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La figura del hombre invisible de H.G. Wells ha sido un caramelito para el cine. A veces siguiendo más cercanamente el desarrollo de la novela y otras muchas, como es el caso, aprovechando solo la idea del personaje. Lo importante siempre ha sido el reto. Un arte que se caracteriza en primer lugar por la imagen, debe dar protagonismo en el encuadre a un elemento que no se puede ver. Representar el vacío como causa necesaria de unos efectos que sí podemos ver. Pisadas, objetos levitando, sonidos. Como la foto del agujero negro que por fin pudimos ver el año pasado, que no es más que la imagen del disco de acreción que le rodea porque el agujero en sí es invisible. El cine hace así las veces de científico, estudiando los efectos palpables para conocer la verdad imperceptible. Experimentando con procesos que lo muestran, como la pintura derramada sobre el cuerpo invisible.

A este juego se han prestado grandes nombres, empezando por James Whale, aportando a Universal uno de sus más célebres monstruos. El planteamiento, como digo, es un caramelito, pero a veces está envenenado. El maestro John Carpenter firmó una de sus peores películas con Memorias de un hombre invisible, para mayor gloria de Chevy Chase. Mejor dicho, ni siquiera la firmó, porque sabía que la película no le pertenecía. Unos años después, en tonos más serios, el genial Paul Verhoeven salía escaldado de El hombre sin sombra, una película que si bien tiene su marca bien clara, no tenía demasiado de su talento. Él mismo la considera su peor película.

Verhoeven a lo suyo

Por otra parte, este proyecto aparece después del ruinoso intento de Universal de revivir a sus célebres monstruos. Lo que iba a ser un conjunto de películas interrelacionadas al estilo del universo Marvel, se hundió al primer intento con la soporífera momia que encarnó Tom Cruise. Había ya un proyecto para el hombre invisible, asociado a Johnny Depp. No se hizo esa ni niguna otra. Gastaron mucho dinero, ganaron poco y ahí se acabó la aventura. Pero Blumhouse, que tiene un contrato con Universal para distribuir sus películas, decidió atacar el proyecto llevándolo a su terreno. Ya hemos hablado de cómo funciona la productora Blumhouse. Bajos presupuestos y dejar hacer a sus directores. Justo lo contrario que las de Carpenter y Verhoeven. El encargado darle nuevos aires al hombre invisible ha sido el australiano Leigh Whannell, uno de los nombres importantes de Blumhouse.

Leigh Whannell y el vacío cinematográfico

Whannell como guionista inició dos franquicias de terror tan relevantes como Saw e Insidious. Con la tercera parte de Insidious relevó al gran James Wan, lanzándose por primera vez a la dirección. Después se atrevió con un proyecto ya fuera de su saga, la interesante Upgrade, donde demostró que además de buen guionista tiene ideas elegantes de dirección. Se mueve como pez en el agua en el género, con resultados eficaces sin grandes alardes pero con estilo refrescante. Ha llevado El hombre invisible completamente a su terreno, acercándola al estilo de terror de Blumhouse, más moderno, austero y contundente. Prescinde de grandes despliegues de efectos digitales, con lo que su ajustado presupuesto de 9 millones no se queda pequeño. Esto acerca la película a los clásicos donde el efecto visual estaba más basado en sutiles trucos físicos. Las pisadas visibles en la sábana son un recurso sencillo y seguramente mucho más terrorífico que cualquier efecto espectacular.

Si bien el uso tan moderado de los efectos le acerca a los clásicos, el tono de terror es mucho más actual. La primera secuencia es de un suspense agobiante. La película empieza así de un modo que deja claro que va a optar por el terror puro, por encima de temas fantásticos o de ciencia ficción. Nos adelante además una idea visual que marcará la película: representar lo que no se ve. Cuando ella escapa mira atrás, al pasillo y el plano se mantiene sobre un espacio completamente vacío. Entiéndase vacío en el sentido cinematográfico, que no significa necesariamente que no haya objetos sino que no haya nada que lleve al espectador a fijar su mirada. Este vacío cinematográfico es muy reconocible por el espectador que además, ya sabe que en algún momento el villano podrá ser invisible y podría estar ahí, delante de nuestros ojos.

