El cine, como otras artes, refleja el estado de ánimo de la sociedad. Este The Batman (2022), así como otras películas recientes, parecen diseñadas para una generación cansada, harta, abandonada, descreída, sin esperanza, que ya no está dispuesta a poner buena cara. Tomando como partida esta película voy a dar un pequeño repaso a cómo parte del cine comercial actual da respuesta al estado emocional de los nuevos espectadores.

La tendencia de las películas de Batman desde Tim Burton, con la espantosa excepción de las dos entregas de Schumacher, ha sido moverse hacia la oscuridad, la violencia y un mayor realismo. Se han ido acercando al universo corrupto y violento que imaginó Frank Miller. Lo plasma muy bien un meme de un autor que desconozco pero que ha debido nacer en 1981 como yo:

 

Burton, Nolan y ahora  Matt Reeves se han ido moviendo a un tono cada vez más realista y sucio. Este es un batman a ras de suelo en lugar de un vigilante desde las alturas. Un batman que llama a la puerta. Un batman tristón. Un cachas bien armado que es visto como un freak por la sociedad. En este sentido se acerca al Super de James Gunn, una película paródica de un friki que se pone un traje y reparte hostias. Esta no tiene una intención cómica como aquella pero sí que comparte un cierto realismo terrenal. En su máscara de cuero se aprecian las costuras.

A Rainn Wilson como a Pattinson, se le notan las costuras

A Catwoman ya no le han resucitado sus gatos como a la inolvidable Michelle Pfeiffer; ni siquiera es la glamourosa, felina y peliculera Anne Hathaway. Simplemente es una ladrona sexy, atlética y peleona, aficionada al cuero y al látex. Es más Selina que Catwoman y la prueba de ello es que lleva casi todo el rato el rostro descubierto. Algo adecuado para la generación del reality que creció siempre con la idea clara de que Hannah Montana era Miley Cyrus ya en la ficción.

Selina usa poco la máscara

La tendencia está ahí y, sobre todo, está claro lo que funciona y lo que no. Parece que el público se ha vuelto más descreído, más desesperanzado, más cínico. Con la excepción de los productos Disney de usar y tirar que siguen sabiendo manejar el mercado pero no dejan demasiado poso. Por ejemplo, la nueva adaptación de Dune de Denis Villeneuve, deja lejos los excesos coloridos y estrambóticos de Lynch y queda un sentimiento melancólico y mortecino. Por cierto, mismo director de fotografía que el Batman de Reeves: Graig Fraser. Otro ejemplo significativo es la última de Bond, Sin tiempo para morir, que es cierre de una etapa que ya de por sí había apostado por evitar la fantasía, nos muestra a un 007 más humano, más vulnerable, más emocional, que si bien mantiene elementos de identidad de la saga, transmite un tono bien distinto. Una película que incluso juega con los códigos del género de terror (home invasion) en su introducción.

Chalamet compite con Pattinson en tristura

Volvamos a Villeneuve: Blade Runner 2049 es una refutación del mito del elegido (algo que también podemos ver en el episodio VIII de Star Wars). Las figuras heroicas y la esperanza dejan paso a una lucha diaria con más pragmatismo que ilusión. La nueva generación, se nos dice en la película, “no ha visto un milagro”. Representa a ese espectador que hoy va de los 20 a los 40 que se comió la crisis económica, que vive peor que sus padres -o al menos con peores expectativas- y que no tiene la confianza de las generaciones anteriores en que las cosas vayan a ir a mejor. Sobre todo, lo que se ve en la película es una generación resignada. Y eso que cuando se estrenó Blade Runner 2049 todavía no habíamos pasado la peor pandemia en 100 años y una guerra en Europa. Esta generación ya no cree tan fácilmente en el elegido, en un héroe que nos sacará de todos los problemas. Incluso en Mátrix 4, la reciente última entrega de la saga, se relativiza, se explica que las cosas no son tan sencillas, tan binarias. Al público de hoy le cuesta más admitir los sueños de victoria absoluta.

