Ganar en los grises: por qué la izquierda no debe tenerle miedo a Fjord

Cannes 2026 no va a pasar a la historia solo por su palmarés. La Palma de Oro a Fjord, de Cristian Mungiu, ha abierto una de esas discusiones que dicen mucho de la película, pero quizá dicen todavía más de quienes la discuten. La película, protagonizada por Sebastian Stan y Renate Reinsve, cuenta el choque entre una familia rumano-noruega muy religiosa y los servicios de protección infantil de Noruega, que intervienen tras una sospecha de maltrato. A partir de ahí, el drama familiar se convierte en thriller judicial, debate moral y campo de batalla ideológico.

Decir que Fjord es una película conservadora me parece una lectura fácil. No defiende la familia tradicional, ni el castigo físico, ni la religión como refugio superior, ni esa fantasía ultraderechista según la cual el Estado social es una banda de burócratas woke robando niños cristianos para destruir Occidente. Lo que sí ocurre es que Fjord es apropiable por el discurso conservador porque dramatiza el sufrimiento de la familia y plantea interrogantes sobre la intervención del Estado. Y no de cualquier Estado, sino del noruego, una de las cumbres simbólicas del Estado del bienestar y del progresismo europeo. En 2026 eso no es un detalle menor. Es el terreno de juego.

‘Fjord’: Hazte oir en Noruega

19/05/2026 - Ricardo Fernández

Cristian Mungiu traslada su mirada de Rumanía a Noruega en Fjord, un drama familiar y burocrático sobre fe, Estado, xenofobia limpia y relatos interesados. Una película incómoda, seca y muy sólida, donde nadie parece tener toda la razón y hasta los milagros esconden truco. Leer más

El recelo de Mungiu frente a los dueños de la verdad

Para entender Fjord, primero conviene entender un poco a Cristian Mungiu. Vista su filmografía y sus declaraciones, parece acertado describirlo como liberal-democrático, anti-autoritario, anti-nacionalista y bastante escéptico con cualquier grupo que se crea dueño de la verdad. Y ahí empieza la incomodidad.

Su cine no ha sido nunca derechista. En 4 meses, 3 semanas y 2 días, el enemigo era el Estado comunista convertido en aparato de control sobre el cuerpo de las mujeres. En Más allá de las colinas, examinaba el fanatismo religioso y las estructuras rígidas de la Iglesia. En Los exámenes, la corrupción cotidiana como método de supervivencia. En R.M.N., el racismo, el miedo colectivo y la facilidad con la que una comunidad se convierte en una jauría. La línea es bastante clara: desconfianza del Estado, de la Iglesia, de la comunidad, de la burocracia, del nacionalismo, del mercado moral y de cualquiera que reparta carnets de pureza.

R.M.N. El cáncer de Europa

23/05/2022 - Ricardo Fernández

Cristian Mungiu ganó la palma de Oro con Cuatro meses, tres semanas, dos días en 2017. Después volvió al Festival con Más allá de las colinas en 2012 y Los exámenes en 2016, cuando ganó el premio a mejor dirección. Todas ellas películas entre interesantes y obras maestras, todas ellas fieles retratos de la sociedad rumana, del comportamiento humano. Exactamente igual que R.M.N. Leer más

Lo que cambia en Fjord no es el método, sino el objeto observado. El sistema cuestionado ya no es comunista, religioso, corrupto o nacionalista, sino liberal-progresista. Y claro, cuando Mungiu mira hacia la Iglesia o hacia la xenofobia, asentimos preocupados con el devenir del mundo. Cuando mira hacia un Estado progresista, nos sentimos más incómodos.

El propio Mungiu ha sido bastante claro en una entrevista con Nordisk Film & TV Fund: asumía el riesgo de que le llamasen conservador porque cree necesario conservar la libertad de expresar dudas sobre asuntos sensibles, pero añadía que no está defendiendo “de ningún modo” al campo conservador. En la misma entrevista decía que la extrema derecha ha capitalizado la fractura cultural y que algunas decisiones de grupos progresistas en el poder han terminado reforzando a los conservadores. Pero remataba con una precisión importante: ninguna duda expresada en la película significa que las posiciones conservadoras sean mejores.

