6.5

Reseña de Gentle Monster, de Marie Kreutzer

Marie Kreutzer venía de conseguir un importante reconocimiento internacional con Corsage, una película que revisaba la figura de Sissi desde un lugar más libre, contemporáneo y rebelde de lo habitual en el cine de época. Con Gentle Monster cambia completamente de registro. No hay aquí juegos de estilo especialmente llamativos, ni una voluntad de modernizar un imaginario conocido, sino una película mucho más seca, fría y contenida, sobre una de esas situaciones que cuesta incluso imaginar: descubrir que la persona con la que compartes tu vida esconde una atrocidad.

El punto de partida resulta inevitablemente incómodo por su cercanía con la propia experiencia de Kreutzer. Uno de los actores de Corsage fue condenado por posesión de material de abuso sexual infantil, y la directora se vio convertida, de alguna manera, en daño colateral de aquello. No víctima directa, claro, porque ahí conviene no desplazar el centro del horror, pero sí alguien obligada a convivir con las consecuencias de haber trabajado con una persona que escondía algo monstruoso. Gentle Monster nace de esa zona incómoda: la de quienes están alrededor del monstruo, quienes no han cometido el crimen, pero tienen que recolocar su memoria, sus afectos y su propia relación con la persona que creían conocer.

La película traslada esa situación al interior de una familia. Lucy Weiss, interpretada por una magnífica, como casi siempre, Léa Seydoux, es una pianista de éxito que descubre que su marido, al que da vida Laurence Rupp, no es solo el marido atento y el padre cariñoso que ella pensaba. La película podría haber ido por el camino más evidente: el escándalo público, los medios de comunicación, la presión social, la familia señalada. Pero Kreutzer evita esa vía. No hay turba mediática, ni grandes escenas de exposición pública, ni una comunidad entera juzgando a Lucy desde fuera. De hecho, ni siquiera su madre, interpretada por Catherine Deneuve, conoce la verdadera causa del colapso de su matrimonio.

Ese es uno de los aciertos de Gentle Monster. La película entiende que el infierno de Lucy no necesita manifestarse en forma de ruido exterior. El mundo sigue funcionando. Ella sigue dando conciertos. La gente sigue saludando. La vida mantiene sus rutinas. Y precisamente por eso resulta más angustiosa. La tensión no está en que todos sepan algo, sino en que casi nadie lo sabe. No está en el escándalo, sino en el secreto. No en el juicio social, sino en la imposibilidad íntima de saber qué hacer con una confianza destruida.

También es importante que la película esquive el morbo. No vemos los actos del marido, no se recrea en detalles gráficos, no convierte el crimen en espectáculo. El centro está en Lucy y en esa especie de disonancia brutal entre lo que sabe ahora y lo que creía saber antes. ¿Cómo se mira a alguien que ha sido parte de tu vida cuando descubres algo así? ¿Qué ocurre con los recuerdos felices? ¿Quedan anulados, contaminados, convertidos en otra cosa? La película acierta cuando se queda en esas preguntas y no intenta cerrarlas demasiado.

Ahí aparece uno de sus temas más interesantes: la dificultad de juzgar con limpieza moral a quienes queremos. Es muy fácil ser implacable con un desconocido. Mucho más difícil cuando el horror tiene la cara de un hijo, de una pareja, de un padre o de un amigo. Eso no significa justificar nada, y la película no lo hace, pero sí se atreve a entrar en una zona incómoda: la de los mecanismos de defensa, las excusas internas, la necesidad casi desesperada de encontrar una explicación que permita seguir respirando. No porque el culpable merezca comprensión, sino porque la persona que lo quería necesita entender cómo ha podido vivir sin verlo.

Para contar todo esto, Kreutzer apuesta por una puesta en escena contenida, casi clínica. La cámara observa mucho y subraya poco, al menos durante buena parte del metraje. El rostro de Léa Seydoux sostiene la película. No hay grandes explosiones dramáticas, ni escenas pensadas para lucimiento evidente. Seydoux trabaja desde la tensión de la mandíbula, desde una mirada que parece apagarse por dentro, desde pequeños gestos de asco, miedo o incredulidad. Lucy no se derrumba de golpe, se va quedando atrapada en una especie de parálisis moral y emocional. Y la actriz transmite muy bien esa sensación de estar llevando encima un secreto que pesa demasiado.

El uso del sonido también es uno de los elementos más logrados. Lucy es pianista, así que la música forma parte natural de su vida, de su identidad y de su posición social. Pero Kreutzer no utiliza el piano como simple elemento elegante o como acompañamiento emocional. Lucy no es una pianista convencional, su propuesta es deconstruir canciones pop y convertirlas en otr cosa, a veces mucho más disonante y agresiva que la original. Como el mundo de Lucy, aparentemente ordenado, culto y burgués, que empieza a sonar de otra forma, como si nadie hubiera puesto atención en los arreglos que acompañan a la melodía.

Hay algo de Michael Haneke en esa forma de introducir una violencia moral dentro de espacios burgueses, limpios y educados. En la idea de que bajo una superficie civilizada puede abrirse una grieta muy profunda. Gentle Monster se mueve en ese territorio de salones impecables, silencios incómodos y emociones reprimidas.

Donde más cojea la película es cuando se desdobla en dos tramas. Una de ella sigue a Elsa, la policía encargada del caso, interpretada por Jella Haase, que cuida de su padre enfermo de demencia y que comienza a aflorar comportamientos muy negativos. La intención se entiende: colocar un espejo frente a Lucy, mostrar cómo todos podemos ser muy duros juzgando desde fuera y mucho más contradictorios cuando el conflicto entra en nuestra propia familia. En la práctica funciona peor. Cada vez que la película se desplaza hacia Elsa, pierde fuerza. El paralelismo no tiene la fuerza o el interés necesario para que no parezca una película descompensada.

Gentle Monster tiene un punto de vista poco habitual y bastante ineresante. No coloca el foco en el criminal ni en el procedimiento judicial, sino en quienes quedan atrapados en la onda expansiva de sus actos. En esas personas que no han hecho nada, pero a las que el horror también les cambia la vida. Es una película irregular, pero también una obra áspera y pertinente sobre algo que el cine no suele mirar demasiado: la imposibilidad de separar limpiamente el amor, la culpa, el asco y la necesidad de seguir viviendo cuando el monstruo estaba dentro de casa.

Gentle Monster

Media Flipesci:
6.2
Título original:
Director:
Marie Kreutzer
Actores:
Léa Seydoux, Catherine Deneuve, Jella Haase, Laurence Rupp, Sylvester Groth