Entrevista al equipo de Yo siempre a veces en el Festival Crossover


San Sebastián se ha convertido en una de las paradas obligatorias del circuito seriéfilo gracias al Festival Crossover. Organizado por Kultur Factory, este festival boutique celebró hace unas semanas su 9ª edición consolidado como un espacio de referencia donde la reflexión y el entretenimiento se dan la mano. Año tras año, su importancia no deja de crecer, atrayendo a los equipos de algunas de las producciones televisivas más punteras como es el caso de Yo siempre a veces, una serie, que cuenta con el respaldo de Movistar Plus+ y la producción de Suma Content (la productora de Javier Ambrossi y Javier Calvo, «Los Javis»).

Yo siempre a veces está creada a cuatro manos por Marta Loza y Marta Bassols, y protagonizada por el gran descubrimiento de la temporada, Ana Boga. La serie se aleja de los retratos idílicos para sumergirnos en una maternidad cruda, disidente y atravesada por la precariedad laboral y habitacional. Lo que sigue es la conversación que mantuvimos en el festival sobre el origen del proyecto, el reto de evitar los clichés y la necesidad de reivindicar los cuidados en un mundo que no se detiene ante nada. También se incluyen preguntas de la charla que mantuvo Ylenia Benito con el equipo durante la presentación de la serie.

El origen de Yo siempre a veces

Para poner un poquito en contexto la serie, lo primero: ¿cómo, cuándo, dónde y por qué surge la idea de Yo siempre a veces?

Marta Loza: Esta aventura empieza hace siete años. Yo volvía de vivir muchos años en el extranjero, me acababa de separar y estaba en el final de la treintena. Llegó ese momento en el que me empezaba a plantear si iba a ser madre o no, especialmente porque soy técnico audiovisual y todos sabemos que en este sector, si no estás en activo, te puedes precarizar. Mientras reflexionaba sobre esto, veía a mi amiga Marta, que había sido la primera de nuestro grupo en ser mamá. Entonces pensé: «Esta chica se ha aventurado de una manera tan preciosa pero a la vez llena de dificultades«. Le escribí un mensaje y le dije: «Oye tía, estoy pensando que por qué no hacemos una serie sobre tu maternidad, que no se ve representada…«.

Marta Bassols: Y claro, yo dije «sí a todo». Mi actitud vital es «a todo» en general. Sí, sí a todo.

M.L.: Así que escribimos el piloto y lo desarrollamos. Primero dio una vuelta por las plataformas y llegó a Movistar+, pero el proyecto estaba verde y se quedó en un cajón. Justo después de la pandemia, Claudia Costafreda nos comentó que Suma Content estaba buscando proyectos y se los enviamos. Lo pitcheamos, les gustó y enseguida entró Movistar Plus+. Susana Díaz nos confesó que el proyecto ya les había llegado antes, pero que entonces estaban con otros proyectos y que ahora sí era el momento.

¿Cómo ha sido esa escritura a cuatro manos?

M.B.: Ha sido un proceso al cien por cien compartido. Empezamos como un juego, juntándonos en mi casa, conviviendo con mi hija y con nuestras parejas. Hemos convivido mucho, hemos bebido mucho vino y hemos hecho muchas cartas astrales. Después, cuando las cosas se pusieron serias con Suma Content y Movistar Plus+, nos tuvimos que poner a trabajar de otra manera. Nos hemos peleado mucho y hemos defendido fervientemente nuestras posiciones cuando no estábamos de acuerdo, lo que le ha dado a la serie una capa de profundidad muy interesante. Ha sido aprender de la una de la otra, de nosotras mismas y de la vida.

M.L.: Movistar nos pidió tener la serie escrita antes de empezar la producción, lo cual es una ventaja porque te permite ahondar, reflexionar y conseguir muchísimas más capas para que la historia tenga el peso necesario. Cada persona que leía los guiones se la hacía suya; sentían que era la historia que necesitaban contar.

Presentación en Crossover

Además, vosotras no solo la habéis escrito. Marta (Loza), tú has dirigido, y Marta (Bassols), tú tienes un papel también. ¿cómo ha sido ese otro lado?

M.L.: Yo me lo he pasado súper bien. He tenido la suerte de tener actores muy divertidos con los que hemos ensayado y encontrado el tono del capítulo. Ensayar las secuencias te permite profundizar y afinar tu mirada con la cámara. Desmontamos muchísimo, trabajamos los diálogos y nos permitimos improvisar para que suenen tan naturales. También apostamos por una serie de movimientos de cámara que trabajamos mucho; fue un gustazo.