En El País insistía en algo parecido: no le preocupa que le llamen conservador, sino no generar debate. “Pongamos nervioso al público”, decía. También afirmaba que la empatía no vale de mucho si se ejerce solo entre iguales y expresaba miedo al auge de la ultraderecha, los nacionalismos y el fascismo basado en el racismo. No parece exactamente el retrato de alguien deseoso de hacerse socio honorífico del “Hazte Oir” rumano.

El aplauso conservador y sus cegueras convenientes

Desde el espectro conservador hay gente como Oti Rodríguez en el ABC, por supuesto, que han querido leer Fjord como un manifiesto contra la progresía. Tampoco sorprende. La derecha cultural lleva años esperando cualquier grieta para colocar ahí su mercancía: familia contra Estado, libertad contra censura, cristianos contra woke, pueblo contra élites. Todo muy vendible y bastante tramposo. Jeffrey Wells, en Hollywood Elsewhere, la ha leído directamente como un ataque al “totalitarismo socialmente progresista”, con los “zurdos” colocados en el lugar de los crueles.

De esa manera hay quien sostiene que la familia tradicional aparece humanizada frente a una burocracia sin alma. No me lo parece en absoluto. El padre, interpretado por Sebastian Stan, no genera ningún tipo de empatía automática. Es hosco, rígido, antisocial e incapaz de comportarse con naturalidad en una situación mínimamente normal. Si hablamos de gente sin alma, él compite fuerte por el título.

También se dice que la fe cristiana no se presenta como fanatismo, sino como una identidad que el sistema liberal no sabe tolerar. Es una interpretación bastante interesada. Fanáticos parecen, y mucho. Otra cosa es que el sistema liberal no sepa qué hacer con ellos. Ahí sí está la pregunta interesante. Una sociedad que presume de tolerante no se mide por lo bien que integra a quien ya piensa como ella, sino por lo que hace con quien le resulta incómodo, desagradable o directamente reaccionario.

Otro argumento conservador es que el Estado invade el espacio familiar y castiga prácticas que pertenecen a la educación privada. Ese es el tema de la película, sí, pero no lo plantea como tesis, sino como pregunta. El Estado interviene para proteger a los niños ante una amenaza de violencia y eso es incuestionable. Lo que plantea Fjord es si, con esa excusa, las instituciones se extralimitan; si en el juicio de lo ocurrido pesan otros prejuicios; si el origen, la religión, la forma de hablar o la absoluta falta de encanto social de Mihai condicionan el veredicto antes incluso de que haya una investigación completa.

Y luego está la idea de que el progresismo queda retratado como hipócrita: habla de inclusión, pero excluye al que no comparte sus valores. Yo diría que no es así, por lo menos no el progresismo como ente abstracto, sino algunos comportamientos. La abogada que ayuda a la familia, Mia, también actúa desde una convicción progresista: si defendemos los derechos de las minorías, también debemos defender a las minorías que no nos gustan. Es una frase incómoda, porque la ultraderecha se ha especializado en fingir que es una minoría perseguida cuando lo que echa de menos es mandar sin oposición. Pero la incomodidad no invalida la pregunta.

Los verdaderos hipócritas de la película son, en buena medida, los miembros del “Hazte Oir” rumano, esa asociación ultraderechista que instrumentaliza a la familia. La escena de la celebración del triunfo en la iglesia lo deja bastante claro: distorsionan el relato, manipulan a la abogada y demuestran que no buscaban justicia, sino victoria política. Un relato fabricado, sufrimiento convertido en pancarta. La ultraderecha no acompaña el dolor; lo utiliza. Donde hay una herida, ellos ven merchandising ideológico. Y eso se ve en la película.

El ataque progresista y nuestro miedo a los matices

En la otra trinchera, parte de la crítica progresista ha atacado Fjord acusándola de reaccionaria. La acusación no sale de la nada. Bruno Deruisseau, en Les Inrocks, la ha llamado directamente “film reaccionario”. Sophie Monks Kaufman, en Sight & Sound, reprochó a Mungiu que los antagonistas institucionales queden aplanados «hasta parecer villanos de ojos muertos». Es decir: que la película convierte la complejidad de los servicios sociales en una caricatura fría, laica y punitiva.

