6.5

Reseña de Ink de Danny Boyle

Han pasado 32 años desde que conocimos a Danny Boyle gracias a A tumba abierta, con la que se llevó el premio al mejor director de aquella edición del Zinemaldi. Dos años más tarde llegaría la revolución de Trainspotting, una película que marcó a una generación y que hoy, para muchos, tiene ya la categoría de clásico. En 2008 estrenó Slumdog Millionaire, con la que arrasó durante la temporada de premios, incluidos Oscar, Globos de Oro y BAFTA. Por el camino arrancó y rearrancó una franquicia terrorífica con 28 días después y 28 años después, sufrió algún que otro patinazo y hasta dirigió a James Bond y a la mismísima reina Isabel II en el célebre vídeo de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Londres. Con Ink, adaptación de la obra teatral de James Graham protagonizada por Jack O’Connell, Guy Pearce y Claire Foy, Boyle debuta en la Mostra de Venecia y lo hace por todo lo alto: inaugurándola y compitiendo por el León de Oro.

Ink es la crónica nerviosa, acelerada y espídica del primer año del desembarco de Rupert Murdoch en el Reino Unido. A finales de 1969, el magnate australiano se hace con un periódico en decadencia, The Sun, con el propósito de convertirlo en el diario más popular y vendido del país. Para conseguirlo encuentra un aliado decisivo en Larry Lamb, periodista al que encomienda la dirección del periódico y la tarea aparentemente imposible de superar en ventas al todopoderoso Daily Mirror.

Boyle encuentra en esta carrera contrarreloj un material especialmente apropiado para su cine. Con un montaje trepidante y una puesta en escena que consigue eliminar prácticamente cualquier atisbo del origen teatral del relato, convierte las redacciones, rotativas, despachos y calles en los escenarios de una competición frenética. La planificación está llena de encuadres oblicuos, picados, contrapicados y algún barrido cenital característicos del director británico que transmiten la excitación de aquellos meses en los que un medio en horas bajas intentó reinventarse rompiendo buena parte de las reglas que hasta entonces habían gobernado tanto la información como el negocio periodístico.

INK. (C) Jack OConnell as Lamb, Claire Foy as Jules Davies (Far R) in Ink. Anthony Dickenson © 2026.

A esa sensación permanente de aceleración contribuyen también la banda sonora de Daniel Pemberton y la utilización de numerosos éxitos musicales para acompañar la acción. Boyle filma la transformación de The Sun casi como una aventura, apoyándose además en un grupo de periodistas de capa caída, despedidos o apartados en sus medios de origen, pero que conservan un enorme conocimiento del oficio. Hay algo de película de atracos en la manera en que Lamb reúne a su peculiar banda y se dispone a asaltar el liderazgo del mercado.

No deja de resultar coherente que una película dedicada a explicar cómo y por qué cierta prensa fue abandonando el rigor informativo y el compromiso con la actualidad considerada relevante para abrazar el sensacionalismo, los sucesos, la crónica rosa, el sexo y las fotografías de mujeres en poses sensuales adopte ella misma un estilo efectista y lleno de trucos. Ink habla de la espectacularización de la información mediante una espectacularización equivalente de su propio relato. Boyle no parece interesado en la sobriedad ni en el análisis minucioso: lanza ideas a gran velocidad, las subraya y enseguida corre hacia la siguiente.

Ese es al mismo tiempo uno de los principales atractivos y una de las limitaciones de la película. Ink apunta numerosos temas, pero casi todos ellos son abordados de manera superficial y efectista. Incluso encuentra algo positivo en aquella revolución periodística: según plantea el film, fue también el momento en el que determinados periódicos comenzaron a considerar seriamente a la mujer como lectora potencial, más allá de las páginas que tradicionalmente le estaban reservadas en función de su condición de ama de casa.

Pero el debate verdaderamente interesante que plantea Ink es el de los límites. ¿Hasta dónde puede llegar un medio a la hora de abandonar la información rigurosa, contrastada y experta para privilegiar el entretenimiento y convertir la noticia en espectáculo de masas si con ello consigue más lectores, más ingresos publicitarios y, como consecuencia inevitable, una mayor capacidad de influencia?

Los límites que la prensa británica parecía haber dado por asumidos fueron ampliándose de la mano de Lamb para satisfacer aquello que Murdoch exigía: vender más ejemplares. Y una vez cruzada una frontera resultaba mucho más sencillo atravesar la siguiente. La película concede al magnate australiano algunos momentos de duda, como si fuera incapaz de controlar completamente las consecuencias de una política editorial que él mismo ha impulsado. Una indulgencia discutible teniendo en cuenta hasta qué punto aquellas prácticas resultan coherentes con los incidentes, escándalos y actuaciones que posteriormente acompañarían a su imperio mediático.

INK. (C) Claire Foy as Jules Davies in Ink. Anthony Dickenson © 2026.

Ahí es donde una película ambientada hace más de medio siglo encuentra inevitablemente su conexión con el presente. De aquellos polvos de hace más de 55 años proceden, al menos en parte, los lodos de los clickbaits, las fake news, los titulares diseñados únicamente para provocar una reacción y tantas otras licencias que los medios actuales intentan colarnos bajo la coartada de ofrecer al público aquello que supuestamente desea consumir.

Boyle quizá no profundice demasiado en ninguna de estas cuestiones, pero difícilmente podría acusársele de aburrir. Ink es vertiginosa, vistosa, ruidosa y conscientemente excesiva. Una película sobre el nacimiento de una nueva manera de entender la prensa que termina adoptando los mismos mecanismos que analiza: llamar nuestra atención a cualquier precio y procurar que no tengamos tiempo de mirar hacia otro lado.

Ink

Media Flipesci:
6.8
Título original:
Director:
Danny Boyle
Actores:
Guy Pearce, Jack O'Connell, Claire Foy, Christopher Fulford, Nick Biadon