Han pasado 6 años desde el estreno de Parásitos, la anterior película de Bong Joon-ho con la que consiguió la hazaña de ganar el Oscar a mejor película con una producción coreana. De hecho, fueron cuatro estatuíllas: película, dirección, guión original y, por supuesto, película internacional. Esto le abría las puertas de Hollywood definitivamente, si no las tenía ya abiertas. Ya había dirigido Snowpiercer en inglés con actores como Tilda Swinton, Chris Evans o Ed Harris. También había dirigido Okja, en uno de esos intentos de Netflix de demostrar cierta calidad, con Tilda Swinton y Paul Dano. El caso es que lo tenía fácil para haber hecho una película en la línea de Parásitos, sin complicarse demasiado la vida, pero no es ese el estilo de este cineasta. Hace lo que le da la gana y ha vuelto a plantear una ciencia ficción de lectura política en la línea de Snowpiercer, en la que se ha gastado un buen dinero. Mickey 17, con Robert Pattinson y un caricaturesco Mark Ruffalo. La osadía me parece genial. La peli en sí no me ha interesado tanto.
Mickey 17 tiene cosas muy buenas a las que ya nos tiene acostumbrado Bong Joon-ho. Dirige con mucho ritmo, y con mucha fuerza visual. Además, los efectos especiales son excelentes, algo que uno podría pensar que es lo mínimo en producciones que superan los 100 millones de dólares, pero ya sabemos por las entregas de Marvel que eso no es así en absoluto. Parece mentira pero tener una dirección eficiente y una factura de calidad no es la norma en los títulos más caros de Hollywood. Ya solo por eso, esta película está muy por encima de esas.
Se trata de la adaptación de una novela de Edward Ashton adaptada por el propio director. Por más que uno de los Oscars que tendrá en su vitrina diga lo contrario, creo que uno de los puntos fuertes de Bong Joon-ho no es la escritura de guión. Las ideas quizá sí, pero no tanto el desarrollo y creo que es una adaptación pobre. Y no me refiero a que sea peor que el libro, que no puedo saberlo porque no he tenido el gusto de leerlo, sino a la ejecución de la adaptación. Usa recursos manidos como el flashforward inicial y el consiguiente resumen rápido de los hechos previos. Esto ya digo que está bastante manoseado pero vale, es aceptable. El problema es que para situarnos en la premisa tenemos explicaciones detalladas en voz en off, lo que tiene sentido para una novela pero resulta bastante torpe para una versión cinematográfica. Pero es que la voz en off no acaba ahí. Continúa inagotable explicando cada detalle de lo que ocurre, cada pensamiento del protagonista -sí sí, escuchamos sus pensamientos-, cada explicación de la propia trama. No se puede llevar así una novela a la pantalla, volcando las palabras sobre el guión como si fuera el mismo lenguaje, por mucho que después como director, con su garbo dirigiendo y su buen montaje lo adorne un poco. Parece diseñada para estar mirando el móvil y no perderte nada.
Quizá el problema más grave o, por lo que estoy leyendo, el que molesta a más espectadores, es que la película se vaya perdiendo según avanza. La idea está más o menos clara en su primera mitad, la cuestión de los prescindibles, pero no parece que sea capaz de sacarle suficiente partido y poco a poco va perdiendo relevancia hasta llegar a un clímax en el que realmente deja tener relación con la acción, más allá del gusto visual de ver a Pattinson en dos papeles. Bong Joon-ho tiene que apoyarse en otra subtrama porque la que tenía ya no tiene más desarrollo, exactamente igual que le ocurría en su celebrada Parásitos. Pierde fuelle aunque aún se puede seguir disfrutando del espectáculo. La premisa de clonación pasa a ser una historia estándar sobre genocidio extraterrestre, con ecos de Starship Troopers pero muy lejos de su rotundidad. Ya antes de que la película pierda el interés por su propia premisa de clonación, había traicionado su propio planteamiento, aplicando diferentes personalidades a los clones. Dos personalidades distintas, casi opuestas, dan mucho más juego con una concepción típica de buddy movies, pero rompe por completo la premisa. De nuevo, una solución facilona que se carga cualquier posibilidad de reflexión filosófica sobre el yo, más allá de destacar de manera bastante naif que, como decía Mecano, el que muere no vive más. Sí, al nivel de las letras de Mecano está la cosa.

Para mí hay otro problema que lastra la película mucho más que su declive, aunque haya sido menos comentado porque quizá a otros espectadores no les pese tanto. Estamos ante una película de colonización interplanetaria, seres alienígenas, naves-ecosistema. Un montón de grandes temas de ciencia ficción y sin embargo la película resulta tremendamente prosaica. Por decirlo claramente: no me ha hecho viajar a esos mundos fantásticos. De los bajos fondos de la tierra a un exoplaneta helado no parece haber más que un pobre viaje rutinario. El sencillo viaje a Marte de Mars Express era mucho más evocador y es que el director se paraba a oler las flores. Lo que te llevaba a Tatooine, el planeta en el que creció Luke Skywalker, no eran las naves espaciales y los droides, era el atardecer de los dos soles con la música de John Williams. En Mickey 17 tenemos un paisaje nevado que bien podría ser Alaska y no habría diferencia alguna. Salir al espacio es como bajar al garaje. En la reciente Alien:Romulus, antes de que se convierta en un parque temático con el fan service a tope, tenemos un primer acto en un planeta de colonos que te transporta a allí, a un lugar diferente, extraño, evocador, con su propia cotidianidad. Por no hablar de todas las entregas anteriores de Alien. En Mickey 17 el contexto da igual, y en la ciencia ficción, el contexto lo es todo.
El problema parte de que, al primero que le da igual es a Bong Joon-ho. Él está a otra cosa. Quiere montar su sátira del poder corrupto y le viene igual de bien la mansión de Parásitos que una enorme nave espacial. Es absolutamente irrelevante cuál será la terraformación del exoplaneta nevado o cuáles son las consecuencias anatómicas de la clonación. Da igual porque todo el artefacto de ciencia ficción no es más que un decorado de cartón piedra, un disfraz de carnaval muy trabajado que en realidad nos habla con los pies en la tierra y mirando al suelo. No despega. La fantasía está completamente prostituida para servir a los intereses de la parodia política. No hay magia. La ambientación, muy correcta a nivel de producción, es como todo en esta película, totalmente superficial. No importa la ciencia ficción, no importan los personajes, no importa el conflicto. Le falta alma por todas partes. Se siente como un clon perfecto imprimido por la maquinaria que critica.

Todo se reduce a un sainete con un Mark Ruffalo ya oficialmente encasillado en papeles grotescos y grimosos, después de Pobres criaturas. Una especie de caricatura de Trump, divertida al principio, un poco cargante hacia el final (mucho más que en la de Lanthimos, donde estaba más dosificado). En ese tono esperpéntico que ya es marca de la casa, le acompaña la siempre convincente Toni Collette en un papel que sugiere que quizá Tilda Swinton no estaba disponible. Swinton por su parte ha estrenado otra distopía futurista sobre la lucha de clases y la supervivencia a costa del exterminio, pero bastante más afinada: The End. Ni que decir tiene que la metáfora sobre la desigualdad, la precariedad y los prescindibles, resulta obvia. Agradezco que el director esté tan interesado en mostrar estos temas a lo largo de su carrera, pero me queda la impresión de que hay que trabajarlo mucho más.