Entiendo el recelo. La película carga mucho las tintas sobre la frialdad institucional. Y cuando uno trabaja con un tema tan inflamable, la forma también es ideología. Pero no creo que el Estado aparezca como un monstruo absoluto. De hecho, el sistema termina devolviendo la custodia a los padres. Tender a la exageración y poner la parte por el todo es algo que hace muy bien la ultraderecha. Desde posiciones progresistas y empáticas deberíamos ser capaces de apreciar los matices, no de comprar marcos absolutos cuando nos convienen.

Algunos afirman que el progresismo queda caricaturizado como una nueva ortodoxia incapaz de escuchar al otro. Me hace gracia que nos moleste eso y no nos moleste tanto que el padre se ponga a tocar himnos religiosos en un piano de la escuela sin venir a cuento, una situación tan ridícula que roza la parodia. O que el Hazte Oir rumano salga ridiculizado como lo que es: una máquina de manipulación y amenaza. Toleramos los clichés como válidos y realistas cuando retratan al otro, pero nos ofenden mucho más cuando se acercan a nosotros.

También se critica que la familia queda suavizada. Que son ultraconservadores, religiosos, autoritarios, patriarcales, homófobos y partidarios del castigo físico, pero la película insiste en que aman a sus hijos y no parecen monstruos. Bien. ¿Y? ¿De verdad a estas alturas necesitamos malos muy malos para entender una película? Criticamos que se convierta a los servicios sociales en un cliché burocrático, pero parece que necesitamos que los padres ultraconservadores sean ogros de cuento. Precisamente Fjord gira en torno a eso: en caso de duda, en terreno gris, ¿hasta dónde podemos actuar? ¿Hasta dónde influye el prejuicio en nuestro veredicto? Porque, recordemos se está juzgando si esos niños están siendo maltratados físicamente, no si sus padres son homófobos.

Teniendo la información que tenemos, pensar que son malos de manual y que la película lo oculta quizá da la razón a quienes creen que nuestros prejuicios pesan más de lo que nos gusta admitir. Se puede sentir el dolor de unos padres reaccionarios sin compartir sus valores. Se puede entender la violencia emocional de separar a una madre de su bebé sin defender su modelo educativo. Se puede defender la intervención pública y, al mismo tiempo, preguntarse si esa intervención se aplica con rigidez, con prejuicio o con exceso. La madurez política empieza justo ahí.

También se acusa a Mungiu de escoger un caso extremo, favorable a la tesis anti-Estado. No lo veo así. Mungiu toma un ejemplo del que no tenemos toda la información y lo convierte en un laboratorio moral. No para decirnos quién tiene razón, sino para ver cómo actúan las distintas facciones: la familia, la comunidad, los servicios sociales, la justicia, la progresía más rígida y la ultraderecha siempre dispuesta a convertirlo todo en guerra santa.

Incluso críticas favorables, como la de Alison Willmore en Vulture, reconocen que la película se acerca en algunos momentos a una fantasía de guerra cultural de derechas, sobre todo cuando algunos representantes de protección infantil aparecen como figuras desagradables o arrogantes. Por supuesto. Ese riesgo existe. Pero Vulture también señala que Fjord tiene algo más en la cabeza que decir simplemente que los dos lados son malos: la película pregunta por la asimilación, la uniformidad cultural y los límites de la tolerancia liberal. Ahí es donde se vuelve interesante.

Si dejamos que la derecha se apropie de esa pregunta, es porque, una vez más, se la dejamos. No nos consideremos puros. Asumamos que hay cosas que mejorar y, sobre todo, hagámoslo.

Por qué creo que Fjord no es conservadora

Criticar un exceso institucional no equivale a defender el patriarcado religioso. Fjord no dice en ningún momento que los padres sean ciudadanos ejemplares. Muestra una educación rígida, patriarcal, homófoba y autoritaria. El blanco de Mungiu no es el progresismo como cultura de derechos, sino el progresismo convertido en dogma administrativo. Hay una diferencia importante.