Blade Runner 2049. Otro que no tiene su mejor día

El ambiente que plantea la nueva Batman es similar. Ciudadanos que no creen en las instituciones, que ya no cuentan con que puedan resolverles nada. Se sienten desamparados, solos, abandonados a su suerte. En la trilogía de Nolan ya asomaba esta cuestión. En su segunda entrega, El caballero oscuro, que es todavía del inicio de la crisis (2008), se plantea la importancia de no perder los símbolos y los modelos que nos hacen mejores (Harvey Dent) en medio de un nido de corrupción irrespirable. En la tercera, El caballero oscuro renace, estrenada en 2012, la crisis económica ya había entrado de lleno, y sobre todo, la crisis política en la que estaban emergiendo movimientos como Occupy Wall Street, que aparecen reflejados casi sin disimulo. En ella la actitud de la población de Gotham es depresiva, rabiosa. Están dispuestos a seguir a cualquier líder populista que prometa soluciones drásticas. Es una película invernal, desolada, desesperanzada, aunque aún hay espacio para héroes mártires.

Bane aprovechando la desilusión

La ciudad oscura y desesperanzada del final de la trilogía se vuelve aún más tétrica en la nueva Batman. Lo vemos muy claro en toda la introducción, con esa desprotección en el Metro, que recuerda a la crítica social de El incidente de Larry Peerce (1967). No es casual que la película parta con un debate político que critica las promesas incumplidas y el fracaso de las propuestas progresistas. El gran benefactor de Gotham, el padre de Bruce Wayne, ya no es un protector venerado que usa su fortuna para proteger la ciudad con iniciativas benéficas, ahora su moralidad está puesta en cuestión. Esta es la gran diferencia con los Batman anteriores que no habían querido manchar la buena voluntad de la casa Wayne. El espectador actual ya no admite eso, está desencantado de la figura del rico protector, en una sociedad cada vez más desigual. Es el espectador que viene de gritar “tax the rich” en una manifestación convocada por Alexandria Ocasio-Cortez. El espectador que ya no se conforma con los regalos de Amancio Ortega a Sanidad. Esto nos lo había avanzado ya Joker, donde el padre de Bruce Wayne ya no era una figura tan venerable.

Joker: Thomas Wayne, benefactor o el padre del caos?

Aunque Joker no pertenezca al universo canónico de DC y no pueda considerarse a esta una secuela de aquella (es un reboot), comparte ese cuestionamiento del viejo millonario. Hereda se descreimiento, su resignación, la rabia de las calles. Los haters incels que aquí siguen a Enigma son los mismos que habrían seguido a Joker. Los que se visten como su ídolo. Los followers. El fandom, el gran villano de nuestros días como veíamos en Scream V. Son el fruto del desencanto por la corrupción (el principal blanco de los ataques de Enigma), la inseguridad (el Gotham que se presenta asolado por la delincuencia) y la desigualdad (la propia procedencia precaria de Enigma). Estos precedentes quedan lejos de la fantasía. Al final de la trilogía de Nolan, se nos alertaba del peligro de los populismos. El Batman de Reeves ya parte del auge de la ultraderecha, ya vivimos en un mundo en el que se ha asaltado el Capitolio. En la otra el pueblo estaba cabreado. Ahora ya está resignado, harto, desesperanzado.

De Bane a Joker: el pueblo está muy cabreado

04/11/2019 - Iñaki Ortiz Gascón

Joker está siendo la película del momento y parte de lo que cuenta es cómo algunas personas están necesitadas de una chispa que encienda la mecha para salir a la calle, máscara en mano, a volcar la rabia que tienen dentro. Pero no es la única película en los últimos años en tocar este tema, […] Leer más

 

Bruce Wayne y la salud mental

Uno de los problemas de las película, lo comenta Ricardo en su crítica y estoy de acuerdo, es que apenas hay diferencia entre la identidad secreta y el héroe enmascarado. Hasta ahora Burce Wayne había sido una máscara emocional, ya sea el frívolo playboy de Bale o el excéntrico y misterioso millonario de Keaton. Los personajes de DC fingen cuando no llevan puesto el traje de superhéroe, ya lo señalaba Tarantino en Kill Bill a cuenta de Superman. El batman de Pattinson no se molesta demasiado en disimular. La misma actitud taciturna y depresiva con máscara y sin ella. La misma pintura en los ojos que le sirve para camuflar su máscara, es un maquillaje emo cuando se la quita. Incluso la película juega a la simetría entre los dos personajes cuando acceden al club de Falcone, casi de la misma manera, con máscara y sin ella, llamando a la puerta y teniendo el mismo diálogo con el portero. Esta homogeneidad es un problema para el desarrollo del personaje de Bruce Wayne porque, básicamente, el personaje no existe como tal. Pero muestra una actitud propia de ese espectador tan decepcionado con el mundo que no tiene ganas ni de disimular.

