Después del afortunado retorno de Alex Garland (guionista) y Danny Boyle (director) al universo que crearon en 28 días después, con la excelente 28 años después, llega la segunda parte de esta anunciada trilogía de nuevas secuelas, 28 años después: el templo de los huesos. Adentrándose en más detalle en el personaje del Dr. Kelson, interpretado con afinado delirio por un Ralph Fiennes desatado. Para esta segunda entrega se decidió buscar a otra persona para relevar a Boyle en la dirección, quien en principio volverá en el cierre de la trilogía. La elegida fue Nia DaCosta, a la que algunos ya habíamos prestado mucha atención por su versión de Candyman escrita con Jordan Peele. Con menos interés aunque con reconocimiento estético cuando ha adaptado a Ibsen en Hedda. En cuanto a The Marvels, ya sabemos que las pelis de Marvel no son representativas de nada. El caso es que ha sabido aportar su personalidad al mismo tiempo que mantiene una coherencia con la expresiva dirección de Boyle y su riesgo tonal, con más moderación pero con una intensidad que encaja perfectamente con la anterior película. Una segunda parte con muy pocos zombies, menos épica, más introspectiva. También más oscura y violenta. Voy a hablar de todo esto pero vayamos por partes. He dicho “trilogía de secuelas”, estructuras de esta industria del cine que nos está tocando vivir, algo que no es del todo novedoso pero sí que conviene pararse a observar. Voy a tener que usar la palabra maldita: franquicia.
Segunda entrega de una trilogía dentro de la franquicia
28 días después fue una película rompedora que reinventó el cine de zombies y que tenía aspiraciones estéticas y temáticas por encima de lo que nos tiene acostumbrado el género. Hoy en día es una película de culto y tal y como están las cosas no se puede desaprovechar. Pero es muy de agradecer que, al contrario de lo que pasa con otras franquicias (Blade Runner, Star Wars…) no se ha intentado contentar al fandom con personajes venerados en una vitrina de coleccionista. Esto no va de mitología nostálgica sino de crear nueva mitología. Es una nueva historia, con nuevos códigos, nuevas ideas y que no le debe nada a nadie. Hay, sí, al final de esta entrega un momento que mediante los personajes y la banda sonora, hará las delicias de los que consideramos a aquella película original una obra maestra. Pero el mejor homenaje que se le puede hacer al espíritu de 28 días después es la originalidad y la personalidad propia que hasta ahora han tenido estas dos nuevas partes, incluso entre ellas.
La secuela que hubo en 2007, creada por otro equipo que no tenía los mismos intereses rompedores ha quedado algo olvidada, tanto por el público como por los creadores de la primera entrega, Boyle y Garland, que han afrontado las nuevas entregas sin tenerla demasiado en cuenta. Lo que tenemos ahora no son nuevas entregas individuales que se vayan sumando a la lista sino un bloque temático de tres películas que funciona con las normas internas de cualquier trilogía. Véanse los tres primeros capítulos de Scream para entender de qué normas hablo. Están construidas como una estructura independiente de tres capítulos, aprovechando que el gran salto temporal de 28 años sirve para diferenciar muy claramente el contexto, la premisa y a los personajes.

De la misma manera que las películas tienen tres actos con sus propias características habituales, las trilogías muchas veces funcionan con una estructura concreta. Aquí tenemos una historia más oscura e introspectiva, menos épica y funcionando como cierto paréntesis en el conflicto principal de la trilogía. Apenas hay enfrentamientos con los infectados. Tanto es así que la directora pidió añadir una infección, con su vómito de sangre característico, que ni siquiera estaba en el guión inicial y que, ciertamente, aparece en un momento de la película poco relevante para el desarrollo. DaCosta, que siendo adolescente adoraba 28 días después, no se iba a quedar sin su momento infección. Pero esta segunda entrega no va de correr delante de los infectados, ni de preguntarse por la cura o explorar el territorio en un survival extremo.
El tema está centrado en el interior de los personajes y en sus relaciones. De la misma manera que El imperio contraataca no va de combates espaciales sino de reflexiones introspectivas y charlas con un anciano en un pantano. Una manera de parar la acción, centrarse en el desarrollo de los personajes para, presumiblemente, volver con una última entrega más épica y explosiva. La directora crea dos ambientaciones diferenciadas. Una es oscura y siniestra, nocturna o al menos sombría. Es la que representa el mal, la deshumanización, el caos. Es el mundo de los Jimmys. La otra, a pesar de contar con el más temible infectado, es una imagen soleada de la campiña inglesa. Es la humanidad, la compasión, la empatía, la dignidad. El es templo de los huesos. Las imágenes de Kelson con Sansón están cargadas de humor, de ironía cómplice acompañada de elecciones musicales inesperadas, pero también son imágenes ingenuamente bellas, impregnadas de inocencia. Este zombie está más cerca de la criatura de Frankenstein charlando con la niña junto al lago.
Enemigo mío

