Reseña de I See Buildings Fall Like Lightning, de Clio Barnard
A Clio Barnard le interesa ese entorno donde buena parte del cine británico ha encontrado algunas de sus mejores historias: barrios obreros, familias heridas, amistades que funcionan como refugio y personajes que intentan mantenerse en pie aunque todo alrededor parezca empeñado en derrumbarles. Desde The Arbor hasta The Selfish Giant o Ali & Ava, su cine se ha movido por ese territorio del realismo social sin convertir a sus personajes en simples víctimas de un informe sociológico. Hay dureza, pero también humor, deseo, música, ternura y una idea muy concreta de la dignidad.
Con I See Buildings Fall Like Lightning, presentada en la Quincena de Cineastas de Cannes, Barnard vuelve a ese espacio reconocible. Esta vez adapta la novela de Keiran Goddard, con guion de Enda Walsh, y sigue a cinco amigos de infancia de un barrio obrero de Birmingham que están a punto de cumplir treinta años. Esa edad en la que solemos descubrir que la vida adulta no era exactamente aquello que nos habían vendido. Uno ha conseguido marcharse y ganar dinero. Otro intenta levantar una empresa. Otro trabaja en condiciones precarias. Otra sostiene como puede su vida familiar. Otro busca una salida después de haber tomado demasiadas decisiones equivocadas. Todos vienen del mismo sitio, pero ya no todos pertenecen al mismo mundo.

La película empieza muy bien. Barnard tiene ojo para los entornos, para los interiores modestos, los pubs, las calles, las conversaciones de grupo y esa intimidad de quienes se conocen desde antes de tener una versión presentable de sí mismos. En sus mejores momentos, I See Buildings Fall Like Lightning captura algo muy reconocible: la manera en que las amistades de juventud sobreviven, se deforman o se resquebrajan cuando aparecen el dinero, la maternidad, la frustración laboral, la culpa de quien se fue y el resentimiento de quien se quedó. Crecer no siempre significa madurar. A veces significa descubrir que los demás han avanzado en direcciones que tú ya no sabes seguir.
También hay un buen punto de partida político. El título remite a los edificios que caen, a la demolición de bloques de vivienda social, pero funciona sobre todo como metáfora de un derrumbe más amplio. Se caen los edificios, sí, pero también se cae una idea de futuro. La vivienda deja de ser un lugar donde vivir para convertirse en inversión. El trabajo deja de garantizar estabilidad. La formación no asegura una salida. El éxito de uno empieza a parecerse demasiado a la derrota de otro. Barnard coloca todo eso dentro de relaciones concretas, y ahí es donde la película funciona mejor: cuando no habla de “la clase trabajadora” como concepto, sino de amigos que se quieren, se envidian, se necesitan y se hacen daño.

El reparto es, probablemente, lo mejor de la película. Anthony Boyle, Lola Petticrew, Joe Cole, Daryl McCormack y Jay Lycurgo sostienen muy bien esa sensación de grupo erosionado por el tiempo. Lola Petticrew, sobre todo, aporta una verdad muy limpia, sin subrayados, mientras que Anthony Boyle da cuerpo a una rabia política comprensible incluso cuando el guion se empeña demasiado en explicárnosla. Y ese es, precisamente, uno de los problemas.
Porque I See Buildings Fall Like Lightning arranca desde la observación, pero poco a poco empieza a dispersarse. La película quiere hablar de amistad, clase, vivienda, precariedad, gentrificación, maternidad, adicciones, culpa, fracaso generacional y lealtad. Todo eso está relacionado, por supuesto, pero no todo acaba integrado con la misma fuerza dramática. Barnard abre muchos frentes y no todos tienen el mismo peso. Algunas subtramas piden más tiempo, otras llegan demasiado masticadas, y la película, que al principio parecía avanzar desde los personajes, termina dependiendo demasiado de confesiones, enfrentamientos y frases que se acercan demasiado al melodrama.

No es que la película se venga abajo como los edificios, pero sí va perdiendo precisión. El retrato del grupo, tan prometedor en el arranque, empieza a funcionar más como suma de conflictos que como verdadera radiografía emocional. La voluntad de construir una película coral acaba convirtiéndose, por momentos, en acumulación. Cada personaje trae su herida, su dilema, su pequeña crisis, y la película va saltando de una a otra sin encontrar siempre el foco. Lo que era un retrato vivo de un entorno acaba acercándose a un mapa demasiado trazado de temas importantes.
I See Buildings Fall Like Lightning no se convierte en un drama social de manual, pero por momentos se acerca demasiado a esa zona. Hay buenas ideas, buenas interpretaciones y una mirada honesta, pero también la sensación de que en algún punto había una película más afilada, más concreta y más dolorosa intentando salir.
