La Rambla de Barranchina, el barranco en medio de Teruel que Oliver Laxe ambienta como la localización marroquí de la rave de Sirat, lleva en pie cientos de miles de años. Mientras la erosión fluvial y eólica formaba su imponente muro escarpado ya iniciado el cuaternario, alguno de nuestros predecesores, en algún lugar de África, se esforzaba por sacarle rendimiento a una piedra afilada. Esas paredes han estado ahí mucho antes de que nuestra civilización dominara el planeta, pero han convivido con nosotros como especie. La película comienza con un ritual. Una comunidad instalando enormes altavoces que resonaran contra el muro. Esta presentación tiene un carácter casi documental. Laxe organizó una rave real con aficionados de verdad y los grabó. Como los preparativos para el musical de Jesucristo Superstar en mitad del desierto, una manera de difuminar la preparación de la propia película con el inicio de la historia. Como el auditorio del inicio de Tenet. Aquella superproducción tiene algo en común con este cine más alternativo: la idea del cine como experiencia y la invitación a sentir más que a entender.
Más que un simple pasatiempo, parece una ceremonia para conectar con la roca. La electrónica inunda el lugar. Paradójicamente, el sonido procedente de los instrumentos más sofisticados del ser humano resulta extrañamente primitivo, como vibraciones telúricas procedentes de la misma era que vio nacer al barranco y al ser humano. Como si ese sonido llevara en nuestros genes desde el principio, y nuestros enormes equipos musicales solo lo hubieran despertado. Quizá no sea tan paradójico. Desde la cumbre de complejidad de las polifonías de Bach, la música ha ido tendiendo a un sonido cada vez más sencillo, más desnudo, más esencial. Más primitivo.

Todo el primer acto reverbera. Las torres de sonido contra el paisaje y la gente. No solo lo escuchamos, también vemos la vibración. El trabajo sonoro es excelente. La película te empuja hacia dentro, a formar parte de la rave. El entorno es un personaje más, las paredes son observadoras silenciosas. Los cuerpos se mueven de manera instintiva, desconectados de las convenciones sociales pero, al mismo tiempo, formando una comunidad tribal. No ejecutan bailes pautados con normas previstas. Se mueven como lo piden sus cuerpos, como lo necesitan. Con el raciocinio anestesiado por las drogas. Cuerpos defectuosos, rotos, amputados. Con pasados defectuosos, rotos, amputados. Asqueados de una sociedad con la que no conectan. Huyendo hacia lo esencial. Aunque la trama asoma desde el principio -estoy buscando a mi hija- toda esta secuencia inicial tiene una energía animal que está por encima de los sucesos humanos.
El «documental» deja paso al cine de aventuras. El viaje del héroe comienza como es habitual con una decisión. Aquí es un volantazo, una corazonada, una determinación valiente, seguramente temeraria, insensata. El primer ejercicio de aceptación del personaje. Salirse del camino marcado. Un viaje con referencias claras a Mad Max: Fury Road, como admite sin problemas el propio director. Recordemos que aquel convoy también llevaba su propia rave. Música, camiones levantando el polvo del desierto al salir del asfalto civilizado y sobre esta imagen impacta tardío el título de la película en letras grandes. Porque ha empezado el camino, que es lo que significa Sirat. A partir de aquí, además de la referencia plástica de Mad Max, la película se acerca mucho a Sorcerer de William Friedkin (referencia que también admite Laxe). Aventuras similares en camiones transitando por caminos salvajes, aunque en este caso, la “carga maldita” la lleven los personajes en su interior. Pero sobre todo, una evolución mística de la aventura más práctica hacia el viaje espiritual, descenso a los infiernos en un paisaje cada vez más místico y alucinado.
Como en la película de Friedkin, la recta final parece casi un sueño, o una pesadilla. Como en aquella, el paisaje se vuelve casi abstracto. “Rave” significa literalmente “delirio”. Esa deriva hacia lo onírico y esa representación casi fantástica -desde luego, simbólica- del paisaje, me recuerda bastante al descenso psicológico a los infiernos que en Mandy se representaba por un entorno ambiguamente mágico. La pesadilla de la pérdida. Si uno intenta reconstruir todo el tramo final, especialmente después de la ingesta de drogas, parece que estuviera explicando un sueño, con situaciones que sin ser fantásticas -no es un sueño Daliniano con imágenes grotescas imposibles- tiene algo de irracional, de puramente conceptual. Una situación que deja atrás la verosimilitud para funcionar con otros códigos. Cargada de significado trascendental y con el verdadero cierre del arco emocional del personaje, esta recta final no pretende cerrar la trama, sino llevar a los personajes al límite. Sirat es un viaje hacia la aceptación. La aceptación de la insignificancia del ser humano ante los caprichos del azar y la indiferencia de la naturaleza. Algo de horror cósmico, como en Mandy, aunque aquí más compasivo.