Ya era el tema de la película original y está más desarrollado en esta trilogía: el auge del fascismo amparado por la guerra. En 28 días después veíamos cómo un nuevo poder militar se permitía violar e imponer su fuerza a cambio de una protección, con la excusa de un enemigo implacable omnipresente. Una distopía orwelliana -recordemos la necesidad constante de un enemigo impersonal- en la línea de Starship Troopers de Verhoeven. Esa reflexión que era el núcleo temático de la primera película, sobre todo en la recta final, y ha sido vertebral en toda la carrera Garland, siempre militando incondicionalmente en el pacifismo, ha sido punto de partida en la nueva trilogía. Ya hablé en la crítica de 28 años después, del nacionalismo castrense y la referencia -a veces explícita- del medievo con una belicosa estructura feudal.
En la nueva entrega, la violencia fascista viene con una cara mucho más moderna y notablemente más siniestra y psicópata, pero tiene puntos de partida similares. Uno de los momentos claves de la anterior entrega era la prueba al protagonista mediante un acto de violencia. Debía matar a un infectado como rito de iniciación. Su propio padre le empujaba a ello desde la convicción de que esa ruptura con la empatía le haría más fuerte y con más posibilidades de sobrevivir, además de conseguir un respeto del resto de la tribu. En esta segunda parte hay otro “padre”, en este caso adoptivo y menos amoroso, otra microsociedad de resistencia, pero el rito es el mismo: debe matar para formar parte del grupo como adulto. Recordando otra vez Starship Troopers, solo eran ciudadanos de pleno derecho aquellos que habían hecho el servicio militar. Por supuesto que es mucho más salvaje y mezquino que el otro rito de iniciación porque se trata de una muerte gratuita entre compañeros. Ni siquiera existe una hermandad basada en el grupo sino una rivalidad individualista llevada al extremo y una cohesión del grupo basada en el miedo.

DaCosta comienza la película con este rito violento y lo muestra con toda su carga siniestra y salvaje. En un frío y sombrío edificio abandonado, con una cámara que se asoma desde arriba adentrándonos en la escena como un público espiando la barbarie. No hay épica, no hay una jugada brillante por parte del protagonista. Hay miedo, dolor, insensibilidad y un patético desenlace que desprecia la dignidad de la vida humana. Es una excelente introducción que explica rápidamente el contexto, que marca el tono de una de las dos partes y que promete una gran crudeza violenta. Después tendremos otra escena muy salvaje con “la caridad”. Es importante que aquí la directora apriete hasta el fondo porque la doble tonalidad de la película es una apuesta arriesgadísima, entre el horror descarnado y el humor bizarro. Es necesario que empuje fuerte en ambas direcciones para evitar que quede descompensado. Es dura pero no llega a mostrar el gore muy frontalmente para no caer en el porn torture, solo quiere un impacto psicológico. De la misma manera que en el otro tono de la historia juega con el humor pero no busca el ridículo. Es muy difícil mantener esa doble tonalidad pero sale victoriosa. Si para conseguir esto en la anterior entrega Boyle se lanzaba al vacío confiando en su intuición, DaCosta calcula más los pasos, pero se arriesga igualmente.
Jimmy Crystal es el psicópata al mando de una secta religiosa de culto al líder. Interpretado por el carismático Jack O’Connel que también fue el villano en Los pecadores. Personifica un carisma pop que se basa en una energía juvenil desafiante y una exaltación satánica del mal por el mal. En definitiva, el malismo y el fascismo pop que desgraciadamente están encandilando a gran parte de nuestros jóvenes. Representa muy bien a ese movimiento capitaneado por payasos peligrosos que a veces son youtubers y otras veces presidentes. A un paso de la niñez, como vemos en esa chica que pasa de bailar los teletubbies a matar a sangre fría. Un referente televisivo como Jimmy Savile, presentador musical británico de enorme relevancia que posteriormente resultó ser un depredador pedófilo y que incluso practicaba habitualmente la necrofilia mientras era protegido por la BBC y la Casa Real. En definitiva, nuestro Jimmy es una figura mediática que lejos de esconder su lado oscuro lo fomenta, en un momento en el que el malismo carismático es un imán para algunos jóvenes.

