Reseña de Paper Tiger, de James Gray
James Gray vuelve al entorno criminal y a los márgenes neoyorquinos, al género que le lanzó con La noche es nuestra o La otra cara del crimen. También vuelve a otra de sus obsesiones: las fisuras del sueño americano y, sobre todo, al mundo que ya reflejó en Armageddon Time, gandara del Flipesci Cannois, cuando giró su mirada hacia 1980 para contar el aprendizaje moral de un niño judío de Queens. Un niño que descubría que las reglas no eran iguales para todos, que el esfuerzo funciona bastante mejor cuando se parte con ventaja y que el sueño americano tenía, en realidad, varios vigilantes en la puerta. Allí Gray ahondaba en el drama familiar y en el nacimiento de un mundo que, con el tiempo, acabaría teniendo a Donald Trump como consecuencia grotesca.
Paper Tiger se mueve en ese mismo universo, en la misma época y en un ecosistema moral muy parecido. Familias judías de clase trabajadora, padres que buscan prosperidad, hijos que observan desde casas modestas y hombres que confunden proteger a los suyos con no admitir nunca que están asustados. La diferencia es que aquí Gray se adentra en el thriller. Un thriller criminal con mafia rusa, corrupción municipal, residuos tóxicos en el Canal Gowanus y amenazas nocturnas que se van cerrando como una trampa; pero también un melodrama íntimo sobre el miedo a fracasar como padre, marido, hermano y hombre.
‘Armageddon Time’: Diferentes reglas
21/05/2022 - Ricardo FernándezEn un momento en el que el Privilegio Blanco está sobre la mesa, es objeto de debate y críticas (en su mayoría bastante ignorantes), James Gray da una lección sobre el tema. Sin aspavientos, sin redenciones ni buenismos; pero sin complacencia tampoco. Leer más
La película sigue a Irwin Pearl, interpretado por Miles Teller, un ingeniero honrado, trabajador y cada vez más presionado, y a su mujer Hester, a quien da vida Scarlett Johansson, que sostiene la casa mientras arrastra sus propios problemas. El hermano de Irwin, Gary, interpretado por Adam Driver, es un expolicía carismático, seductor, fanfarrón y peligroso, de esos tipos que parecen saber siempre dónde está el dinero aunque, en realidad, lo que saben es dónde está el peligro. Gary le ofrece a Irwin un trabajo aparentemente sencillo: firmar un informe técnico para una limpieza en el Canal Gowanus a cambio de diez mil dólares rápidos. Dinero suficiente para aliviar tensiones, pagar lo que haya que pagar y seguir fingiendo que todo está bajo control.
El negocio, por supuesto, es una tapadera de la mafia rusa. Gray muestra cómo el capitalismo depredador no necesita esconderse demasiado: le basta con un contrato firmado, una apariencia de legalidad y un padre desesperado. El crimen organizado no irrumpe desde fuera; entra porque la corrupción sistémica ya había dejado las puertas mal cerradas.

Ahí reside el corazón de la cinta: el sueño americano convertido en pesadilla por acumulación de pequeñas presiones. Irwin y Gary representan dos maneras de hundirse ante el terror de no estar a la altura. Gary peca de arrogancia, creyendo que puede dominar los bajos fondos con contactos, encanto y mucha labia. Irwin cae por algo más doloroso: la necesidad de proteger a los suyos. Un mundo construido sobre falsas certezas -el prestigio del trabajo honrado, la masculinidad protectora, la promesa de ascenso social- que parecen sólidas hasta que alguien empuja un poco.
Y cuando empujan, Gray demuestra que sigue siendo un gran director de suspense. Hay una secuencia brillante en la que unos intrusos entran en la casa y profanan el espacio doméstico. Gray la convierte en algo angustioso a base de ruidos y sombras, entendiendo que hay algo terrorífico en esa invasión silenciosa: decirte que tu hogar ya no te pertenece. La amenaza no solo pone en peligro a la familia; destruye la ilusión de que la familia está a salvo dentro de sus propias paredes. El dolor de unos hijos descubriendo que su padre no puede protegerles de todo ante la vergüenza de este.

Formalmente, Gray envuelve la cinta en un elegantísimo clasicismo otoñal, rodado en 35mm, lleno de ocres, marrones y rojos apagados. La Nueva York de 1986 no aparece como un parque temático nostálgico, sino como la constatación de una época en la que Wall Street, el dinero fácil y la cultura del pelotazo empezaban a medir la dignidad humana. Heredero de Sidney Lumet y Elia Kazan, Gray utiliza los elementos clásicos del melodrama criminal para hablar de emociones crudas y sinceras, alejándose del cinismo y de la ironía de estos días.
El reparto sostiene muy bien esa apuesta. Adam Driver está espléndido como Gary, porque entiende que el personaje no puede ser solo un encantador de serpientes. Hay algo ridículo en él, algo peligroso, algo patético y algo verdaderamente doloroso. Miles Teller, por su parte, encuentra el punto justo de Irwin: un hombre que no quiere ser débil, pero al que se le nota cada vez más el temblor. Su rostro va registrando el paso de la ilusión al miedo, del miedo a la culpa y de la culpa a una forma desesperada de amor. Scarlett Johansson está muy bien, incluso cuando la película no termina de darle todo el espacio que su personaje parece pedir. Hester es el ancla emocional de la historia, pero también el personaje que queda algo más subordinado a la maquinaria del thriller y al drama masculino. Sus migrañas, sus silencios y su diagnóstico tienen una enorme fuerza emocional, pero quizá habría sido interesante conocerla un poco más antes de convertirla en herida. No es un problema grave, porque Johansson llena muchos huecos con su actuación, pero sí la pequeña pega de una película que, por lo demás, funciona con una precisión admirable.

En diálogo directo con Armageddon Time, si aquella abordaba a un niño descubriendo que las reglas estaban trucadas, Paper Tiger muestra a los adultos perdiendo una partida amañada de antemano. Rodeada de corrupción, deudas, enfermedad y crimen, la grandeza de la película reside en su enorme ternura. Gray no aplasta a sus personajes bajo el peso del cinismo; los mira con compasión, incluso cuando se equivocan, incluso cuando se destruyen intentando hacer lo correcto. Al final, lo que importa no es la mafia rusa ni el contrato corrupto, sino el pánico desgarrador de un padre al darse cuenta de que quizá no podrá cumplir esa promesa de que todo va a salir bien.