M.B: Yo me propuse no traicionarla nunca, para mí ha sido súper divertido. Fue muy interesante cambiar el chip: aunque teóricamente éramos showrunners, durante el rodaje entregué el control del bebé a otras personas para que pusieran su corazón allí. Ha sido un rodaje muy divertido, sobre todo en las partes donde salíamos las amigas, que era donde había más cachondeo. Era una manera de ser parte desde dentro, y no estar solo en el combo.

Se nota que lo habéis pasado bien, porque a pesar de contar ansiedades y problemas, la serie tiene mucha luz. Es muy luminosa y te saca una sonrisa.

M.L.: Era importante que fuera luminosa, con luces y sombras. Intentábamos andar en la parte más oscura, pero que siempre floreciera la luz al final. Incluso en el momento más triste, era fundamental coger al bebé y ver cómo se le iluminaban los ojos, o buscar un baile y una carcajada.

M.B.: Creo que estamos en un tiempo donde se genera mucha distopía, y es imprescindible empezar a imaginarnos cómo ser felices en nuestro contexto. Luchar cada uno desde su pequeña esfera sin hacer el gran aspaviento. Estas pequeñas cosas pueden cambiar un mundo que se nos viene un poco oscuro, y es imprescindible iluminarlo con todo lo que hagamos.

Las Martas en el rodaje

Marta (Loza), el cápitulo que dirigiste, el primero, tiene un estilo muy marcado y diferente al resto.

M.L.: Este capítulo, desde escritura, siempre ha sido una isla. Antes era el capítulo 4, pero pasó a ser el primero porque necesitábamos contexto para entender quiénes eran los personajes. Siempre planteé que era un capítulo completamente distinto porque, emocionalmente, no tiene nada que ver con el resto.

Trabajando con la directora de foto, creímos que era muy importante apostar por planos secuencia, dar espacio a que los personajes se movieran libremente y se conocieran. Generamos un movimiento envolvente a través de ellos, creando algo muy coreografiado en lugar de usar muchos planos y montaje. Dimos espacio a los personajes para que estuvieran libres y no encorsetados, cosas que luego le van pasando al personaje según avanza la historia. Lo exploramos también a nivel de interpretación, dejando que tuvieran planos largos, sin cortes, para que pudieran improvisar dentro de la toma.

Ana Boga.: Los planos secuencia son geniales, aunque tienen una gran dificultad técnica al haber tanta gente implicada, siempre pensando en si fallaba el micro, un figurante o la luz. Pero como actriz, te permite sumergirte verdaderamente y dar continuidad a una acción sin cortar, algo muy parecido al teatro. Tiene toda esta complejidad, pero el gran beneficio es conseguir una verdadera concentración.

«Las Martas»

Luego, el resto de capítulos tienen otro estilo. ¿Lo marcaste tú?

M.L.: Las tres directoras hablábamos mucho, sobre todo al principio. Nos preguntaron qué significaba cada capítulo para nosotras y por qué los habíamos escrito así. Generamos un ensayo colectivo con una memoria y unos recuerdos que trabajamos juntas. Ensayamos mucho; cada una hizo una primera pasada de su capítulo y fue muy interesante. Luego, hubo mucha libertad para que cada directora aportara su visión y sintiera el capítulo como suyo.

¿Te ha picado el gusanillo de la dirección?

M.L.: Sí, me gustaría. Yo soy directora de arte, pero me había formado en dirección. Ha sido una experiencia muy grata; aunque llevo 20 años en los sets y conozco toda la parte audiovisual al dedillo, dirigir actores ha sido de las cosas más bonitas. Haber escrito la historia y tener la oportunidad de trabajar con ellos me ha parecido un reto muy interesante.

¿Cómo los habéis rodado? ¿Capítulo a capítulo, separados o alternando?

M.L.: Íbamos alternando. La primera en rodar fue Claudia, que hizo el 2 y el 3 de seguido. El mío fue el más fragmentado; como no tenía bebés en el capítulo, servía de colchón para cuando podíamos encajarlo. Al estar en el set de todas formas, no me importaba. El 4 creo que lo hizo Ginesta, pero todo fue bastante fragmentado. Lo último que se rodó fue Berlín.

A.B.: Lo curioso es que empezamos y acabamos rodando en Berlín; de hecho, la primera escena que rodamos es la última de la serie.

Un equipo femenino

Un reto interpretativo, ¿no, Ana?