Lo que está mostrando no es solo una ausencia física, es también una idea. El peligro de que en cualquier momento el mal puede aparecer. El miedo de ella a que él la persiga. El silencio de las sirenas es mucho más terrible que su canto. Esta es la idea que sostiene la tensión durante casi toda la película. Cualquier aficionado al terror sabe que lo que más miedo da es lo que no se puede ver, y qué mejor ocasión para hacer valer esta norma que la historia de un hombre invisible.

Cuando la película avanza todos los espectadores estamos esperando un indicio de la presencia invisible. Whannell es muy consciente y juega con ello parando la cámara en un escenario vacío de personas y objetos significativos. Un plano que destaca únicamente por no tener nada destacable, pero que parece poner en el foco en esa nada con gran atención. Un plano erróneo, sobrante, que nos pone en guardia esperando ver algo inusual, como un objeto levitando. No ocurre, pero en nuestra imaginación ya ha pasado. Un plano terroríficamente trivial, como el la hierba mecida por el viento en El incidente de Shyamalan. Diría que a este director le debe unas cuantas cosas, en cuanto a la gestión casi tántrica de la tensión y a la carga emocional que da substancia al terror.

El maltrato invisible

Quizá el mayor rasgo de personalidad de la película frente a otros acercamientos al mito sea su cambio de punto de vista. Si normalmente las películas han planteado la historia desde los ojos del científico invisible, aquí la protagonista es ella, la víctima, la heroína. Pasamos de ponernos en la piel de un hombre invisible, con la consiguiente invitación al crimen sin castigo -qué harías si nadie pudiera verte- que tenía mucho peso en la versión de Verhoeven, a un planteamiento muy distinto. Ahora somos la presa que sufre la terrible incertidumbre de un peligro imposible de ver. Es la misma situación pero el cambio de punto de vista produce un cambio de enfoque dramático radical. En este sentido, la película se emparenta más con El ente, aquella agobiante historia de una mujer que sufría el ataque invisible en el hogar.

Además de decantarse mucho más por un planteamiento de terror puro, el hecho de situar al personaje femenino en el centro nos lleva a una historia sobre una víctima de maltratos. Adrian es un maltratador que no solo la ha golpeado. La controla, la aísla de sus amigos y familia, crea una dependencia de él y un sometimiento a través del medio. Puede ser casualidad o no que la mansión del maltratador guarde cierta similitud en su interior con la de Durmiendo con su enemigo. Un espacio muy frío por sus grandes ventanales con vistas al mar. Una construcción estética pero sin afecto, nada acogedora. Una lujosa cárcel de cristal.

Adrian es un maltratador de manual, pero además, la metáfora de la invisibilidad nos permite ver más claramente la esencia del maltrato psicológico. Volvamos a ese plano de la primera secuencia, a ese pasillo vacío, a ese silencio de las sirenas. El problema de la protagonista en la primera parte de la película es el fantasma de su pareja, la tensión de que podría aparecer en cualquier momento. Con esos planos en los que no hay nadie pero podría haberlo sentimos las secuelas del maltrato, la ansiedad. El miedo irracional que no desaparece ni con la supuesta muerte del personaje, porque hay algo ahí que no se ve y que en el fondo, está en su interior. El maltratador ya no está pero sus efectos permanecen.

No falta tampoco una desafección social. No le creen, incluso le juzgan. Es claramente una película hija del #MeToo. El desamparo absoluto, la soledad. También hay una metáfora sobre la transmisión del maltrato, cuando la mano invisible de Adrian golpea a la chica “de parte de ella”. Whannell aprovecha muy bien todo el aspecto del peligro invisible para mostrar la esencia del maltrato psicológico. Igual que se nos muestra la figura invisible a través de sus efectos. Igual que el disco de acreción revela el agujero negro. La película nos habla de los sentimientos más íntimos de una víctima de maltrato, y lo hace a través del artificio fantástico.

El hombre invisible

Media Flipesci:
6.9
Título original:
The Invisible Man
Director:
Leigh Whannell
Actores:
Elisabeth Moss, Oliver Jackson-Cohen, Harriet Dyer, Aldis Hodge, Storm Reid, Michael Dorman, Benedict Hardie
Fecha de estreno:
28/02/2020