El horror de la naturaleza indiferente
La representación de lo natural, de lo salvaje, como un entorno hostil donde la aparente protección de la civilización no nos ampara, es un tema recurrente en cine. Lo salvaje puede ser un lugar lejano, la enfermedad o un accidente. La naturaleza es el azar, aquello que escapa de nuestro control. Sin entrar en cuántica, quedándonos solo con la física clásica, podríamos definir el azar simplemente como aquellos procesos que escapan a nuestro control. La civilización es una batalla contra el caos. La naturaleza es lo desconocido que espera fuera de los muros de los colonos de La bruja de Robert Eggers. El azar indiferente es el que vuelve loco a los personajes de Anticristo de Lars von Trier, otra película que podría emparentarse claramente con Sirat. Pero mientras estos autores se acercan a la vulnerabilidad del ser humano ante la naturaleza desde el enfoque de la desesperación, Laxe toma una actitud igual de dramática pero mucho más serena. Una postura hasta cierto punto positiva desde la aceptación de la atrocidad azarosa. No sé si es una película curativa como ha dicho él, con todo su ego autoral, pero desde luego puede resultar catártica.

En Sirat también hay un enfrentamiento entre lo individual y lo colectivo. Entre la decisión de elegir tu propia familia y lo inevitable de pertenecer a la humanidad. Hay un viaje que va desde el conjunto de vehículos privados, juntos pero no revueltos por rutas anárquicas, hasta el tren que atraviesa el desierto, transporte colectivo y programado por excelencia. En ese camino de lo personal a lo social hay una pequeña evolución de integración de diferentes en un camino común. Por supuesto que hay una lectura política. Mientras se inicia una gran guerra, los protagonistas deciden simplemente tomar otro camino, como si pudieran escapar del mundo apagando la radio. Ser ajeno a las tragedias que la propia humanidad provoca. En un momento de horror en el mundo, con un genocidio en marcha y con guerras que amenazan una escalada aterradora, una opción es bailar y llorar, como dice Joe Crepúsculo. Pero la realidad no desaparece al otro lado de las montañas. No podemos ser ajenos al horror. Primero en un sentido físico, porque si escala lo suficiente nos termina estallando en las narices. Segundo, porque a la mayoría nos es imposible soportar la tragedia ajena.
Sirat empieza con una fiesta de europeos en África. Una fiesta que lleva a otra fiesta y que no tiene intención de parar porque el mundo se derrumbe. Solo hay que subir el volumen de la música, quedarse sordo. La vieja Europa y su precario bienestar que pretende protegerse de las tragedias del mundo con un muro. Finalmente tiene que asumir que su seguridad es relativa. Que la guerra está a las puertas de Europa, que los genocidios estropean Eurovisión, que las playas paradisíacas también recogen los cadáveres de aquellos a quienes intentamos mantener fuera de la utopía. Vamos todos en el mismo tren. La misma vía, el mismo camino delgado y afilado. La tragedia atroz para un individuo del primer mundo es el pan de cada día en otros lugares. La vida está llena de minas y a veces solo queda asumir el azar y continuar hacia delante, porque atrás no hay nada. La vieja y decadente Europa no puede escapar siempre al dolor. A veces hay que dejar los altavoces abandonados en la arena. Llega un momento en el que hay que aceptar que se acabó la fiesta.
Si quieres conocer otro punto de vista, esta es la reseña de Ricardo
Sirat: se acabó la fiesta
10/06/2025 - Iñaki Ortiz Gascón7.5 La Rambla de Barranchina, el barranco en medio de Teruel que Oliver Laxe ambienta como la localización marroquí de la rave de Sirat, lleva en pie cientos de miles de años. Mientras la erosión fluvial y eólica formaba su imponente muro escarpado ya iniciado el cuaternario, alguno de nuestros predecesores, en algún lugar de […] Leer más
