Reseña de Moulin, de László Nemes
A László Nemes le persigue, para bien y para mal, El hijo de Saúl. Aquella película llevaba el horror al límite precisamente porque se negaba a enseñarlo todo. La cámara permanecía pegada al rostro del protagonista, el infierno sucedía alrededor, desenfocado, casi siempre fuera de campo, y esa restricción hacía que la experiencia resultara todavía más insoportable. No necesitaba subrayar nada. No necesitaba empujar al espectador contra la pared. Le bastaba con encerrarlo allí.
Con Moulin, Nemes intenta otra cosa. Quizá su película más accesible, quizá también la más desequilibrada. Un acercamiento al cine histórico de gran formato sin renunciar del todo a sus obsesiones: la culpa, la violencia, la resistencia moral, el comportamiento humano llevado a una situación extrema. Esta vez se centra en Jean Moulin, figura esencial de la Resistencia francesa, pero evita el biopic convencional para concentrarse en los acontecimientos de 1943 en Lyon, cuando la clandestinidad, la traición y la maquinaria nazi empiezan a estrechar el cerco.

Conviene, además, situar la película en el momento actual de Nemes. El director húngaro lleva un tiempo expresando su hartazgo con la industria cinematográfica contemporánea, esa clase alta cultural que, siempre según él, va dando lecciones de moral por festivales y alfombras rojas. También ha denunciado un resurgimiento del antisemitismo en Occidente, hasta el punto de hablar de “una orgía absoluta y descarada de antisemitismo”. Atacó con dureza a Jonathan Glazer por su discurso en los Oscar al recoger el premio por La zona de interés, le reprochó no entender la historia y criticó que su película no mostrara presencia judía en pantalla, como si eso permitiera al espectador condenar el Holocausto desde la comodidad de un pasado cerrado.
El asunto tiene su interés, claro, porque Nemes habla de antisemitismo, de Hamás como “culto a la muerte” y de la hipocresía de quienes piden boicots culturales a Israel. Pero, por lo que sea, no critica el genocidio de Israel en Gaza. Es curioso que alguien denuncie una “orgía de antisemitismo” mientras puede decirlo desde el Festival de Cine más grande del mundo, con altavoz internacional, alfombra roja y toda la solemnidad institucional que Cannes sabe desplegar tan bien. Este entorno es importante porque marca desde dónde mira el mundo Nemes. Y Moulin parece nacer de ahí: de una visión cerrada, indignada, casi pedagógica, que quiere recordarnos hasta dónde puede llegar la barbarie cuando la civilización se deshace.

Durante su primera mitad, la película funciona muy bien. Nemes se aleja de la hagiografía y construye un thriller de clandestinidad seco, oscuro, asfixiante. La Resistencia no aparece como una aventura heroica, sino como un sistema de desconfianzas, mensajes cifrados, habitaciones cerradas y lealtades que pueden romperse en cualquier momento. La fotografía de Mátyás Erdély, en 35 mm y formato anamórfico, envuelve los espacios en una textura densa, llena de sombras, humo y decadencia. Hay algo de cine negro, algo de película de espías y algo de tragedia inevitable. Sabemos que aquello no puede acabar bien y, aun así, la tensión funciona.
También ayuda mucho Gilles Lellouche, que compone un Jean Moulin grave, contenido, casi impenetrable. Un hombre de mirada analítica, de gestos medidos, siempre intentando conservar el control en un entorno donde el control es una ilusión. En ese tramo, Moulin encuentra su mejor versión: una película de atmósfera, de sospecha, de miedo acumulado. No necesita explicar demasiado porque todo está en los rostros, en los silencios y en la manera en que los personajes entran y salen de las habitaciones como si cada puerta pudiera ser una trampa.

Sin embargo, la película decide abandonar esa tensión soterrada y entregarse al horror por acumulación. Tras la captura de la cúpula de la Resistencia y el traslado al Hotel Terminus, Moulin se transforma en una película de torturas. Simple y llanamente. Y ahí Nemes parece traicionar aquello que mejor sabía hacer. Donde antes había restricción, ahora hay insistencia. Donde antes el fuera de campo era una herramienta moral y estética, ahora hay palizas, electrocuciones, simulacros de ejecución y degradación física repetida hasta el agotamiento.
El Klaus Barbie de Lars Eidinger, además, introduce una teatralidad casi desquiciada que termina empujando la película hacia un territorio más artificioso que perturbador, cerca del Hans Landa de Malditos Bastardos. Aunque lo cierto es que el auténtico Barbie era una basura miserable sin ningún tipo de moral ni humanidad. El interrogatorio dialéctico tiene fuerza mientras se mantiene en el choque entre dos inteligencias enfrentadas: el nazi que quiere romper al resistente y el resistente que intenta no concederle ni siquiera el placer de la humillación. Pero cuando la palabra deja paso al castigo físico incesante, la película pierde precisión. Ya no incomoda por lo que sugiere, sino por lo que insiste en mostrar.

Hay un momento en el que Barbie obliga a un Moulin quebrado a bailar con la Comtesse de Forez. La secuencia busca ser una culminación de la degradación, una imagen terrible del sadismo como espectáculo. Pero está tan subrayada, tan cargada de voluntad simbólica, que acaba resultando más impostada que devastadora. Cuando una película sobre el horror se empeña tanto en demostrar que el horror es horrible, algo empieza a fallar.
Nemes termina confundiendo intensidad con acumulación, sufrimiento con profundidad, violencia con verdad. Mostrar absolutamente todo el sadismo de los verdugos no hace necesariamente más fuerte el mensaje. A veces lo vuelve más pobre. Más obvio. Más agotador.
Moulin empieza como una película notable, con un gran sentido del espacio, una atmósfera poderosa y un protagonista sostenido por una interpretación de mucho peso. Pero poco a poco se despeña hacia el exceso, como si Nemes no confiara ya en la fuerza de lo sugerido y necesitara llevarnos de la mano hasta el abismo, señalándonos cada piedra del camino.