La misma persona tras las máscara

Vivimos un momento en el que la salud mental ha dejado de ser un tabú y se acabaron las sonrisas por compromiso o para transmitir una imagen de éxito, como el personaje de Annette Bening en American Beauty. En el entretenimiento (televisión, podcast, el formato que sea) ya no es obligatorio poner buena cara y mostrar un mundo de alegría e ilusión. Podemos ver a María Casado llorar sin necesitar fingir éxito; o ver a las chicas de Estirando el chicle estar muy enfadadas (con casi todo); a la gente de Buenismo Bien llevar a Ignatius a su programa para hablar de cuestiones tristes, quitándole la máscara al payaso; o a Vigalondo hablar de antidepresivos habitualmente en Los felices veinte. Es lo que demanda cada vez más la nueva generación, quizá harta de sonreír en Instagram: al menos no nos pidáis sonreír como si todo fuera genial. Y en este contexto tiene todo el sentido del mundo un batman que no se ponga una máscara de equilibrio mental para hacer como que no pasa nada. Wayne no tiene ganas de hacer el paripé con los de contabilidad ni de inventarse un personaje de éxito. Wayne y Batman son casi lo mismo en la puerta del club, solo les diferencia la violencia que están dispuestos a infringir.

 

Batman emo, batman gótico

El último grito en decoración gótica

Voy a usar los adjetivos emo y gótico indistintamente, a riesgo de recibir críticas de alguna de estas dos tribus urbanas con raíces ciertamente diferenciadas, pero creo que para lo que nos ocupa el concepto es similar. Decía antes que el maquillaje negro al rededor de los ojos que utiliza el héroe enmascarado sirve para su maquillaje emo o gótico. La película abraza esa actitud depresiva que juega con la iconografía de la muerte. Hay varias escenas en cementerios, incluso la secuencia final que elige decididamente las claves estéticas románticas de los góticos, ambientando un drama romántico en un cementerio. Para redondear este ambiente tétrico, la banda sonora amaga constantemente con la marcha Imperial del Imperio Contraataca, o tema de Darth Vader (aquí un mashup), que está inspirada en la marca fúnebre. El último tema, que por cierto es precioso, se titula nada menos que Sonata in Darkness.

Preparando la escena gótica romántica

Por si no queda claro que este es el batman gótico definitivo, incluso más que el de Burton, deciden que viva en una arquitectura gótica hasta la parodia. Y, por supuesto, la elección del actor, de vampiro emo a batman emo. El negro le sienta muy bien. Un batman depresivo es la decisión natural para el concepto de pueblo desesperanzado (el de la ficción y el público). Lo mismo da si es gótico, emo o grunge, como el Something In The Way de Nirvana que suena en la película. Lo importante es que sea una corriente de juventud triste.

Todo esto nos lleva a un personaje más vulnerable, más quebradizo. Hace tiempo que los héroes no tienen que ser rudos machotes. Quizá donde mejor se ha visto eso es en la última película de Bond, que ya he citado antes, el personaje viril por excelencia, que para disgusto de Arturo Pérez Reverte, ahora ya puede ir de paquete en la moto. Un Bond que se enamora y se preocupa por su familia. Un Bond que como este Bruce Wayne, ya no necesita fingir que nada le afecta. A esta generación que ha perdido la esperanza no le puedes pedir que sonría.

The Batman: El legado de sus antepasados

05/03/2022 - Ricardo Fernández

The Batman fusiona el género de superhéroes con aquellas películas de asesinos en serie que puso de moda David Fincher en los 90. También trata de gestionar el legado trascendente de la trilogía de Nolan. Leer más