Reseña de Hamnet, de Chloé Zhao

Escondido bajo la manga hasta pocos días antes de su primera gala, la Seminci sorprendió con el estreno nacional de Hamnet, el anticipado drama histórico de Chloé Zhao. El título, que encabeza todas las predicciones de la temporada de premios, llega tras su paso por Telluride, donde se estrenó, y su triunfo en Toronto, donde obtuvo el premio del público.

Protagonizada por Jessie Buckley, Paul Mescal, Emily Watson y Joe Alwyn, Hamnet narra la historia que inspiraría la creación de la obra cumbre de William Shakespeare, Hamlet. La coproducción angloamericana cuenta con Chloé Zhao como directora, coguionista —junto a Maggie O’Farrell, autora de la novela homónima en la que se basa el guion— y montadora, labor que comparte con Affonso Gonçalves. Aunque Nomadland haya sido su mayor éxito, la relación de Zhao con la Seminci se remonta a 2017, cuando su segundo largometraje, The Rider, se alzó con la Espiga de Plata, el Premio Pilar Miró a la mejor nueva dirección y el galardón al mejor actor. El proyecto cuenta además con el respaldo de productores tan ilustres como Sam Mendes y Steven Spielberg.

En Hamnet, Zhao se atreve a desafiar el significado de la célebre frase: “ser o no ser, esa es la cuestión”. Ser: estar vivo, para lo bueno y para lo malo. No ser: estar muerto, soñar, no sentir dolor. El montaje traduce esa dualidad a la propia estructura del filme, dividido en dos piezas. La primera —la vida— sigue el enamoramiento de Agnes y William, el crecimiento de sus hijos. La segunda —el duelo— muestra a un William distante, mientras la peste les arrebata a un hijo. En la primera mitad, la cámara opta por planos fijos y distantes, concediendo libertad al espectador para decidir dónde mirar. En la segunda, se acerca a los rostros, adopta el pulso de la cámara en mano: Chloé Zhao sabe perfectamente cómo obligarnos a mirar aquello que nunca quisimos ver.

A priori, recrear una historia basada en William Shakespeare parece asegurarte una historia, un terreno narrativo cómodo, casi infalible. Zhao, sin embargo, elige el camino contrario: explora el instinto materno, rescata la figura de las mujeres consideradas brujas en aquella época y da espacio al duelo en una narración donde habría bastado con centrarse en el héroe, en Shakespeare. La ficción le sirve para imaginar a un hombre que monta una obra de teatro para que su esposa comprenda cómo él está viviendo la pérdida de su hijo; algo que las palabras, por sí solas, no pueden expresar.

Puede que la estructura partida en dos no resulte fácil para un espectador acostumbrado a las formas clásicas del guion, donde el detonante suele llegar al inicio. Puede que esos planos lejanos y fríos del principio generen dudas. Pero tal vez no exista otra manera de hacer que el espectador se enfrente de lleno al dolor que acompaña al duelo.

Hamnet llegará a los cines a finales de enero. Le seguiremos la pista durante la temporada de premios.