Reseña de Her Private Hell, de Nicolas Winding Refn
Después de casi diez años sin estrenar en cines, desde The Neon Demon, Nicolas Winding Refn vuelve con Her Private Hell, su nueva película. Un thriller de ciencia ficción, dicen. Aunque quizá, si tuviera que etiquetarla en un género sería el de anuncio de perfumes. Una película que más que verse, se vaporiza, una película con notas de salida de neón, corazón de trauma y fondo persistente de autoindulgencia.. Una historia sobre una joven que busca a su padre en una ciudad futurista envuelta por una niebla mortal. Una película que parece tener como prioridad que cada plano pueda ser capturado, ampliado y colocado en el escaparate de una boutique de lujo..
La protagonista es Elle, interpretada por Sophie Thatcher, una joven atormentada que atraviesa la ciudad en busca de su padre mientras una entidad letal se libera entre la niebla. También está el Soldado K, al que interpreta Charles Melton, que intenta rescatar a su hija. Dos búsquedas. Dos heridas. Dos perfumes distintos. Ella: miedo blanco sobre piel de neón. Él: paternidad intensa con un toque metálico. Juntos componen una fragancia narrativa que promete misterio, peligro y revelación interior, aunque a la hora de la verdad no sea el contenido, sino el recipiente de diseño.

Todo en Her Private Hell parece pensado para quedar bien en pantalla. No para avanzar, no para construir personajes, no para sostener una tensión dramática reconocible. Para quedar bien. Un pasillo rojo no es un pasillo rojo: es una declaración. Una mirada de diez segundos no es una mirada de diez segundos: es un manifiesto. Una pausa no es una pausa: es el lujo de no tener prisa. “Para la mujer que ha perdido a su padre, su ciudad y la paciencia del espectador”. Nueva fragancia de Nicolas Winding Refn. Disponible en salas seleccionadas.
La película habla del dolor, de la desconexión emocional, de la paternidad, del trauma y del infierno íntimo de sus personajes. O eso parece. O eso insinúa. O eso uno decide creer para no asumir que lleva una hora viendo a gente guapa caminar despacio entre humo caro. La niebla, naturalmente, simboliza el aislamiento psíquico. También podría simbolizar la ausencia de guion. En cualquier caso, queda estupenda.
Visualmente, sería injusto negar que Refn sabe lo que hace. Cada imagen está compuesta con una precisión casi obscena. Cada encuadre parece decir: “no me entiendas, deséame”. La fotografía convierte la ciudad en un sueño tóxico, entre el giallo, el videoclip de lujo y el anuncio de colonia emitido en un canal que solo existe en hoteles de cinco estrellas. La música de Pino Donaggio aporta un melodrama operístico que eleva el conjunto, o al menos lo perfuma con suficiente intensidad como para disimular que debajo hay muy poca cosa.

Sophie Thatcher se entrega con convicción a un personaje que parece escrito con tres palabras pegadas en una pared: trauma, deseo, niebla. Charles Melton camina por su propia subtrama como si intentara rescatar a su hija, sí, pero también como si estuviera buscando la salida de un anuncio demasiado largo. Ambos tienen presencia. Ambos aguantan el plano. Ambos entienden que aquí no se interpreta un personaje: se encarna una textura.Her Private Hell no desarrolla ideas, las posa. No construye escenas, las ilumina. No busca coherencia, busca permanencia retiniana. Es una película donde todo parece importante porque todo está rodado como si lo fuera. Una puerta se abre y parece el Juicio Final. Una frase se dice en voz baja y parece el lanzamiento de una nueva línea de cosmética existencial. Un personaje afirma que “esta película va a ser un infierno” y uno agradece, al menos, la honestidad comercial. Un infierno privado, pero con una dirección de arte excelente. Una película que no se entiende demasiado, pero se recuerda como se recuerdan ciertos anuncios: no sabes qué vendían, no sabes por qué había una mujer caminando sola por una ciudad imposible, no sabes qué pintaba ahí un soldado, pero durante unos segundos pensaste que quizá tu vida necesitaba más neón. Una fragancia cinematográfica para quienes no quieren que el cine les cuente nada, solo que les mire fijamente y les susurre al oído: “la narrativa ha muerto, pero qué bien le sienta el magenta”.