7.5

Reseña de The Man I Love, de Ira Sachs

Ira Sachs lleva años rodando sobre relaciones, siempre con el punto de vista puesto en el efecto del tiempo. No es solo un gran evento o un hecho traumático, sino la acumulación de sucesivas situaciones que forjan, desgastan o crean un vínculo. Parejas que se quieren y se hacen daño, familias que funcionan hasta que dejan de hacerlo, personajes que buscan afecto pero no siempre saben qué hacer con él. Desde Keep the Lights On hasta Love is Strange, Little Men o Passages, su cine se ha movido casi siempre en ese territorio de la intimidad, el deseo, la dependencia emocional y las pequeñas crueldades cotidianas. A veces, esa delicadeza suya es tan mínima, tan sutil, tan poco interesada en subrayar nada, que puede rozar la intrascendencia. Incluso gustándome, hay momentos en los que uno puede tener la sensación de que hay películas suyas que están a punto de evaporarse delante de mis ojos.

No es el caso de The Man I Love. Aquí Sachs vuelve a Nueva York, siempre Nueva york, al final de los años ochenta, a la escena teatral queer del Downtown y a una época marcada por la enfermedad, el miedo, la creación y la pérdida. Con estos mimbres, otros habríanhecho una película solemne, de esas que saben que tocan un tema importante. Otros habrían convertido la historia en un drama sobre el sida con todos los mecanismos más o menos previsibles del género. Ira Sachs, no. Ira Sachs lo hace a su manera. La enfermedad está ahí, en los cuerpos, en los medicamentos, en los susurros, en las visitas al hospital, en la fragilidad de cada gesto, porque The Man I Love habla de la muerte, sí, pero sobre todo habla de cómo seguir deseando, creando, cantando, seduciendo y fastidiando a quienes te quieren cuando sabes que el tiempo se acaba.

El protagonista es Jimmy George, interpretado por Rami Malek, un artista teatral carismático, enfermo, seductor, egocéntrico y agotador. Jimmy -que está inspirado en varias personas reales- acaba de salir del hospital tras una neumonía y vuelve a un apartamento en el que todo parece organizado alrededor de su supervivencia. Su pareja, Dennis, interpretado por Tom Sturridge, se encarga de las pastillas, de los cuidados, de vigilar los excesos y de sostener una relación que hace tiempo que dejó de ser solo una historia de amor para convertirse también en una rutina médica y emocional. A ese equilibrio precario llega Vincent, el joven vecino británico interpretado por Luther Ford, fascinado por Jimmy, por su talento, por su teatralidad y por esa mezcla de estrella decadente y animal herido que resulta difícil no mirar.

Sachs es demasiado sutil para apoyarse en ese triángulo como motor melodramático. Le interesa más observar cómo ese nuevo deseo altera una casa ya llena de grietas. Jimmy quiere sentirse vivo y deseado. Dennis quiere protegerle, pero también está cansado, dolido y probablemente harto de tener que ser siempre el adulto responsable. Vincent entra en ese mundo sin saber de dónde vienen Jimmy y Dennis y, sobre todo, sin saber a dónde van. No hay grandes estallidos, ni escenas melodramáticas. La película va añadiendo capas de información con cada pequeño gesto, con cada sutil matiz, sin desviar nunca la mirada de lo que realmente importa, Sin apartarse nunca del núcleo emocional.

La película habla de una época, de una comunidad artística, de la epidemia, de la familia, de la homofobia, del cuerpo como campo de batalla y del arte como último refugio, pero nunca parece desviarse hacia el gran discurso. Todo está integrado en la vida de Jimmy y en la de quienes le rodean. La hermana, interpretada por Rebecca Hall, y su marido, interpretado por Ebon Moss-Bachrach, abren la puerta a otra mirada, más familiar, más convencional, más incómoda ante ese universo bohemio y queer que Jimmy ha construido a su alrededor. Pero tampoco ahí se subraya demasiado. Sachs confía en que el espectador sepa leer la tensión entre esos mundos.

También funciona muy bien la relación entre la vida y el teatro. Jimmy está preparando una adaptación de Il était une fois dans l’est, de André Brassard, una obra que le obliga a seguir actuando cuando su cuerpo empieza a fallar y su memoria ya no responde igual. El escenario no aparece como una metáfora especialmente escondida, pero sí como una idea muy poderosa: Jimmy actúa en el teatro, actúa en casa, actúa ante su familia, actúa ante Vincent, actúa incluso ante sí mismo. No porque todo sea falso, sino porque, cuando uno está asustado, también interpreta una versión de sí mismo capaz de aguantar un poco más. La vida como representación, sí, pero no en un sentido frío o intelectual. Más bien como una forma desesperada de seguir en pie.

Puede parecer que Rami Malek está pasado de vueltas, porque, en cierto modo, lo está. Su forma de mirar, de modular la voz, de moverse, de ocupar cada escena, tiene algo deliberadamente excesivo. Pero ese exceso encaja con Jimmy. No estamos ante un personaje discreto ni equilibrado, sino ante un artista enfermo, asustado, seductor, hasta las cejas de medicación y acostumbrado a convertir su presencia en un acontecimiento. Pedirle a Jimmy contención absoluta sería no entender demasiado bien quién es. Malek trabaja precisamente esa frontera entre el magnetismo y el agotamiento, entre la coquetería y el terror, entre el narcisismo y la vulnerabilidad. A veces resulta irritante, pero Jimmy también debe serlo. Lo importante es que, detrás de cada gesto demasiado grande, se intuye el cuerpo que se apaga. Y ahí es donde esa manera de interpretar encuentra su sentido.

A su lado, Tom Sturridge aporta el contrapeso necesario. Dennis es un personaje menos vistoso, pero quizá más doloroso. La película entiende muy bien la soledad del cuidador, esa mezcla de amor, miedo, resentimiento y culpa que rara vez se verbaliza porque verbalizarla sería casi una traición. Hay mucho de The Man I Love en su rostro cansado, en esa forma de mirar a Jimmy como alguien que todavía ama al hombre que tiene delante, pero también recuerda al hombre que fue y sospecha el hombre que ya no podrá volver a ser. Luther Ford, por su parte, funciona como presencia luminosa y peligrosa. No porque sea malvado, sino porque llega con la irresponsabilidad de quien todavía puede permitirse no entender del todo las consecuencias de lo que despierta.

Formalmente, la película tiene esa elegancia contenida de Sachs, pero en esta ocasión no se siente lánguida. La fotografía de Josée Deshaies evita el pastiche ochentero, algo que se agradece mucho. No hay una explotación nostálgica de la época, ni un desfile de señales para que sepamos constantemente que estamos en los ochenta. Los apartamentos, los teatros pequeños, los cuerpos, la ropa, los objetos, la música… todo parece de verdad, no decorado. Y la música tiene un papel esencial. Canciones que sirven para llegar a zonas emocionales que los personajes no pueden alcanzar con palabras.La película es nunca convierte a Jimmy en santo. Sachs no cae en esa tentación tan habitual de purificar a los personajes por el simple hecho de estar enfermos. Jimmy puede ser egoísta, caprichoso, cruel, encantador, divertido, frágil y profundamente humano. Sobre todo, profundamente humano. No estamos viendo un discurso de dignidad ante la muerte, sino a una persona intentando seguir siendo ella misma cuando todo parece decirle que ya no puede.

The Man I Love

Media Flipesci:
7.5
Título original:
Director:
Ira Sachs
Actores:
Rami Malek, Tom Sturridge, Luther Ford, Rebecca Hall, Ebon Moss-Bachrach