Reseña de Coward, de Lukas Dhont
A Lukas Dhont siempre le han interesado las identidades en construcción, los cuerpos observados por los demás y las masculinidades frágiles, heridas o directamente asustadas de sí mismas. En Girl lo hacía desde el deseo de encajar en un cuerpo. En Close, desde la amistad adolescente, la ternura y la violencia silenciosa con la que el entorno obliga a los chicos a separarse de cualquier gesto que pueda parecer demasiado íntimo. Con Coward, presentada en la competición oficial de Cannes, Dhont da un salto de escala enorme, pero no cambia tanto de preocupaciones. Sigue mirando a personajes jóvenes obligados a definirse en un mundo que ya ha decidido por ellos.
La diferencia es que esta vez los saca del colegio, de la casa, del entorno cotidiano, y los coloca en el lugar más hipermasculinizado y destructivo posible: el frente de batalla durante la Primera Guerra Mundial. Barro, trincheras, uniformes, órdenes, proyectiles, miedo y muerte. Un lugar donde la masculinidad no se discute: se obedece, se dispara y, si hace falta, se muere por ella.
El origen de la película está en unas fotografías reales que Dhont encontró en un archivo histórico: soldados que, en medio de la guerra, montaban obras de teatro y se vestían de mujer para entretener a sus compañeros. Esa imagen, delicada y casi imposible, de hombres jugando con la representación, el deseo y la belleza en mitad de la carnicería, es la semilla de Coward.

La historia sigue a Pierre, interpretado por Emmanuel Macchia, un joven granjero belga que llega al frente con ganas de demostrar su valía, y a Francis, al que da vida Valentin Campagne, un sastre extravagante encargado de levantar la moral de las tropas organizando una pequeña compañía teatral. Entre los dos nace un romance secreto, protegido por esa ficción dentro de la ficción. Mientras fuera todo exige obediencia, dureza y sacrificio, el escenario permite otra cosa: tocar, mirar, desear, jugar a ser otro o, quizá, atreverse por fin a ser uno mismo.
La película no es solo una historia de amor en tiempos de guerra, también de qué significa ser valiente. El título, Cobarde, funciona como una pregunta lanzada contra toda una tradición bélica. ¿Es cobarde quien no quiere matar? ¿Quién no quiere morir por una idea ajena? ¿Quién se esconde para amar? ¿O es más cobarde quien necesita destruir cualquier forma de ternura para sentirse hombre? Dhont plantea estas preguntas de manera bastante directa, pero sin convertir la película en un discurso subrayado. Le basta con mirar a sus personajes y dejar que el contraste entre lo que ocurre fuera y dentro de la carpa teatral haga el resto.
Es curioso que, en el mismo Cannes, La bola negra de Los Javis también utilizara el teatro como alivio dentro de la guerra. La diferencia es que allí parecía una pieza añadida, casi metida con calzador, mientras que en Coward vertebra toda la obra. El teatro es refugio, sí, pero también resistencia. Una manera de seguir vivos. De hacer joyas con balas, como dijo el propio Dhont en Cannes. El arte como vehículo sanador, para el creador y, también, para el espectador.

También hay algo importante en cómo Coward introduce lo queer en la historia. No da la sensación de estar forzando una lectura contemporánea sobre el pasado, sino de corregir una invisibilización, algo que también comparte con La bola negra. El deseo homosexual, el juego con el género y la identidad ya estaban ahí. Aunque toneladas de representaciones bélicas los han borrado para seguir alimentando una idea homogénea y viril de la guerra. Dhont no convierte artificialmente el frente en algo queer: abre una puerta que otros habían preferido dejar cerrada.
Visualmente, la película es bellísima. Dhont y su director de fotografía, Frank van den Eeden, huyen del gris frío y solemne que suele dominar el cine bélico recientehabituales del cine bélico. Dicen que se inspiraron en las placas autocromas, las primeras fotografías en color de la época, y eso dota a Coward de una textura cálida, melancólica, casi bañada por el sol. El contraste con la violencia del entorno es enorme. No porque la película embellezca la guerra, sino porque se niega a mirarla solo desde el horror más evidente. La guerra está ahí, se oye, pesa, rodea a los personajes. Los proyectiles caen constantemente, aunque muchas veces no los veamos, pero los escuchamos, vemos sus estragos. La cámara sigue de cerca a Pierre, casi pegada a su rostro, aislándolo del caos, pero no liberándolo de él. Todo lo que no vemos se le marca en la cara.
Dhont, como en sus anteriores películas, no carga demasiado las tintas porque no necesita hacerlo. El sufrimiento está ahí. La muerte está ahí. Las consecuencias se ven y se sienten. No hace falta convertir cada escena en una demostración de barbarie. Su mirada está puesta en los personajes, en cómo sobreviven emocionalmente dentro de un sistema diseñado para aplastarlos.La química entre Emmanuel Macchia y Valentin Campagne es uno de los puntos fuertes de la película. Hay algo frágil, luminoso y muy físico entre ellos. Dhont sabe filmar esos momentos a partir de gestos mínimos. Una mirada, una mano que tarda un poco más de la cuenta en apartarse, un silencio compartido… el deseo no necesita grandes discursos.
