lugar. El teatro deja de ser solo una herramienta terapéutica explicada en diálogos y pasa a convertirse en experiencia, en gesto, en posibilidad de contacto. Ahí aparecen algunas de las cosas que esperamos de Hamaguchi. También es cierto que la película se ve lastrada por cierto tono demasiado naive y por una sucesión de falsos finales. Hay momentos en los que parece haber encontrado el lugar exacto donde detenerse, pero sigue un poco más. Luego otro poco más. Y otro poco. Como si Hamaguchi, después de casi tres horas y media, todavía no quisiera soltar a sus personajes.