A.B: Me sorprendió mucho al ver la escena final porque hubo una gran magia en el rodaje. Cosas que podían salir mal salían bien, generando una sinergia extraña.

M.L.: Fuimos cosiendo cosas, encontrando el tono y los personajes, e incluso el final lo cerramos un día tomando cervezas. Somos afortunadas porque tuvimos un muy buen equipo. El clima que se generó para rodar con los bebés fue muy especial y distinto. En los rodajes solemos ir acelerados por cumplir planes, pero aquí había que parar todo y esperar a los niños, como si fuera un documental de naturaleza de La 2. Requería mucho silencio, amor y paciencia.

¿Y ha sido especial que fuese un equipo tan femenino?

M.L.: Yo creo que sí, nos lo hemos pasado bien y había risas.

A.B.: Yo no tengo con qué compararlo, porque no había estado nunca en un rodaje, pero me he sentido muy cómoda rodeada de mujeres. Había un ambiente muy conciliador y sin competitividad masculina. Además de los niños que trabajaban en la serie, la productora Suma fomentó la conciliación real. Ginesta, una de las directoras, estaba allí con su bebé.

M.L.: Una niña de cinco meses. Estaba lactando en el combo, con los sacaleches y dándole la teta mientras dirigía.

A.B.: Yo soy de Madrid y me tuve que trasladar a Barcelona. Como también soy madre, Suma me permitió llevar a mi hijo y a mi madre para que lo cuidara mientras rodaba. Poner los cuidados en un lugar importante generó un ambiente distinto y una energía femenina muy guay.

M.L.: Había hasta una guardería. Predicar con el ejemplo para no hacer lo contrario de lo que trata la serie.

El descubrimiento de Ana Boga

Tu historia, Ana, es curiosa porque no habías hecho nada en cine o televisión. ¿Cómo llegas a esto?

A.B.: Yo estaba de excedencia cuidando a mi hijo, planteándome la vida y un poco en crisis. Me dedicaba a la hostelería y estaba aterrorizada pensando en cómo compatibilizarlo al volver a trabajar. Mi psicóloga me dijo que moviera fichas y una amiga que estudiaba interpretación me envió un casting que Blanca Javaloy había publicado en Instagram. Envié un self-tape presentándome, me contactaron, hice varias pruebas y al final me dijeron que el papel era mío.

M.L.: La productora y Movistar Plus+ querían apostar por un rostro nuevo y hacer un street casting para encontrar a una madre real que aportase su universo a la serie. Se vio a muchas actrices, pero cuando llegó Ana, Claudia Costafreda fue la primera en enamorarse de ella y decir que era la elegida.

A.B.: Me puse tan nerviosa al recibir el primer email para el casting presencial que me puse a dar botes por el parque y no respondí. Me tuvieron que volver a escribir preguntando si lo había visto, y ahí ya contesté emocionada.

¿Cómo ha sido interpretar a Laura? ¿Te ha encontrado ella a ti o tú a ella? 

A.B: Fue un proceso muy orgánico e intuitivo, porque era la primera vez que hacía algo así. Rodamos una primera parte antes de Navidad y luego comenzamos los ensayos fuertes en enero. Como no sabía muy bien cómo prepararme, me puse a estudiar y llegué con una lista, como si estuviera opositando, definiendo cómo era el personaje. Marta me decía mucho: «Ana, el personaje tiene que cobrar vida«, y yo pensaba: «¿Cómo se hace eso si es ficción?«.

A medida que avanzó el proceso, los ensayos sirvieron para generar recuerdos del personaje y conectar con el resto del elenco. De manera natural, a través de las escenas que iba rodando, el personaje cobró vida. Fue bastante mágico y un poco místico; sentía que verdaderamente ya había reacciones que eran del propio personaje y que no estaban siendo controladas por mí de forma racional. El rodaje funcionó así, con mucha libertad y espacio para que surgieran cosas más naturales y auténticas.

Quise generar esa profundidad de la que hablábamos antes para humanizar a esta madre. No es una «historia de maternidad», es una historia sobre una persona. Para poder mostrar sus contradicciones de una forma íntima, tuve que romper ciertas estructuras y mi propio pudor. Tenía que entregarme totalmente y romper mis vergüenzas para dar algo verdaderamente íntimo y súper verdadero.

