Reseña de La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi
El ascenso de Los Javis
Durante años, Javier Calvo y Javier Ambrossi han construido una carrera bastante improbable. Empezaron como un fenómeno casi de culto con La llamada, dieron un salto popular enorme con Paquita Salas, se consolidaron como nombres centrales de la televisión española con Veneno y terminaron de despejar cualquier duda con La Mesías, seguramente su trabajo más ambicioso, más adulto y más complejo hasta ahora. Los Javis han pasado de ser algo más que “los chicos de moda.
Con La bola negra, presentada en la competición oficial de Cannes, dan un salto enorme. Apoyados por El Deseo -con todo lo que eso implica en Cannes- y con la presencia de Penélope Cruz, los Javis han dado la sorpresa colándose en la lucha por la Palma de Oro. Es un increible paso adelante. Cannes no solo selecciona películas: también fabrica jerarquías, bendice trayectorias y decide quién entra en la conversación del cine autoral. Y ahí están ellos, en primera línea, con una superproducción queer, lorquiana, histórica, melodramática y muy española. Toma ya.

La acogida ha sido muy positiva, con más de un cuarto de hora de aplausos ¡qué cansado tiene que ser darlos y también recibirlos durante tanto tiempo! Conviene, en cualquier caso, tomar las ovaciones de Cannes como lo que son: un ritual más performativo que emotivo, una mezcla de cortesía, excitación festivalera, promoción y ganas de participar en el momento. No como un termómetro fiable. Pero, incluso descontando esa liturgia de la croisette, la recepción de La bola negra ha sido mayoritariamente favorable. Y se entiende por qué: es una película ambiciosa, arriesgada y mucho más sólida que los trabajos anteriores de sus directores. También más irregular, más solemne y, por momentos, demasiado empeñada en explicarse a sí misma.
El origen del proyecto
La película parte de uno de los grandes “y si…” de la literatura española. La bola negra no iba a ser una obra de teatro, sino un proyecto de novela que Federico García Lorca comenzó en 1936, el mismo año en el que fue asesinado al comienzo de la Guerra Civil. De aquel texto solo sobrevivieron cuatro páginas y algunos esquemas manuscritos, pero esas pocas páginas tienen una importancia enorme. En ellas, Lorca parecía dispuesto a abandonar las máscaras con las que había tratado el deseo homosexual en obras como El público, donde el surrealismo, el teatro dentro del teatro y la poesía críptica funcionaban como refugio, disfraz y campo de batalla.
Aquí no. Aquí la cosa era frontal. El título remite al sistema de votación de ciertos clubes privados: una bola blanca para aceptar, una bola negra para rechazar. En esas primeras páginas, un joven es propuesto para entrar en un club, pero alguien introduce la bola negra y lo veta. Ese rechazo social provoca un enfrentamiento con su padre, ante quien acaba verbalizando el motivo de su marginación: “porque soy homosexual”. Dicho hoy puede parecer directo. En la España de 1936 era casi un terremoto. Lorca estaba a punto de escribir una obra con un protagonista abiertamente gay, sin metáforas protectoras y sin pedir permiso.
Además, no parecía un proyecto pequeño. Los esquemas conservados apuntaban a una novela coral, con decenas de personajes, quizá la obra más poblada de toda su trayectoria. No un drama íntimo, sino un fresco social sobre la hipocresía, la exclusión y la violencia moral de una España que castigaba todo aquello que se salía de la norma. Ahí entra Alberto Conejero, coguionista de la película y gran conocedor de Lorca, como figura clave para convertir ese fragmento inacabado en el núcleo temático de la película.
La bola negra de Los Javis
Los Javis entienden esas cuatro páginas como un faro. La bola negra no trata solo de Lorca, ni siquiera solo de su asesinato. Trata de cómo ha sido recordado. No como una estatua cultural, desexualizada y cómoda, sino como un cuerpo deseante, un hombre homosexual, un artista atravesado por el miedo, el amor imposible, el deseo y la represión. La película quiere disputar esa memoria oficial que tantas veces convierte a los muertos en símbolos manejables a costa de borrar aquello que los hizo incómodos en vida. Y lo hace mezclando tres líneas temporales: justo antes de la guerra, durante la guerra y en la actualidad
Ese es, probablemente, el subtexto más potente de la película: la recuperación de una memoria queer arrancada de los relatos oficiales. La represión no termina con la muerte física. Continúa en los archivos incompletos, en las familias que callan, en las historias transmitidas a medias, en las herencias envenenadas y en los descendientes que no saben de dónde viene su dolor. Por eso la línea temporal contemporánea no funciona solo como actualización del conflicto, sino como demostración de que el pasado no ha pasado. La memoria histórica no aparece como una lección de instituto, sino como algo íntimo, familiar, corporal.

