‘Toy Story 5’: Miedo a la tecnología

7

Reseña de Toy Story 5, de Andrew Stanton y McKenna Harris

Cuando vimos que iban a estrenar Toy Story 5, quien más quien menos tuvo una sensación de pereza. ¿Otra más? Era un poco como el meme de «Ah Shit, Here We Go Again«. Y, ojo, no porque las anteriores fueran malas. Al contrario. La cuestión era otra: ¿queda algo que contar? Lo cierto es que pensamos algo parecido cuando estrenaron Toy Story 4 y, aunque no alcanzaba el nivel excelso de la tercera parte, no estaba nada mal. Así que, ¿cómo no dar otra oportunidad a la cuadrilla de juguetes?

La pregunta, en cualquier caso, era lícita. ¿Cuántas crisis de obsolescencia puede soportar un juguete de plástico antes de que deje de importarnos? Woody, Buzz y compañía ya han superado el miedo a ser reemplazados en Toy Story, el miedo a romperse en Toy Story 2, el miedo a que el niño crezca en Toy Story 3 y el miedo a no tener dueño en Toy Story 4. Pronto descubrimos que lo nuevo es el miedo a lo digital. Y no puedo evitar pensar que lo de estos juguetes empieza a rozar la redundancia psicológica.

Regreso de un peso pesado

Toy Story 5 es, en resumidas cuentas, una película que nadie pidió, pero que Pixar necesitaba desesperadamente que funcionara tras una serie de estrenos que no han respondido como se esperaba. Por eso el estudio no se la juega. Andrew Stanton asume la dirección y el guion. No hablamos de cualquiera: Stanton ha estado en la sala de guionistas de las cuatro películas anteriores y es el director de Buscando a Nemo y WALL·E. Es decir, Pixar ha llamado al último gran arquitecto en activo de su era dorada.

Junto a él codirige McKenna Harris, directora del corto Ciao Alberto, seguramente como puente intergeneracional. Stanton pone el poso existencialista clásico; Harris, el ritmo visual y los códigos de la infancia contemporánea. Parece que Pixar se ha dado cuenta de que, para regresar a los buenos tiempos y no perderse del todo en esa deriva aséptica de los últimos años, quizá había que volver a entregar las riendas a los autores. Y se nota.

A nivel técnico, Pixar vuelve a demostrar que sigue jugando en otra liga cuando decide tomarse en serio el acabado visual. El renderizado de texturas es asombroso. Ha puesto toda la carne en el asador y no hay ni una pega con eso. Es cierto que ya nos hemos acostumbrado, pero no por ello deja de ser muy meritorio.

Una melodía conocida, aunque ligeramente distinta

Vamos al lío, a cómo hace Pixar para escapar, o no, de la trampa de la repetición. Toy Story 4 dedicó muchísimo tiempo a justificar por qué Woody debía separarse de Buzz para vivir como un juguete perdido junto a Bo Peep. Pero parece que, cuando suena una melodía conocida -un elemento externo amenaza nuestro estatus en la habitación y hay que trazar un plan-, la única salida es volver a juntar a la banda. Pero lo cierto es que Woody está ahí, sobre todo, para satisfacer la nostalgia. Su papel es residual, muy secundario, y la película incluso se ríe de eso con bastante gracia. Buzz también asume un lugar menos central, convertido con gusto en ayudante de Jessie, aunque su presencia se multiplica gracias a una línea argumental con cincuenta Buzz Lightyear de última generación que resulta ser de lo más brillante de la película. Ver al Buzz original intentando razonar con cincuenta versiones fanáticas tiene algo de comedia física clásica, pero también de comentario bastante venenoso sobre la nostalgia, las franquicias y esos fandoms que repiten eslóganes corporativos como si fueran verdades reveladas.