M.L.: Ana se tiró en plancha, literalmente. No había red, ella dijo que se ponía y fue. Tenía una conexión muy especial con sus emociones y la capacidad de conectar con todo el arco dramático, ya fuera desde el humor o el drama. Parecía sencillo, pero era una cosa bestial. Nosotras estábamos alucinadas y le decíamos: «Es increíble, pero es que desde las escenas de casting ya pasabas por la emoción«.

A.B.: También fue muy guay por parte de Suma Content y las directoras. Pude tirarme en plancha porque también sentía que había agua.

La maternidad en pantalla

Decíais que echabais en falta que la maternidad se mostrase de esta manera en pantalla

M.L.: Al empezar a escribirla echábamos en falta ese enfoque. Como gran consumidora de series y cine, no había encontrado ningún retrato similar de la mujer madre con esas características.

M.B.: Hablábamos mucho de que lo que no se representa no existe. Al igual que la representación del antirracismo o del colectivo LGTBIQ+ ha traído cambios muy grandes, con la maternidad no encontrábamos un relato normal de nuestras amigas madres o de nuestras propias madres. Siempre se represebtraba a la madre abnegada dispuesta a dejarlo todo, o a la mala madre. La resalidad es que la mayoría son buenas madres que también quieren seguir teniendo una vida propia.

M.L.: Yo hablaba mucho de maternidades disidentes. Marta fue de las primeras, pero en estos siete años cada vez tenemos más amigas en situaciones similares y de espectros distintos. Es una nueva manera de estar y de criar que cada vez se ve en más lugares.

A.B..: También creo que no existía alternativa. No se ha podido reflejar antes esta realidad sociocultural, como el problema actual con la vivienda, porque antes no existía y no ha dado tiempo a generar ese contenido.

M.B.: Sí, pero las madres de antes que se emborrachaban o que jugaban con su bebé en lugar de planchar seguro que ya existían. Simplemente no se representaban; eran invisibles.

M.L.: Antes, si te separabas, quizás volvías a casa de tus padres o intentabas aguantar más. Nuestro personaje se queda embarazada muy rápido, pero también se separa muy rápido. En lugar de irse a la opción más cómoda, que es quedarse en casa de sus padres, decide apostar por la vida, por otra manera de criar y por encontrar su camino.

M.B.: Decide intentar ser feliz.

La maternidad no es solo que Laura sea madre, sino también pensar en cómo nos han criado nuestras madres y abuelas. ¿Buscabais conectar con esas otras maternidades y con lo que heredamos?

M.B.: Sí, claro. Cuando empezamos queríamos contar la historia de esta chica y, al terminar, nos dimos cuenta de que era un homenaje a nuestras madres y abuelas. En la serie se entiende que los errores que se cometen dependen de la época; ahora se cree una cosa y en la siguiente generación, otra. Todo es flexible. Eso te ayuda a entender que tu madre también es humana y que los errores que te parecían muy malos, pues son errores humanos.

El malo de la serie es el neoliberalismo

Estos días decíais que teníais muy claro quién era el malo de la serie. Aunque al principio parezca que es la pareja de Laura, no es él…

M.B.: El malo de nuestra serie es el neoliberalismo, el capitalismo. Existe el mito de que al tener un bebé tienes que parar tu vida. En realidad, cuidar es bonito y todos hemos sido cuidados, pero la vida se complica cuando por tener un bebé no te dan trabajos o te miran con extrañeza, como si tu sexualidad desapareciera. Si tienes una profesión por obra y servicio con horarios intempestivos, de pronto no puedes irte a un rodaje tres meses y pierdes el trabajo. El capitalismo va a toda leche y el bebé no tiene la culpa de esto. El malo no es el bebé.

A.B.: Históricamente, a las madres se las ha dado por hecho. Aparte del neoliberalismo, lo peor es que no se contempla esta dificultad y se vive con muchísima soledad. Es necesario que el mundo lo vea y lo ponga en valor, porque las madres hacen sacrificios enormes y nadie les da las gracias.

M.B.: Concretamente, las madres hacen humanidad, seres humanos. Cuando alguien va a la guerra o se pone en primera línea de una manifestación y pone el cuerpo, es súper épico y está muy valorado. Pero cuando tú te abres en canal para hacer personas que luego contribuirán a las pensiones, se da por hecho y no tiene un valor épico. Estás poniendo el cuerpo a un nivel muy heavy, casi en silencio, continuando con tu trabajo. El día a día ya es de por sí muy épico; maternar y jugar con tu bebé también lo es. Si ves ciertas cosas con otra perspectiva, simplemente tu vida va a ser mejor.