Ahí la obra inacabada de Lorca se convierte en símbolo perfecto. Lo incompleto no es solo un dato literario: habla de vidas cortadas, genealogías interrumpidas y relatos que otros han tenido que reconstruir mucho después, con las piezas que quedaban. La película interesa, sobre todo, cuando se entiende como un acto de restitución. No se limita a mirar al pasado; intenta devolver voz a quienes fueron obligados a callar justo cuando empezaban a decir las cosas con claridad.
Formalmente, La bola negra parece una prolongación lógica de La Mesías: melodrama, exceso emocional, estructura coral, temporalidades cruzadas, familia, trauma, música, fe absoluta en el artificio y gusto por lo kitsch entendido no como ironía barata, sino como vehículo de verdad sentimental. La diferencia es que aquí todo aparece agrandado. Más histórico, más solemne, más caro, más internacional, más “película importante”. Donde La Mesías todavía encontraba su fuerza en la deformidad íntima de una familia y en el delirio religioso-pop de una España reconocible, La bola negra quiere abarcar casi un siglo de deseo, represión, memoria y representación.
Se nota la influencia de Almodóvar, claro, no solo por la presencia de El Deseo, Penélope Cruz, las madres, los colores, el melodrama y la teatralidad, sino por esa idea de que el artificio puede ser una forma de representar la verdad con más fuerza. También hay una voluntad de gran melodrama popular, de película enorme: no una pieza pequeña de autor, sino un relato épico, emocional, pensado para conmover sin avergonzarse de su escala.
Y lo cierto es que muchas veces funciona. Hay momentos de una fuerza indudable, imágenes de gran lirismo y una dirección de actores magnífica. El reparto sostiene la película incluso cuando el guion se dispersa. Carlos González y Guitarricadelafuente están especialmente bien, muchas veces por encima de las frases y situaciones que tienen que defender. Hay algo muy valioso en la manera en que los Javis miran a sus personajes: incluso cuando los llevan al exceso, no los ridiculizan. Los quieren.

El problema es que La bola negra quiere decirlo todo, explicarlo todo, contenerlo todo y subrayarlo todo. Hay demasiada información, demasiado contexto y demasiadas ramificaciones que no siempre aportan emoción o complejidad. No era necesario empezar la película en Grecia. No era necesario llevar tan al extremo el personaje de la madre, aunque Candela Peña esté enorme. No era necesaria la subtrama del soldado italiano, con un comportamiento tan cambiante que acaba pareciendo menos ambiguo que simplemente difícil de justificar. No era necesaria la acumulación de momentos homoeróticos en el ejército, tan repetida que acaba perdiendo fuerza. Y, por no ser necesaria, la presencia de Penélope Cruz aporta menos a la película de lo que su nombre promete. Está ahí, ilumina el plano, tiene presencia, pero su presencia no aporta nada a la historia.
Algo parecido ocurre con Glenn Close, convertida en hispanista y casi en dispositivo de explicación. Su personaje parece menos pensado para hacer avanzar la trama que para verbalizar los problemas de España con la memoria histórica. Y ahí la película se acerca no al mejor Almodóvar, sino a algunas de sus peores tentaciones recientes, las de Madres paralelas o La habitación de al lado: personajes que dejan de ser personas para convertirse en tesis y frase importante.
El problema no está en cada una de esas decisiones por separado. Una a una, pueden defenderse. El problema es la acumulación. Todo va sumando capas, personajes, discursos, símbolos, contextos y desvíos hasta que la película empieza a perder foco emocional. Quien mucho abarca, poco aprieta. Y La bola negra abarca muchísimo.

El mayor tropiezo llega al final. Hasta entonces, con sus problemas, la película mantenía un rumbo. Las líneas temporales dialogaban, el pasado y el presente se contaminaban con cierta fluidez y había una conexión emocional suficiente para sostener la ambición del conjunto. Pero el tramo final se alarga demasiado, confía poco en el espectador y empieza a explicar cada paso que da. La película aprieta el acelerador del lirismo y derrapa en más de una curva. Donde necesitaba respiración, mete énfasis. Donde bastaba una imagen, añade discurso. Donde la emoción podía surgir, la desparrama.
Y es una pena, porque debajo de ese exceso hay una película valiente, con intuiciones poderosas y una ambición que conviene valorar aunque no siempre dé en el blanco. Los Javis han hecho su obra más adulta, más arriesgada y más cinematográfica. También han hecho una película que a ratos parece demasiado consciente de su propia relevancia.
La bola negra funciona mejor cuando deja que Lorca, los cuerpos, los silencios y las heridas dialoguen entre sí sin necesidad de levantar la mano para explicar el subrayado. Funciona peor cuando confunde emoción con acumulación y lirismo con insistencia. Pero incluso en sus errores hay algo estimulante: la sensación de estar viendo a dos directores que quieren ir más lejos, que no se conforman, que se equivocan por exceso antes que por cobardía.Hay que advertir cuando una película no acierta. También hay que celebrar cuando alguien se atreve. La bola negra no es redonda, ni mucho menos, pero confirma que Javier Calvo y Javier Ambrossi cada vez dirigen mejor y siguen sin tener miedo. Ojalá sigan por ahí.
