Reseña de Garance, de Jeanne Herry

Jeanne Herry llega a Cannes con Garance, su cuarto largometraje como directora y guionista, una película que sigue durante ocho años a una actriz de 36 años que convive con el alcoholismo. Hija de Miou-Miou y Julien Clerc, en Garance mira a sus personajes sin juzgarlos, aunque no siempre consigue que la mirada sea todo lo ajustada que merece.

Garance, interpretada por Adèle Exarchopoulos, bebe, trabaja, se muda, se enamora, discute, sale de fiesta, intenta ordenar su vida y vuelve a desordenarla. La película evita la caída a los infiernos más evidente -no es Leaving Las Vegas– y se centra en algo quizá menos aparatoso, pero más reconocible: una adicción funcional, socialmente aceptada, camuflada en cenas, estrenos, fiestas y conversaciones aparentemente normales. La copa aparece integrada en el paisaje. No rompe nada. Precisamente por eso cuesta más ver el problema.

El gran motor de la película es Exarchopoulos. Desde La vida de Adèle la hemos visto tropezar en muchas películas, pero poco a poco va encontrando su tono y personalidad. Pocas veces, si es que alguna, ha estado como en esta pelicula de entonces. Garance puede ser encantadora, agotadora, divertida, insoportable y vulnerable casi al mismo tiempo. La actriz sostiene la película con una mezcla de carisma y cansancio, con esa sonrisa que no siempre tranquiliza porque a veces parece más bien una forma de pedir ayuda sin pedirla.

También funciona la relación entre la adicción y el oficio de actriz. Garance vive de interpretar, de colocarse máscaras, de proyectar emociones. El alcohol aparece como otra máscara más, una forma de soportar la exposición, la ansiedad y las expectativas. Herry no fuerza demasiado esa idea, y hace bien, porque la película funciona mejor cuando observa que cuando explica.

A su alrededor, Sara Giraudeau, Anne Suarez, Brigitte Sy y Mathilde Roehrich ayudan a construir un entorno teatral, familiar y social bastante creíble. Sin embargo, Garance tiene problemas de ritmo. Al abarcar ocho años, la estructura episódica resulta irregular. Algunas elipsis funcionan, otras dejan la sensación de que la película pasa demasiado rápido por momentos importantes. Hay escenas muy buenas, sobre todo cuando la cámara se queda cerca de Exarchopoulos, pero el conjunto no siempre encuentra la dosis exacta.

Tampoco ayuda la voz en off, que en varios momentos explica lo que ya se entiende mirando a Garance. En una película sostenida por una actriz capaz de transmitir tanto con tan poco, subrayar suele jugar en contra. Algo parecido ocurre con el tratamiento del alcoholismo: es lógico que Herry huya del tremendismo, pero a veces se aleja tanto del drama que la lucha de Garance parece más manejable de lo que debería.

Aun así, Garance tiene una mirada valiosa. No convierte a su protagonista en símbolo ni en caso clínico. La deja ser contradictoria, luminosa, egoísta, frágil y difícil. La película no siempre sabe qué hacer con todas esas contradicciones, pero cuando simplemente se queda observándolas, encuentra sus mejores momentos.