En la serie se habla de la vivienda, el trabajo, la maternidad… todo con mucha profundidad. ¿Teníais claro qué es lo que queríais cuestionar?

M.L.: La serie refleja nuestra vida porque nosotras somos amigas. Aunque los personajes han mutado mucho, todos partían de algo cercano a nuestro entorno y lo que estábamos viviendo. Las temáticas como la precariedad, los barrios en los que vivíamos o los garitos a los que íbamos siempre han estado ahí.

M.B.: Incluso la sexualidad, que formaba parte de nuestra vida. Teníamos muy claro el viaje, que llamábamos entre nosotras «de niña a mujer» como el disco de Julio Iglesias. La maternidad es un camino de no ser madre a serlo, o aprender a serlo; es una búsqueda. A pesar de que sabíamos que al terminar el personaje estaría en otro lugar, no sabíamos qué pasaba exactamente al final. Ese tiempo de escritura nos hizo hacernos muchas preguntas y probar muchas cosas. A otra velocidad hubiera dado una serie menos chula.

Da la sensación de que la maternidad es el detonante, pero en realidad refleja un momento de precariedad laboral y de vivienda. Te piden madurar, pero no tienes herramientas ni posibilidades. ¿Creéis que las generaciones anteriores tratan con cierta condescendencia a las actuales?

M.B.: Puede ser que exista esa condescendencia porque, históricamente, las generaciones anteriores no quieren mirar ni escuchar mucho a las nuevas. Pero si tienes ganas de mirar y escuchar de verdad, ves que las circunstancias han cambiado muchísimo y no hace falta ser condescendiente. Somos la primera generación que asume que no podrá irse a vivir sola hasta pasados los treinta y largos, algo que no había pasado jamás. Conozco a parejas que vuelven a estar como en el franquismo: no se separan porque no pueden permitirse pagar una casa para cada uno; es loquísimo.

M.L.: Somos la primera generación que vive peor que sus padres, y a saber cómo vivirán nuestros hijos o nietos. Es verdad que también han cambiado los modelos familiares, la manera de trabajar, el ocio o la forma de socializar. Mi madre, por ejemplo, nos repite mucho: «Ahora cogéis un avión, os vais de vacaciones, os compráis ropa y os hacéis tratamientos estéticos».

A.B.: Eso tiene mucho que ver con el capitalismo y el consumismo. Se nos ha creado la necesidad de tener ciertos lujos para paliar que hay necesidades muy grandes sin cubrir. Ese discurso de «es que yo no viajaba» o «solo tenía un abrigo» alimenta esa mirada condescendiente. Hoy tenemos acceso a un nivel de consumo en cosas como el fast fashion o cambiar de móvil, pero carecemos de lo verdaderamente importante, aquello que nos daría la paz para dejar de ser tan consumistas.

M.L.: Pero es que se consumen cosas “baratas” comparadas con la vivienda, como ropa barata….

A.B.: O se financia un iPhone.

M.L.: Sí, puedes financiar el móvil, pero no una casa. Ni siquiera comprarla: es que no puedes pagar las fianzas que te piden para alquilar. Es alucinante no poder pagarte una habitación porque cuesta casi como un piso entero.

M.B.: Y cuando decimos «baratas», en realidad son cosas muy caras para quien las cose o las fabrica. Es un problema de raíz del capitalismo; va todo unido.

La amistad y los personajes sin clichés

Las amigas son un pilar fundamental en Yo siempre a veces y me ha encantado ese retrato con sus luces y sus sombras. No siempre se muestran como un hogar perfecto, lo cual es muy necesario.

M.L.: Nos interesaba retratar la amistad dentro de una escala de grises. No queríamos a la amiga perfecta ni a la que no te apoya en absoluto, sino mostrar qué pasa cuando eres la primera en parir. Muchas veces tus amigas no están a la altura porque priorizan seguir saliendo de fiesta o apoyar a un ligue, algo que nos ha pasado a todas.

M.B.: Ser la primera en tener hijos del grupo te hace sentirte solísima.

M.L.: La serie trata de que todos nos equivocamos y de que verlo te ayuda a hacerlo mejor la próxima vez. Tanto la familia como las amigas, el padre o la propia Laura pueden mejorar. Es un alegato a favor de que podemos ser mejores personas todo el rato. Esa es la idea, que «yo siempre a veces», o es decir, si te has equivocado pues la siguiente lo harás mejor. Como soy antipunitivista, creo que lo importante no es condenar o aislar a quien comete un error, sino colaborar y aprender. Esa es la actitud que intentamos transmitir.

