Reseña de Seis meses en el edificio rosa con azul, de Bruno Santamaría Razo
Bruno Santamaría Razo debuta en la ficción con Seis meses en el edificio rosa con azul, presentada en la Semana de la Crítica de Cannes, una película que nace de un recuerdo familiar muy concreto: cuando el director tenía once años, a su padre le diagnosticaron SIDA y la familia comenzó a afrontar que todo podía venirse abajo. Con estos mimbres puede parecer una película tremendista sobre la enfermedad, el miedo y la muerte. No lo es. Santamaría prefiere contarlo desde el desconcierto de un niño, desde una casa en la que los adultos intentan no derrumbarse y desde esa mezcla tan rara de alegría, miedo, humor y negación con la que a veces las familias sobreviven a las malas noticias.
La película se sitúa en la Ciudad de México de principios de los 90. Bruno, interpretado por el debutante Jade T. Reyes, vive con sus padres en el edificio del título, un lugar que la película convierte en refugio, escenario y pequeño universo emocional. El diagnóstico del padre cae sobre la familia como una condena, porque hablar de sida en aquellos años era hablar también de prejuicios, ignorancia, miedo al contagio y vergüenza social. La madre, interpretada por Sofía Espinosa, intenta sostener la casa con una energía luminosa, como si la vitalidad pudiera funcionar también como método de resistencia.

Santamaría viene del documental y eso no desaparece al dar el salto a la ficción. Al contrario, es lo que da forma a la película. Seis meses en el edificio rosa con azul no está planteada como una reconstrucción cerrada de aquellos meses, sino como un cruce entre recuerdo, ficción y testimonio. La cámara parece entrar en la casa a convivir con la familia, no a organizarla desde fuera. Santamaría observa, acompaña y deja que las cosas respiren. También logra que funcionen muy bien las entrevistas con los personajes reales. No aparecen como un añadido explicativo ni como una coartada documental, sino como una forma de ampliar lo que estamos viendo. Nos recuerdan que aquello ocurrió, pero también que la memoria nunca funciona como una reconstrucción exacta y que no todos recordamos lo mismo. La memoria ordena, inventa, exagera, oculta y encuentra sentido donde quizá solo había confusión. Santamaría no parece interesado en levantar acta de lo que pasó, sino en entender qué quedó de aquello.
La decisión de rodar en 16 mm va en esa misma dirección. No es un adorno nostálgico, es más la textura de la memoria. La imagen tiene grano, calidez, cierta imperfección doméstica que conecta con los vídeos caseros y con esa manera en que recordamos la infancia: no con nitidez, sino con colores, canciones, habitaciones, caras y momentos sueltos que se nos quedan pegados. El rosa y el azul del edificio no son solo una descripción cromática, también funcionan como estado emocional.
Esa apuesta por lo híbrido también se nota en los intérpretes. Hay una naturalidad muy difícil de fingir en los gestos, en los cuerpos y en las conversaciones. Jade T. Reyes tiene esa mezcla de curiosidad, pudor y fragilidad que necesita Bruno. Lázaro Gabino está magnífico como el padre, mostrando miedo y culpabilidad bajo una capa de falsa calma. Pero quien sostiene muchas de las mejores escenas es Sofía Espinosa, una madre que podría haber sido solo la que cuida, sufre y anima, y aquí es bastante más: está agotada, enfadada, asustada, pero también es divertida, sensual, mandona y tierna. Como suelen ser las madres de verdad, de hecho.

También es muy interesante cómo Santamaría administra la información. La película no nos lo explica todo desde el principio ni convierte el drama en una sucesión de escenas subrayadas. Va dejando que las cosas aparezcan, que el niño entienda unas y no otras, que los adultos hablen a medias, que la casa se llene de silencios, bailes, discusiones y pequeñas estrategias para seguir adelante. Lo que podría ser un coming of age bastante reconocible se convierte en otra cosa, una película que siempre mantiene el interés y descubre nuevos caminos.
El SIDA aparece como amenaza médica, pero también como fantasma íntimo y social. No solo importa la posibilidad de la muerte, sino todo lo que esa palabra arrastraba en los 90: el estigma, la sospecha, los comentarios, el miedo irracional. Y es especialmente interesante cómo ese miedo se cruza con el despertar afectivo y sexual de Bruno, que empieza a mirar a su amigo Vladimir de otra manera. El niño descubre su deseo en un mundo que asocia la homosexualidad con la enfermedad, el castigo y la vergüenza. Ahí la película encuentra una capa más incómoda y más rica: el miedo no viene solo de perder al padre, también de empezar a reconocerse en aquello que los demás temen o condenan.No deja de ser curioso que, un año después de que en Cannes viéramos La misteriosa mirada del flamenco, Romería y Alpha, tres películas atravesadas de una u otra manera por el SIDA, aparezca ahora esta película. Como si el cine estuviera volviendo a mirar aquella herida desde lugares distintos: el recuerdo familiar, el trauma colectivo, el miedo social, la enfermedad como estigma y no solo como diagnóstico. Seis meses en el edificio rosa con azul lo hace desde un lugar pequeño, doméstico, y poco solemne; pero lleno de momentos verdaderos.
