Reseña de Sheep In The box, de Hirokazu Kore-eda
A Hirokazu Kore-eda siempre le han interesado las familias que no encajan del todo en la definición oficial de familia. Familias improvisadas, heridas, reconstruidas, sostenidas por la costumbre, por la culpa o por el afecto. En Un asunto de familia o Broker ya estaba esa idea de que los vínculos no siempre tienen que ver con la sangre, ni siquiera con lo legal, sino con algo más difícil de explicar. Con Sheep in the Box, presentada en Cannes, el director japonés lleva esa pregunta a un terreno que no suele transitar, el de la ciencia ficción. O algo parecido.
La película nos sitúa en un futuro cercano, completamente reconocible, en el que una empresa llamada REBirth ofrece a unos padres la posibilidad de recuperar a su hijo muerto en forma de androide. Otone y Kensuke perdieron a Kakeru en un accidente de tren y, dos años después, aceptan convivir con una réplica física del niño, alimentada con datos, recuerdos y gestos del original. La premisa podría haber dado lugar a una película mucho más aparatosa, más obsesionada con la tecnología, los dilemas éticos o las grandes preguntas sobre la inteligencia artificial. Pero como es de esperar Kore-eda sigue siendo Kore-eda. Lo que le interesa no es tanto el robot como la herida que viene a tapar.

Sheep in the Box es, ante todo, una película bonita. Bonita en la manera en que observa a sus personajes, en su contención, en esa delicadeza con la que se acerca al dolor sin convertirlo en melodrama. Haruka Ayase interpreta a Otone con una mezcla muy medida de fragilidad, necesidad y autoengaño. Ella acepta al nuevo Kakeru casi desde el principio, no porque crea del todo en el milagro, sino porque necesita creer. Kensuke, en cambio, se resiste. No ve a su hijo, ve una máquina. Incluso llega a compararlo con una Roomba, una idea que no es del todo absurda.
Lo mejor de la película está ahí, en esa diferencia entre dos maneras de sobrevivir a la pérdida. Kore-eda no necesita subrayar demasiado para que entendamos que esa familia ya estaba rota antes de la tragedia, y que el androide no viene a arreglar nada, sino a hacer visible lo que estaba debajo. La aparición de la hermana y de la madre de Otone añade incomodidad, pequeñas tensiones familiares, reproches más o menos velados. Es terreno conocido para Kore-eda, pero sigue manejándolo muy bien.

También funciona muy bien Rimu Kuwaki como Kakeru. Su interpretación tiene algo ligeramente desajustado, una rigidez apenas perceptible, suficiente para que nunca olvidemos que estamos ante una copia, pero sin convertirlo en un muñeco siniestro. La película no busca el terror, ni siquiera la inquietud en sentido estricto. Busca algo más triste: la sensación de que quizá lo más doloroso no sea que el androide no sea Kakeru, sino que a veces pueda parecerlo demasiado.
La ciencia ficción, sin embargo, es la parte menos sólida de la película. Kore-eda plantea ideas interesantes, pero no siempre sabe qué hacer con ellas. Hay una subtrama con niños androides que parecen organizar una especie de rebelión silenciosa que nunca termina de integrarse en el drama principal. Está ahí, apunta a cuestiones sobre la autonomía, el libre albedrío y el derecho de esas máquinas a ser algo más que sustitutos emocionales, pero se queda un poco en tierra de nadie. Como si la película quisiera abrir una puerta y luego no se decidiera a cruzarla.

Hay detalles, eso sí, muy interesantes. El androide tiene un límite de treinta metros respecto a sus padres: si se aleja más, se apaga. Es una imagen sencilla y muy eficaz sobre la sobreprotección, el miedo y la imposibilidad de dejar crecer a alguien cuando lo que realmente quieres es no volver a perderlo. También se habla de cómo la madera conserva la memoria del árbol. Es una idea bonita, quizá algo evidente, pero encaja bien con la pregunta central de la película: ¿puede una copia conservar algo parecido al alma de lo copiado?
Es inevitable pensar en A.I. Inteligencia Artificial, de Steven Spielberg, aunque Kore-eda hace casi el camino inverso. Allí importaba la odisea del niño artificial que quería ser amado. Aquí importa más la mirada de los padres, su necesidad de amar algo que saben incompleto. El título, además, juega claramente con Philip K. Dick y sus ovejas eléctricas, pero Sheep in the Box está menos interesada en la paranoia filosófica que en el daño íntimo. La empresa que vende ese consuelo imposible también deja una lectura bastante clara sobre el negocio de la tristeza. Si hay dolor, alguien encontrará la manera de facturarlo.