La empatía no implica adhesión ideológica. Esta frase debería estar escrita en la puerta de muchas salas de cine. Se puede sentir el dolor humano de unos padres reaccionarios a los que les quitan un bebé lactante sin compartir sus valores intolerantes. Se puede mirar a un personaje desagradable sin exigir que la película lo castigue cada cinco minutos para que nadie se confunda. No todo personaje tratado con humanidad es un personaje absuelto. No todo dolor mostrado es una tesis política.

El tema de fondo es la asimilación cultural: hasta qué punto una sociedad liberal tolera valores que considera intolerantes sin traicionar sus propios principios democráticos. ¿Qué hacemos con quienes no quieren integrarse en los términos que nos parecen aceptables? ¿Los escuchamos? ¿Los combatimos? ¿Los reeducamos? ¿Los expulsamos simbólicamente del espacio común? Preguntas antipáticas, desde luego. Pero el cine de Mungiu suele moverse ahí, en lugares donde cualquier solución tiene costes.

En ese sentido, me parece muy acertada la lectura de Caimán Cuadernos de Cine: Fjord cuestiona la buena conciencia woke sin ceder terreno al conservadurismo tradicionalista. Esa debería ser una posición perfectamente asumible desde la izquierda. Criticar la autocomplacencia progresista no debería equivaler a entregarse al enemigo. Igual el problema es que nos hemos acostumbrado a pensar que la autocrítica es una grieta por la que entra Vox.

Mungiu teme a la ultraderecha y al racismo, pero cree que las sociedades liberales están perdiendo capacidad de autocrítica. No defiende el conservadurismo, pero sí cree que el progresismo puede convertirse en una ortodoxia coercitiva si deja de escuchar al discrepante. Esa idea puede irritar. De hecho, está pensada para irritar. Pero no es una idea reaccionaria en sí misma. Es una advertencia.

La batalla está en los grises

Mi lectura del debate es esta: Fjord no es conservadora por tesis explícita, pero sí es apropiable por el discurso conservador porque muestra con mucha fuerza el sufrimiento de la familia y con mucha dureza los posibles abusos de una intervención estatal. Negar eso sería absurdo. Pero convertir esa posibilidad de apropiación en una condena automática también lo es.

El problema real es que, como bloque progresista, no sepamos contestar a esa apropiación desde la autocrítica y el matiz. Que necesitemos narrativas limpias, casos clarísimos, víctimas perfectas, villanos evidentes y lecciones telegrafiadas para no ponernos nerviosos. Pero la política real, como el buen cine, casi nunca funciona así.

Hay que ganar la batalla ideológica desde los grises. La ultraderecha es capaz de apropiarse de cualquier discurso y retorcerlo para sus fines. Eso ya lo sabemos. Pero ese miedo no debe impedirnos explorar las fallas de nuestro propio sistema, las verdades incómodas de nuestras instituciones o los automatismos de nuestra buena conciencia.

La izquierda no debería tener miedo a la duda. La duda no pertenece a los reaccionarios. La crítica al Estado tampoco. La defensa de las libertades incómodas, menos aún. Si cedemos todo eso por miedo a que lo use la derecha, entonces la derecha ya ha ganado antes de empezar.

No al castigo físico, no al patriarcado religioso, no a la homofobia disfrazada de tradición, no a la familia como propiedad privada de los padres. Pero también no a un Estado que pueda confundir protección con castigo, prevención con prejuicio, diferencia cultural con culpabilidad. No hay que elegir entre proteger a los niños y revisar cómo los protegemos. Una sociedad progresista debería poder hacer las dos cosas a la vez.

Ahí está la verdadera batalla de Fjord. No en decidir si Mungiu es de los nuestros o de los otros, como si estuviéramos repartiendo carnets, sino en atrevernos a pensar allí donde el pensamiento empieza a incomodar. Justo ahí, en el lugar donde la ultraderecha simplifica y el progresismo a veces se asusta, es donde habría que plantar la bandera.