A.B.: Hay que tener en cuenta que cuando nace un niño, también nacen unos abuelos y las amigas tienen que cambiar su rol. No solo cambia la madre; todo su entorno tiene que adaptarse a esa nueva realidad y eso es algo que queríamos que se viera.

En la serie no hay personajes clichés del bueno y el malo. ¿Tuvisteis miedo de que los personajes metieran la pata y eso impidiera al espectador empatizar o le generara rechazo?

A.B.: ¿Quién empatiza con alguien perfecto, sintiéndonos todos tan imperfectos? Creo que genera muchísima más empatía ver a alguien sufrir que ver a alguien disfrutar.

M.L.: O de hacer las dos cosas; hacer de todo.

Sí, pero a veces se abusa del drama para dar pena, un personaje que todo lo hace bien, pero está maltratado por la injusta vida…. Sin embargo, vuestra protagonista mete la pata.

A.B.: Sí, igual que sus amigas o su madre. Eso es lo que la humaniza y hace que te puedas sentir identificado. Yo no me podría identificar con alguien perfecto porque también la cago.

M.L.: Intentábamos que Laura no fuera perfecta, que se pudiera equivocar y tuviera matices. En las últimas revisiones siempre íbamos a la escala de grises porque tendíamos a hacerla muy buena. Pero con quien más nos costó fue con Rubén. Se nos iba siempre al villano, al malo. Intentamos entender a este personaje, por qué se comporta así y qué siente realmente. Buscábamos que, aunque se equivoque, alguien pudiera entenderlo y verse representado en él. El gran reto era humanizarlo y llevarlo a una escala de error en la que te pudieras enamorar de él.

M.B.: Nos gustaba que, además de líneas rojas, le vieras líneas verdes para que Laura no pareciera tonta o ciega. Queríamos que empatizaras con que a ella le mole ese rollo macarra de la primera noche.

M.L.: Se entiende el enganche que tiene ella. Es algo que no puede evitar, como un imán. Quiere alejarse porque sabe que es tóxico, pero por otro lado hay algo que la atrae.

M.B.: Queríamos hablar de esto desde una perspectiva feminista. Parece que si eres una buena feminista no te pueden pasar cosas de esta índole. Nos gustaba explorar ese deseo prohibido para mostrar que no te convierte en una persona ni más tonta ni menos feminista; es algo que opera, que pasa, y era necesario hablarlo.

A.B.: Y que también forma parte de nuestra cultura. Por las películas que hemos visto de niñas, nos han enseñado el amor romántico y no podemos ponernos un cartel de «soy feminista» y de repente no hacer nada machista, cuando realmente hay muchas cosas que hacemos todas que también lo son.

El final del capítulo uno

Quería preguntaros por el primer capítulo y su final, porque acaba sin mostrar el conflicto posterior. Al no presentar el drama y parecer casi autoconclusivo, ¿no teníais miedo de no enganchar al espectador y de que no viera el segundo capítulo?

M.L.: Este capítulo, desde el guion, siempre ha sido uno de los favoritos de Marta y mío. Todo el mundo nos decía que ahí «no ocurre nada», como si nos saltáramos a la torera todas las reglas narrativas de un buen capítulo. Nosotras defendíamos que lo que pasa es muy importante: es una noche cualquiera, dos personajes que se están conociendo, que tienen un enganche sexual increíble y es el momento en el que ella se queda preñada. A nivel formal no hay grandes conflictos ni fuegos artificiales, pero presenta a los personajes, construye las reglas y muestra el momento en el que se queda embarazada de una manera tan cotidiana, que es lo que le da tanta potencia al capítulo.

M.B.: Nos gusta este flow, nos gusta Linklater. Es cierto que «no pasa nada», pero yo me vería mucho rato de esto con mucho gusto. Además, todo el mundo sabe ya que es una serie sobre una maternidad diferente y dura media hora. Si en el primer capítulo no ves al bebé, vas a ver mínimo el segundo. Y con el polvazo final dices: «Claro, tiro mi vida por la borda por ti, y ahora qué pasa«. Si te has enganchado, el siguiente te lo tragas ya.

A.B.: Como decía mi compañero David, y creo que tiene razón, el espectador tiene que enamorarse de alguna forma de esta pareja. Tiene que empatizar con esa euforia de conocer a alguien esa noche y generar cierta adicción. La incógnita de qué pasa después es lo que te hace ver el siguiente capítulo.

Desde luego, desde aquí recomendamos que lo hagan, que es muy interesante.