En la anterior entrega teníamos una microsociedad que había decidido renunciar a la empatía lo justo y necesario para poder enfrentarse al enemigo, no por gusto. Aquí vemos una secta que se recrea en la maldad y el dolor para imponer su poder mediante el miedo. Son hijos de los otros, una consecuencia. Una evolución, una aberración. Son jóvenes que no han vivido otra cosa. El padre del protagonista se horrorizó al ver los cadáveres torturados en una casa, nada más lejos de los valores rectos que quería transmitir a su hijo, pero al mismo tiempo estaba sembrando la semilla de la insensibilidad que lo propicia.
¿Spike habría sido capaz de resistirse al fanatismo si antes no se hubiera resistido al rito de iniciación de su padre? Se trata de un personaje caracterizado por una empatía que le creció aún más cuando Kelson le ayudó a afrontar la muerte de su madre desde la dignificación. Kelson es el lado opuesto a Jimmy. Es el buenista, el que cree en la concordia, en los valores humanistas.
Cristianismo: el fanatismo y la compasión

Jimmy y Kelson representan las dos caras de la religión. De ahí toda la iconografía cristiana de la película. Por un lado, los aspectos relacionados con la compasión y el pacifismo, encarnados en Kelson. Por otro lado, el uso del culto religioso para imponer el miedo y mantener el poder, encarnado por Jimmy, que se declara como el hijo de Satán. Esta idea se aprovecha con la representación de la crucifixión, estigmas incluidos. Y obviamente, la frase “Padre, ¿por qué me has abandonado?” que se incluye con esa mezcla de retranca y oscuridad que define a la película. Garland ya había recurrido a la imaginería cristiana en su serie Devs. También tenemos la espectacularización de los rituales, en lo que obviamente es el mejor momento de la película, con un Fiennes a otro nivel. La Iglesia siempre ha trabajado mucho el aspecto artístico de los rituales, en cuanto a la arquitectura, el drama, el vestuario, para causar un impacto. Algo en lo que el cine rivaliza con la religión. Por otra parte, para el fascismo pop que nos amenaza hoy en día es muy importante la espectacularización, el impacto en medios, la performance. Jimmy cuida eso y busca aumentar su capital mediático con su trato.
Kelson es médico y representa el pensamiento racional con valores humanistas. Se declara ateo. Pero tiene una importante carga espiritual que en su aislamiento le sitúa como un arquetipo narrativo de un monje. Después de 28 años enfrentándose al horror, ha mantenido su ética y su cordura, aunque a ojos de sociedades más organizadas y entrenadas para la guerra, como la de la anterior entrega, no sea más que un loco ermitaño. Desde la convicción materialista de que los huesos son solo un objeto inerte, ha cultivado el homenaje y el recuerdo desde lo ceremonial y eso le ha mantenido cuerdo. Una ceremonia atea, un funeral laico, pero un ritual en cualquier caso. No sale a cazar zombies, aunque se preocupa de mantenerse con vida. Cuando se enfrenta al mayor de los monstruos de la primera parte, el Alfa, lo hace desde el reconocimiento del otro. Ya nos lo recordaba Enjuto Mojamuto: no son zombies, son infectados. Son personas como nosotros, aunque estén infectados por la ira. Literalmente, así se referían al virus en la película original, infectados con ira. Hay una vuelta de tuerca en esta entrega porque se nos sugiere que la clave del virus es que los infectados ven a las personas sanas como monstruos. En definitiva, una metáfora evidente de la deshumanización del bando contrario.