El caso es que la saga arrastra ya tantos muñecos que algunos quedan reducidos a un chiste por cabeza. Rex, Forky o Trixie aparecen más como recordatorio afectivo que como verdaderos personajes. Es comprensible, porque el vínculo emocional del espectador con ese grupo forma parte del contrato, pero a ratos la película parece estar pasando lista para que nadie pueda quejarse de una ausencia.

La gran novedad está en el antagonista. Por primera vez en treinta y un años de franquicia, el enemigo no tiene cara. No es Sid Phillips, no es el Oloroso Pete, no es Lotso. El enemigo es una tablet. Los juguetes ya no compiten solo contra un juguete más moderno, como Woody contra Buzz en 1995; compiten contra un agujero negro que absorbe la atención del niño. Ya no luchan por ser amados. Luchan para que los miren.

El nuevo enemigo: el mal uso de la tecnología

Ahí es donde aparece lo mejor de Andrew Stanton. La película podría haber caído fácilmente en el discurso de señor mayor gritándole a una nube porque los niños usan pantallas. Y es cierto que Stanton retrata el iPad como una forma de sedación. Luces azuladas iluminando rostros infantiles mientras los juguetes agonizan. Redes sociales como terrenos abonados para el bullying. Pero también muestra la tecnología como una forma de conectar gente con intereses similares, de compartir recuerdos, de crear… como un nuevo complemento que, bien usado, puede ser tan divertido como cualquier otro juguete.

Es difícil no ver ahí una metáfora de la propia Pixar. Los juguetes de madera, tela y plástico necesitan que el niño ponga una parte de su imaginación para que el juego exista. La tablet, en cambio, entrega el estímulo ya digerido, cerrado, autosuficiente. La película es, en el fondo, un alegato por la artesanía frente a la anestesia del contenido infinito. Ahora Pixar es el referente, el clásico, lo que defendemos, frente el ataque de la IA. El miedo a la tecnología; pero conviene recordar que Pixar también supuso en su día una revolución tecnológica frente a la animación tradicional. Como Buzz Lightyear o Jessie frente a Woody. Con Woody, un niño se lo imaginaba todo. Con Buzz y Jessie ya no tenía que imaginar su voz, hablaban “de verdad”. Aun así, con un poco de imaginación, el niño rellenaba los huecos y expandía la diversión.

Ojalá Pixar se aplique el cuento: lo que importa no es la calidad técnica, la historia conocida, el producto digerido y enlatado. Lo que importa es la imaginación y la autoría.

Claro que Toy Story 5 plantea ideas, como esta u otras sobre el consumismo salvaje -como ya hizo en WALL·E, que podría ser una especie de secuela espiritual-, que luego no se atreve a llevar demasiado lejos. Disney no va a reventar el escaparate justo antes de intentar venderte el muñeco de la película en la tienda. Pero esa contradicción está ahí. La película habla de juguetes abandonados, de productos obsoletos, de infancia convertida en mercado y de atención infantil capturada por pantallas, pero no puede morder demasiado la mano que la alimenta.

Eso sí, por mucho Disney que sea, hay cosas que no tienen remedio, por más que algunos rabien. Las protagonistas son niñas, la heroína es Jessie con Buzz y Woody a sus órdenes, el motorista Duke Caboom se apunta encantado a una “noche de chicas” y, en la relación romántica entre Jessie y Buzz, es ella quien lleva la voz cantante y quien besa al novio en el altar. ¿Woke? Si quieren llamar así al progreso, pues woke.

De todas formas, más allá de todas estas divagaciones sobre el subtexto, la autoría y la excelencia técnica, si siento que merece la pena ir a ver esta película, si se elevó por encima de otras muchas películas que he visto y veré este año, es por una sola escena. Una que hace mención al legado y la memoria, tan emocionante que, sí, me hizo derramar una lagrimita. Y eso es lo que le pido al cine: que me emocione.

Toy Story 5

Media Flipesci:
6.8
Título original:
Director:
Andrew Stanton
Actores:
Tom Hanks, Tim Allen, Joan Cusack, Greta Lee, Conan O'Brien
Fecha de estreno:
17/06/2026