Reseña de L’inconnue, de Arthur Harari
Hay películas que sobre el papel parecen tenerlo todo para funcionar. Una premisa potente, un director interesante, un material de partida sugerente y un género lo suficientemente reconocible como para poder retorcerlo. L’Inconnue, la nueva película de Arthur Harari, parte de la novela gráfica Le Cas David Zimmerman, escrita por su hermano Lucas Harari, y juega con una idea muy atractiva: llevar el viejo mecanismo del intercambio de cuerpos a un terreno más oscuro, más psicológico y más cercano al thriller existencial.
No he leído el cómic original, así que no puedo saber qué viene de allí y qué pertenece a la adaptación, pero sí se entiende perfectamente qué pudo atraer a Arthur Harari. En Onoda: 10.000 noches en la jungla ya trabajaba la idea del aislamiento físico y mental; en el guion de Anatomía de una caída, escrito junto a Justine Triet, estaba muy presente la imposibilidad de alcanzar una verdad limpia y definitiva. Aquí intenta llevar esas obsesiones al terreno de la identidad quebrada, del cuerpo como prisión y de la verdad como algo inestable. La historia de un hombre condenado a vivir fuera de su propio cuerpo permite hablar de la identidad, del deseo, de la culpa y de esa separación entre lo que uno cree ser y lo que los demás ven. El problema es que esta vez el dispositivo se impone a los personajes.

La película nunca termina de encontrar la forma adecuada para todo eso. Tiene ideas, algunas muy buenas, pero avanza como si no supiera muy bien hacia dónde quiere ir. El primer tropiezo está en el detonante. Para que una película así funcione, el encuentro inicial debería tener algo de fatal, de magnético, de inevitable. Sin embargo, la escena de la boda resulta extrañamente plana. El posterior encuentro sexual llega demasiado rápido, sin la intensidad ni el misterio necesarios para justificar todo lo que vendrá después. La película nos pide que aceptemos una atracción fatal que lleva a una condena, pero pone poco de su parte para que lo sintamos así.
A partir de ahí, L’Inconnue intenta construir un discurso visual alrededor de la fotografía, la mirada y la construcción de la imagen. David es fotógrafo y tiene un proyecto que consiste en fotografiar lugares que ya fueron fotografiados hace décadas. Busca, quizá, comprobar si mantienen el alma a pesar de haber cambiado externamente. La película utiliza esta idea para hablar de la identidad y del deseo de fijar aquello que se escapa. Sobre el papel tiene sentido. En la pantalla, no tanto. Las fotos acaban funcionando más como un recurso insistente que como una verdadera clave dramática. Se repiten, se subrayan, vuelven una y otra vez, pero no añaden capas nuevas y cortan el ritmo.

Tampoco ayuda la música. Busca generar una atmósfera incómoda, casi enfermiza, pero muchas veces se queda en lo simplemente molesto. Más que acompañar el desconcierto del protagonista, lo subraya con demasiada insistencia. Y cuando la historia debería ir cerrándose, la estructura empieza a dar vueltas sobre sí misma. Hay demasiados falsos finales, demasiados amagos de conclusión, como si la película tampoco supiera cómo escapar del laberinto que ha construido.
En esta película tan irregular, hay una subtrama que funciona mejor. Para evitar spoilers diré simplemente que involucra a una chica adolescente atrapada en el cuerpo de un hombre. Ahí sí aparece la tragedia íntima. Ahí sí se siente la alienación. Ahí sí hay una verdadera película sobre la pérdida del cuerpo, de la identidad y del lugar que uno ocupa en el mundo.

Ayuda que el reparto sea tan bueno. Léa Seydoux y Niels Schneider llevan muy bien los gestos de sus personajes a sus nuevos cuerpos y sostienen escenas que sobre el papel podrían venirse abajo. Las interpretaciones son mejores que la película y permiten seguir dentro incluso cuando el guion empieza a dispersarse. Sin ese trabajo actoral, L’Inconnue sería bastante más difícil de defender.
Es fácil pensar en It Follows, por la idea de una maldición ligada al sexo, incluso, en cierta manera, en David Cronenberg, por esa relación enferma entre cuerpo y mente. Pero esos referentes tenían algo que aquí falta: una dirección clara. L’Inconnue parte de una premisa interesante, tiene momentos sugerentes y encuentra una de sus subtramas su mejor baza, pero termina dejando la sensación de oportunidad desaprovechada. Quizá había una gran película en esta historia, pero Harari no ha sabido encontrarla.