Esta idea es constante en los guiones de Garland, y creo que ha terminado por llevarle a una dudosa posición de equidistancia en sus últimas películas como director, Warfare y Civil War, tan preocupado por señalar la guerra en sí misma que ha olvidado profundizar. Creo que aquí sí señala con más acierto los factores políticos que se esconden detrás, por lo que me parece una lectura más rica, pero en cualquier caso, su interés sigue centrándose en la concordia. Amar incluso al enemigo es una cuestión nuclear en el nuevo testamento. El sermón de la montaña:
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;
Mateo 5:44 y de forma muy similar en Lucas 6:27-28.
Kelson decide no matar a su enemigo más salvaje y hacer algo mucho más complicado, comprender su dolor e intentar mitigarlo. Este camino ya lo exploró Romero en El día de los zombies. En la primera parte, Spike se debate entre la lucha violenta para la que le adiestra su padre y los cuidados representados en su trato con su madre enferma. En esta segunda parte tenemos exactamente el mismo dilema. El doctor tratando al monstruo con medicinas, frente a los Jimmys siendo unas máquinas de matar enemigos. Una sociedad centrada en los cuidados o arengada por el fascismo y el miedo. Una sociedad que se preocupa por solucionar los males de su enemigo como una apuesta de futuro seguro. Solucionar el problema de fondo que es la única manera real de resolver el problema. De nuevo, esta es una seña de identidad de Garland. Ya en su novela La playa, que después Boyle llevó al cine con otro guionista, aparecen los cuidados como requisito de una sociedad sana.
La idea se plantea tanto desde la ética, entroncando con los valores más profundos del cristianismo, como desde el pragmatismo, cuando hacia el final de la película se comenta que la Segunda Guerra Mundial es la consecuencia de haber exprimido a los vencidos de la primera. Es interesante que esta vez se mencione explícitamente la Segunda Guerra Mundial, cuando en la primera parte, como ya comenté, había una referencia formal velada a través de insertos de una película que se usó como propaganda bélica en esa guerra. En ese sentido, esta es una obra mucho más explícita, donde la imagen subraya emocionalmente las ideas. Boyle utilizó códigos formales más complejos, una imágenes con semántica disruptora, que tenía su propia aportación en lugar de apoyar la que se traslada abiertamente. DaCosta ha hecho un trabajo más centrado en la ambientación y en la sublimación: de la belleza, del dolor, del espectáculo. Es mucho menos radical o experimental, pero suficientemente intensa como para compaginar bien con el trabajo de Boyle. Intentar imitarle habría sido un suicidio.

También toma un camino muy distinto con la banda sonora original. E insisto, me refiero concretamente al apartado original, ya que en la sección musical sí es más juguetona, aunque la mayoría de esas elecciones vienen del guión. Mientras Boyle trabajó con el grupo Young Fathers para construir una banda sonora de lo más desequilibrada, DaCosta ha recurrido a una compositora, relativamente convencional. Digo “relativamente” en cuanto a que me refiero a que es una compositora de bandas sonoras orquestales y no un grupo de música, pero por lo demás no calificaría a la islandesa Hildur Guðnadóttir como convencional. Sonidos graves, oscuros, profundos, bélicos, arcanos y monstruosos, como la pista de Building Temple. Esos sonidos los conocemos de otras películas de líderes de fascismo populista como es Joker. Pero en la línea de las dos almas que tiene la película también es capaz de captar la compasión y la humanidad, como con esa melodía que se repite en varias ocasiones y que enfatiza con mucha melancolía el momento “Moon”.
A nivel visual, DaCosta también ha sido menos transgresora que Boyle, ya desde la manera de rodar. Boyle usó móviles, incluso con algunos soportes construidos para la película, con muchos dispositivos. DaCosta ha mantenido la tecnología digital, por supuesto, para que la estética general sea coherente, pero asegura que adora sus cámaras ARRI y ha rodado con la Alexa 35. Según ella misma explica, para tener más control, más datos. Esto ejemplifica muy bien las diferencias entre ambos cineastas. Ella busca una estética mucho más controlada. Aunque la apuesta sea atrevida busca cierta seguridad. Boyle es un kamikaze.
