Reseña de Historias paralelas, de Asghar Farhadi
Asghar Farhadi lleva años construyendo su filmografía a partir de una idea clara: nadie tiene toda la razón y nadie está del todo libre de culpa. En sus mejores películas –A propósito de Elly, Nader y Simin, una separación– los conflictos nacen de pequeñas situaciones cotidianas, que van creciendo hasta convertirse en laberintos morales donde cada gesto, cada silencio y cada mentira piadosa abren una nueva grieta. Farhadi es un maestro en eso: en hacer que una decisión tomada en un segundo pese como una condena.
También Cannes lo sabe. Allí presentó El pasado, ganó premios importantes con El cliente, inauguró el festival con Todos lo saben y se llevó el Gran Premio del Jurado con Un héroe. Es, por tanto, uno de esos directores que vuelven a la Croisette como quien vuelve a su casa de veraneo. Con Historias paralelas, Farhadi regresa a la competición oficial y, de paso, al cine europeo. Aunque esta vez lo hace con una película más juguetona, más artificiosa, más consciente de su propio mecanismo.

La protagonista es Sylvie, interpretada por Isabelle Huppert, una prestigiosa escritora bloqueada, huraña y algo asilvestrada que vive encerrada en un apartamento parisino en estado de decadencia bastante avanzado. La casa, llena de restos, papeles y abandono, parece menos un hogar que una prolongación física de su cabeza. Un espacio mental sucio, cerrado, lleno de pasado y de mala ventilación emocional. En busca de inspiración, Sylvie empieza a hacer lo que tantos escritores han hecho antes que ella: robar vida ajena. Observa con un telescopio a los vecinos de enfrente, un trío de efectistas de sonido interpretados por Virginie Efira, Vincent Cassel y Pierre Niney. Los mira, los imagina, los deforma y, finalmente, los convierte en material literario. En ese momento, por una serie de circunstancias, un indigente de misterioso pasado, Adam, entra en la vida de Sylvie para ayudarle con las tareas domésticas.
La referencia más evidente es La ventana indiscreta, claro, pero también está muy presente Krzysztof Kieślowski, especialmente No amarás, aquella ampliación del sexto episodio de El decálogo en la que mirar era una forma de deseo, soledad, culpa y aprendizaje sentimental. Farhadi desplaza el centro moral de esa mirada. Aquí mirar no es solo desear, ni siquiera investigar. Mirar es apropiarse. Sylvie no observa a sus vecinos para conocerlos, sino para utilizarlos. Los convierte en personajes antes de saber quiénes son. Es decir, hace algo no demasiado distinto a lo que hacen muchos escritores, directores, periodistas o críticos cuando convierten la realidad en relato.

Es muy interesante que los vecinos trabajen creando efectos de sonido, foley. Fabrican pasos, golpes, crujidos, respiraciones, ruidos de objetos; pequeñas mentiras sonoras destinadas a que una imagen parezca más real. Y lo mejor es que no ponen sonido a una ficción, sino a documentales, remarcando lo cerca que pueden estar lo real y lo fabricado cuando alguien decide montar, ordenar y adornar la realidad. Todos en la película fabrican algo: Sylvie fabrica una novela, los vecinos fabrican sonidos y los propios personajes terminan completando con imaginación lo que no saben.
Ahí le da Farhadi su toque, aunque algo diferente al de siempre. En sus mejores películas una versión parcial de los hechos podía destruir una familia, un matrimonio o una reputación. Aquí esa versión no nace de una declaración, una acusación o una mentira dicha para proteger a alguien, sino de una ficción literaria. Sylvie imagina infidelidades, secretos y traiciones; el texto empieza a circular; los observados se reconocen o creen reconocerse en él; y la ficción actúa como un virus. No porque sea verdad, sino porque podría serlo. Y pocas cosas hay más peligrosas que una mentira con suficiente anclaje en la realidad. Sylvie inventa, sí; pero lo hace con conocimiento del comportamiento humano. No da en el blanco, pero cerca. La ficción bebe de sitios reales y eso, a veces, crea profecías autocumplidas.
La entrada de Adam, interpretado por Adam Bessa, añade una dimensión social sugerente. No pertenece al mundo intelectual de Sylvie ni al universo sofisticado de los artistas de enfrente. Es un cuerpo extraño en ese ecosistema de gente sofisticada. Su relación con el manuscrito no es solo narrativa, sino también de clase.

La película, eso sí, no tiene la hondura moral de sus grandes obras. En Nader y Simin, una separación, cada personaje tenía sus razones y cada razón abría un dilema nuevo. En El cliente, la culpa, la venganza, la humillación y la dignidad se enredaban hasta hacer imposible una salida limpia. En Historias paralelas el mecanismo está más a la vista. Hay espejos, manuscritos, duplicidades, equívocos, identidades que se cruzan y verdades que se contaminan. El engranaje es entretenido, incluso muy entretenido por momentos, sin necesidad de avanzar hacia una verdadera zona de conflicto moral.
No digo eso como algo malo. De hecho, una de las virtudes de la película es que se permite jugar. Hay algo de thriller psicológico europeo, algo de melodrama perverso, algo de comedia negra que asoma la patita y luego se esconde. Casi veo más problema en que, justo cuando la película pide volverse más loca, más venenosa, incluso algo más cercana al thriller erótico o al folletín sofisticado, Farhadi intenta conservar su gravedad moral introduciendo un nuevo conflicto, de mucha gravedad, dentro de un artefacto mucho más juguetón. Ahí se produce una pequeña fricción. Sin embargo, eso también nos regala una de las mejores escenas de la película, aunque su tono no termine de encajar del todo con las otras piezas.
El reparto sostiene muy bien ese equilibrio inestable. Isabelle Huppert está en un territorio que domina de memoria: mujer inteligente, seca, venenosa, algo decadente, con esa mezcla tan suya de fragilidad y amenaza. Lo interesante es que aquí parece más contenida que en algunos trabajos recientes, menos entregada al placer de ser Isabelle Huppert haciendo de personaje marca Isabelle Huppert, lo cual se agradece. Virginie Efira, Vincent Cassel, Pierre Niney y Adam Bessa defienden con convicción un texto lleno de trampas, cambios de percepción y zonas ambiguas. Incluso hay una aparición de Catherine Deneuve, breve y divertida, de esas en las que la gran diva ya no necesita hacer demasiado: le basta con aparecer para robar la escena y hacernos pasar un buen rato.
