Reseña de El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen
Rodrigo Sorogoyen ha querido alejarse del thriller, pero el thriller sigue ahí. El ser querido no es El reino, ni Antidisturbios, ni As bestas, pero hay algo que nos recuerda a aquellas películas: situaciones claustrofóbicas, una relación de poder, una tensión que se acumula y la sensación de que todo puede romperse en cualquier momento.
La película parte de un conflicto familiar. Esteban Martínez, un famoso y exitoso director de cine interpretado por Javier Bardem, ofrece a su hija Emilia, una actriz de segunda con la carrera estancada a la que da vida Victoria Luengo, un papel en su nueva película. La excusa es ayudarla. La realidad es otra: Esteban quiere rodar una película, pero también quiere reescribir el pasado, dirigir el recuerdo de su hija y conseguir un perdón que no sabe pedir sin seguir mandando. La película que Esteban rueda está ambientada en el Sáhara español, marcando un claro palelismo: una tierra colonizada y abandonada a su suerte como espejo de una hija también abandonada, utilizada y dejada a la intemperie emocional por su padre. Así de sutil es Esteban.

El arranque es magnífico. Una conversación entre padre e hija que pronto deja de ser una conversación para convertirse en un combate. Recuerda, salvando las distancias, a la escena del bar de As bestas: distinto tono, distinta situación, pero la misma incomodidad, la misma amenaza flotando en el aire. Sorogoyen rueda de manera extraordinaria esos momentos en los que no pasa nada espectacular, pero la atmósfera se carga poco a poco hasta hacerse irrespirable. Cada frase lleva dentro años de abandono, rencor y necesidad de reconocimiento.
La otra setpiece de la película es la del rodaje que se descontrola. Lo que empieza siendo divertido pasa a ser incómodo y acaba volviéndose insoportable. Esteban presiona, exige, humilla, estalla. Bardem construye ahí un personaje temible: un hombre acostumbrado a ocupar todo el espacio, a imponer su visión y a disfrazar sus abusos de exigencia artística. No es un monstruo plano, y eso lo hace más interesante. Puede parecer arrepentido, pero casi siempre parece más preocupado por controlar el relato de su arrepentimiento.
Son dos secuencias que marcan la película y serán muy recordadas, pero conviene no quedarse solo en ellas. El ser querido tiene muchos momentos, aunque no sean tan vistosos, que son realmente brillantes.

Javier Bardem está, sencillamente espectacular. Fisicamente imponente hasta dar miedo, seductor cuando quiere, pero también frágil. Se hace difícil pensar que no sea protagonita en la campaña de premios, quién sabe si por fin ganará el Flipesci que le falta. Victoria Luengo firma una de sus mejores actuaciones. Su personaje podía haberse quedado en la hija herida, pero ella le da más capas: rabia, orgullo, fragilidad, ambición y esa necesidad dolorosa de que quien te hizo daño sea también quien te mire por fin como necesitas. Su tendencia a la intensidad excesiva está más controlada de lo habitual y, en cualquier caso, cuando la intensidad llega, está justificada. Aguantar el pulso de Bardem no es fácil, y Luengo lo aguanta sin quedar aplastada.
La gran apuesta formal de la película es el cambio constante de formatos: color, blanco y negro, digital, celuloide, diferentes texturas y formatos de pantalla. Es lo que más división de opiniones ha generado y yo, sin dudarlo, estoy en el lado de los que piensan que funciona muy bien. La película habla de recuerdos contradictorios, de ficción dentro de la ficción, de un padre que utiliza el cine para justificar su pasado y de una hija atrapada entre la oportunidad profesional y la herida personal. Tiene sentido que no haya una única imagen, porque tampoco hay una única verdad y el cine es un artificio. Cada formato puede leerse como una capa: lo que están viviendo, lo que están rodando, lo que recuerdan, lo que cada uno se cuenta para poder seguir adelante. Y el blanco y negro queda para los momentos de verdad.

Porque resulta artificial, resulta forzado y a veces es desconcertante, pero eso forma parte de la propuesta. Es artificial porque no hay una verdad, sino fragmentos de muchas con los que se construye un relato. Es desconcertante, como el torbellino de emociones y cambios que viven sus protagonistas.
El ser querido es una película poderosa. Cambia la corrupción política, la violencia policial o el conflicto rural por algo más íntimo, aunque igual de violento: un padre incapaz de pedir perdón sin intentar dirigir la escena de su redención. Incapaz de pedir perdón porque necesita tener razón.
